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domingo, 14 julio, 2024
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Notas al margen

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Por: JOSÉ AGUSTÍN SOLÓRZANO •

La Gualdra 254 / Notas al margen

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Alcohólicos hipócritas, o de cuando Dr. Jekyll niega a Mr. Hyde

Para Víctor Solorio y Alfredo Carrera

 

Un bebedor siempre guarda algo de dignidad, al menos mientras se mantiene sobrio. Mi condición dipsomaniaca me ha permitido conocer varios de estos especímenes. Es muy raro encontrar un alcohólico que se asuma alcohólico y sea coherente cuando de aceptar su necesidad por la bebida se trata. Están aquéllos que se excusan tras otro vicio o placer: “Nada más bebo porque me gustan un chingo las fiestas”. “Yo solamente me tomo algunas copas cuando hay damas, para darme valor”. Tampoco faltan los que limitan su afición a eventos aislados: “No, yo bebo ahora porque ando dolido”. O: “… porque estoy nervioso”, o: “… porque necesito desestresarme”. Lo cierto es que el común denominador de todos estos casos es la bebida y que sea por unas o por otras los involucrados terminan cayendo en las deliciosas manos de Baco ya sea para festejar, para llorar o simplemente para que algo pase, como diría Bukowski, un célebre borracho.

No podemos dejar fuera de la lista al amigo que nos invita a casa un viernes por la noche (porque le parece inmoral beber entre semana) para “tomarnos unos tragos tranquilos”. Normalmente esa invitación inocente y llena de buena voluntad termina ahogada en una docena de botellas vacías a las diez de la mañana del día siguiente, y el amigo en cuestión promete, luego de despertar con la cabeza sucia de remordimiento y seca como una esponja, no volver a beber o, al menos, esperar un mes para que el cuerpo se recupere. Nada menos cierto: el siguiente viernes la historia se repite.

El dipsómano es un hipócrita irredento. Es adicto al autoengaño casi como es adicto a la bebida. Desde el que promete dejar el alcohol y compra unos tenis y un par de aderezos para ensalada como una manera de empezar a redimirse, hasta el que empieza a esconderse de los amigos, culpables de sus constantes recaídas; todos, sin excepción, creen que el problema no son ellos, sino lo que beben.

Pensamos en el alcohol como en una pócima que saca lo peor de nosotros mismos: nos hace insoportables, impertinentes, violentos, nos pone sensibles, alicaídos, efusivos, excitados. No importa, sea lo que sea que nos haga nos convierte en Otro. El extraño caso de Dr. Jekyll y Mr. Hyde se vuelve más que común en nuestras vidas cotidianas cuando bebemos el elixir de un jaibol, una cuba o whisky en las rocas. Pero ¿por qué negamos esa condición? ¿Por qué no simplemente aceptar que Mr. Hyde está ahí dentro y es parte de nosotros? ¿El alcohol tiene la culpa o es sólo un suero de la verdad? Aceptar que somos adictos a buscar ese suero, aceptar incluso que ese suero nos destruye (física y anímicamente) y que elegimos destruirnos con él, aceptar con todas sus letras que somos alcohólicos es difícil, porque sería como si Adán aceptara frente a Jehová que mordió la fruta prohibida por cuenta propia, y que lo hubiera hecho de todos modos más tarde o más temprano aunque Eva no se la hubiera ofrecido.

Pero es precisamente esa justificación la que nos salva, con la cual intentamos ganarle la batalla al monstruoso Hyde, escondernos del terrorífico Yahvé. Aunque sabemos que la bestia terminará consumiéndonos, sea como sea; negar que nos domina, mantener la esperanza de un posible triunfo, decir: “Es la última vez, mañana empiezo la dieta, la siguiente semana busco ayuda profesional” es nuestro chaleco salvavidas. La pulsión destructiva sigue ahí, el placentero instinto de lanzarnos al vacío continuará acariciándonos las espaldas.

Conozco algunos alcohólicos que han dejado de beber por meses, incluso por años. Un pariente mío estuvo veinte años de su vida en AA, años en los que se tomó la consigna de “un día a la vez” tan en serio que terminó muriendo de cirrosis. El alcohol no abandona a sus animalitos, pero tampoco los animalitos abandonan a su pastor. El dipsomaniaco se siente perdido cuando deja de beber, anda por el mundo como un Dr. Jekyll que ha perdido a su viejo amigo Hyde. Esa otra mitad aberrante se vuelve desde las sombras y a veces todavía le susurra que lo deje salir al mundo. Es como si hubiera perdido la brújula de la fatalidad. El hombre necesita de algo (sea un vicio, una afición, una promesa) que le guíe a su destino; sin la conciencia de la muerte, sin la promesa de la destrucción la creación no tendría sentido. Creamos porque sabemos que somos efímeros, construimos cosas con intenciones perdurables porque sabemos que somos corruptibles, mortales. Baco no abraza a los dioses de la misma manera que se acerca con brazos etílicos a los humanos, sabe que los herederos de Prometeo libramos una lucha contra nuestra condición mortal; la embriaguez elimina el tiempo y el espacio, nos vuelve etéreos e infinitos en nuestra finitud; claro, tocamos el fuego de la divinidad a cambio de quemar las naves de la vida, que de otro modo terminarían naufragando en un mar de tedio y sobriedad.

Somos enemigos del alcohol porque de otra manera no podríamos entender nuestra amistad con él. Ya lo dijo Gerardo Enciso: “El vino es buen amigo, pero como todo buen amigo sabe traicionar”. Nadie puede tener una relación “saludable” con la bebida y quien diga que sí está mintiendo, sería como tener una relación amorosa y saber que puedes dejarla en cualquier momento sin salir raspado; si es así jamás existió una relación real. La estúpida frase que acompaña toda publicidad sobre bebidas alcohólicas: “Todo con medida, nada con exceso”, es un ejemplo claro de que quien hace las cosas con medida no las está haciendo realmente. La filosofía de la mediocridad, el principio del promedio, lo que se queda a la mitad y no es ni bueno ni malo, para qué exigirnos tanto si podemos ser felices con lo indispensable. No soy suficientemente virtuoso para ser el bueno, pero tampoco soy tan valiente para ser el malo, prefiero sentarme y permanecer sobrio. Y es precisamente eso lo que significa ser sobrio: ni vacío, ni retacado, sino sobrio; ni el silencio ni el alarido, sino la sobriedad. Estar sobrio significa mantener el equilibrio, conservar la vida guardada y con sus aguas calmadas dentro de un vaso seguro en nuestras manos; los extremos son peligrosos, ahí la vida se desborda, se cae y el equilibrio se rompe. Vivir es sobriedad, morir es ebriedad. Los dipsómanos buscan la muerte, adoran la fatalidad porque entregan sus días a ella, pero también despiertan y dudan; entonces vuelven a ser mediocres, medianos hombrecitos que se conforman y se sirven la vida en un vaso y se la beben.

Pero la sed no tiene fin.

https://issuu.com/lajornadazacatecas.com.mx/docs/254

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