Hay días en que un estado entero deja de respirar. No porque el tiempo se detenga, sino porque el miedo consigue lo que ninguna ley puede ordenar: paralizar la esperanza. El pasado fin de semana Zacatecas vivió uno de esos días. El hallazgo de diez cuerpos, abandonados en tres puntos distintos de la entidad y con visibles huellas de tortura, no constituye únicamente uno de los episodios más atroces de los últimos años; representa el momento en que una sociedad vuelve a preguntarse quién tiene realmente el control del territorio.
Con el paso de las horas trascendieron las identidades de algunas de las víctimas. Entre ellas se encontraban empresarios y funcionarios públicos municipales. La conmoción fue todavía mayor. La violencia había vuelto a cruzar una frontera que nunca debió existir.
Cuando ocurren hechos de esta magnitud no solamente se pierden vidas. También se erosiona la confianza, se debilita la inversión, se frena el desarrollo económico y se instala una incertidumbre que termina por alcanzar todos los ámbitos de la vida pública. El crimen organizado no busca únicamente sembrar muerte; pretende demostrar que puede alterar la vida colectiva y condicionar las decisiones de toda una comunidad.
Sin embargo, hubo otro silencio que resultó igual de inquietante. La tragedia ocurrió en medio de una sucesión gubernamental adelantada dentro de Morena. Ocho personajes buscan encabezar el proyecto político que aspira a gobernar Zacatecas. Cualquier ciudadano esperaría que quienes desean conducir el destino del estado fueran los primeros en fijar una postura firme, proponer rutas de acción o, al menos, expresar solidaridad con una sociedad lastimada. No ocurrió así.
Con una excepción, la de José Narro Céspedes, quien fijó una posición pública frente a los acontecimientos, el resto optó por el silencio. Y en política existen silencios prudentes y silencios cobardes. Cuando una sociedad enfrenta uno de los episodios más atroces de su historia reciente, guardar silencio deja de ser una estrategia de comunicación para convertirse en una definición de carácter. La omisión también comunica. Callar frente a una tragedia nunca es neutral; es una forma de revelar prioridades.
Es precisamente ahí donde la ciudadanía debe poner atención. Las campañas enseñan muy poco sobre la manera de gobernar; las crisis, en cambio, revelan el carácter de quienes aspiran al poder. El liderazgo no se demuestra cuando todo marcha bien, sino cuando el miedo invade a una sociedad y alguien decide asumir el costo político de hablar, proponer y enfrentar la realidad.
Jesús Reyes Heroles advertía que «flotar no es gobernar». La sentencia conserva una vigencia extraordinaria. Con demasiada frecuencia, algunos políticos confunden prudencia con cálculo, estrategia con ausencia y silencio con responsabilidad. Esperan a que la tormenta pase sin comprometerse, convencidos de que el costo de hablar es mayor que el costo de callar. Pero quien aspira a gobernar un estado no puede desaparecer precisamente cuando ese estado más lo necesita.
Tampoco el gobierno puede permitirse transmitir la imagen de incredulidad o de reacción tardía frente a acontecimientos de esta naturaleza. La percepción de un gobierno rebasado tiene consecuencias profundas sobre la legitimidad institucional. En materia de seguridad, tan importante como los resultados es la capacidad de transmitir certeza, coordinación y control. Cuando esa percepción se rompe, también comienza a fracturarse la confianza ciudadana.
Lo sucedido el fin de semana deja, además, una reflexión que no puede seguir posponiéndose. La presencia de actores vinculados a distintos sectores sociales entre las víctimas obliga a reconocer que la violencia criminal ya no permanece confinada a los márgenes de la sociedad. Cada episodio de esta naturaleza vuelve inevitable preguntarnos hasta dónde han logrado penetrar las organizaciones criminales en algunas estructuras gubernamentales, económicas y sociales de Zacatecas. Ignorar esa discusión sería tan irresponsable como negar la gravedad del problema.
Allí donde el miedo sustituye a la confianza, la libertad comienza a retroceder. Por eso la seguridad nunca puede reducirse a un asunto exclusivamente policial; constituye la condición mínima para que una sociedad ejerza plenamente sus libertades y para que el Estado conserve su legitimidad democrática.
La política existe para enfrentar las crisis, no para esconderse de ellas.
Los zacatecanos no sólo deberíamos preguntarnos quién será el próximo gobernador. Antes de llegar a esa decisión, deberíamos preguntarnos quién estuvo dispuesto a dar la cara cuando Zacatecas más lo necesitó. Porque los gobiernos se eligen en las urnas, pero el liderazgo se revela en las crisis.
Porque cuando Zacatecas dejó de respirar, algunos decidieron hablar. Otros eligieron callar. Y hay silencios que una sociedad nunca debería olvidar.



