El proceso electoral y el juego de las sillas

El proceso electoral y el juego de las sillas

Estamos a unos días del inicio de las campañas electorales y ya está a la vista, para quien desee verla, una gran crisis del sistema de partidos políticos en México. Parecen muchos años los que han pasado desde que tres partidos competitivos concentraban las más altas votaciones: los nacionalistas revolucionarios y antidemocráticos la hacían por el Partido Revolucionario Institucional, las derechas social cristianas y neoliberales se agrupaban en el Partido Acción Nacional, mientras que las izquierdas socialistas y socialdemócratas confluyeron en el Partido de la Revolución Democrática. En los márgenes, un número variable de partidos pequeños se movían en busca de una alianza que garantizara su supervivencia. Pues bien, los cambios acelerados por la pandemia y la potente capacidad de atracción del liderazgo de Andrés Manuel López Obrador (AMLO), han conducido a que seis partidos políticos decidieran unirse en dos bloques con un mismo fin: ganar la mayoría de las curules en la Cámara de Diputados y las 15 gubernaturas en juego, sin importar que en el pasado fueran rivales, para lo cual conformaron las coaliciones Unidos Haremos Historia encabezada por Morena y Va por México encabezada por el PAN, cuyas candidaturas han sido designadas por sus respectivas cúpulas sin tomar en cuenta a sus propias militancias, priorizando los intereses de las facciones empoderadas circunstancialmente con el poder de la firma para designar a los candidatos. Muy poco importaron la filiación ideológica, la lealtad y la carrera partidaria, y mucho menos la representatividad de los segmentos sociales con intereses afines a los que dicen representar esas agrupaciones electorales.

Para simplificar y entender el proceso de disignación de candidaturas en las dos coaliciones me parece útil hacer la siguiente analogía: ¿Recuerdan las reglas del juego de las sillas? Tiene que haber tantas sillas como participantes haya en el juego. Para comenzar, se colocan las sillas formando un círculo con los respaldos hacia dentro. Los participantes se deberán situar de pie alrededor de las sillas y uno detrás de otro. Otra persona deberá mantenerse al margen y controlar la música. Cuando comienza a sonar la música, todos los participantes deberán girar alrededor del círculo formado por las sillas siguiendo el ritmo de la misma, mientras que se retira una de ellas. Cuando la música se detiene cada jugador deberá sentarse en la silla más próxima. El que se quede sin silla quedará eliminado. El juego se reanudará quitando otra silla y así hasta que quede sólo una y dos contrincantes. El último que logre sentarse en la silla restante será el ganador del juego. El secreto para ganar está en avanzar lento en las proximidades de una silla y rápido en los vacios entre ellas.

Me parece que los aspirantes de todos los signos ideológicos a algun cargo de elección popular, se asemejan a los participantes en el juego referido, que han decidido danzar alrededor de las candidaturas de una de las dos grandes coaliciones siguiendo el ritmo de quienes detentan el poder de la firma. Los ganadores han sido quienes están más cerca de quienes controlan la musica y tienen el poder de detenerla en el momento que les beneficia, y no los más representativos de los electores o de los principios y programas de los partidos y coaliciones. Esa práctica ha dañado severamente el llamado voto duro de los distintos partidos. A estas alturas ya sabemos quienes lograron silla y quienes fueron descartados, mientras que las militancias y los electores afines a los partidos que integraron las coaliciones, convertidos en simples espectadores, están en proceso de clarificación de lo ocurrido y de construcción de una lógica que les permita definir el sentido de su voto para cada cargo sometido a elección. Ganarán los contendientes que logren influir mayoritariamente con una narrativa que conduzca a que los electores se decanten en su favor.

Es muy probable que el día de la jornada electoral tengamos unos resultados que reflejen la voluntad de diferenciar el voto atendiendo a lógicas muy distintas: una gran proporción de electores definirán su voto por los diputados federales en función de su afinidad a favor o en contra de la Cuarta Transformación que impulsa AMLO, independientemente de las personas que circunstancialmente sean los candidatos; mientras que otra será la lógica en las elecciones locales para gobernador y diputados locales, en las que se impondrá la percepción ciudadana, favorable o desfavorable, que se imponga sobre las candidaturas a gobernador. En los municipios, es muy probable que la elección de presidentes municipales y ayuntamientos se defina por la capacidad de cada equipo para incorporar a los excluidos en el juego de las sillas, independientemente de sus militancias y lealtades.

Ante este panorama, se antoja que la gobernabilidad democrática será un verdadero reto para los triunfadores, dada la gran dispersión de afinidades políticas y programaticas entre todos ellos, y la ausencia generalizada del oficio político indispensable para lograr la confluencia mayoritaria necesaria para enfrentar los grandes retos de la entidad. ■

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