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La humanidad ante el espejo de la ONU

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Por: La Jornada Zacatecas •

La Asamblea General de Naciones Unidas debería ser el espacio donde la humanidad recuerde que ninguna nación, por poderosa que sea, está por encima de las demás. Sin embargo, la jornada de este 22 de septiembre vuelve a exhibir la profunda fractura del orden internacional.

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El propio presidente de la Asamblea General, Khalilur Rahman, formuló la pregunta que hoy debería recorrer al mundo: fuera de esas paredes, la gente ya no pregunta si Naciones Unidas existe, sino si realmente funciona. 

La interrogante no es menor. Donald Trump utilizó el foro multilateral para ratificar el criminal bloqueo a Cuba, presumir el secuestro de un presidente en funciones y amenazar con “aniquilar” a Irán si no se alcanza un acuerdo, al tiempo que reivindicó la superioridad militar estadunidense y cuestionó a organismos internacionales. No se trata únicamente de Trump. Se trata de una lógica peligrosa: aquella en la que el poder sustituye al derecho, la amenaza al diálogo y la fuerza a la cooperación.

En Palestina, la tragedia resulta todavía más evidente. António Guterres recordó ante la Asamblea que la Corte Internacional de Justicia ha dictado medidas provisionales jurídicamente vinculantes en el caso relacionado con la Convención sobre Genocidio y exigió que todas las partes respeten el derecho internacional. También advirtió sobre la violencia, los desplazamientos y la expansión de asentamientos israelíes en Cisjordania. 

Que el criminal de guerra, Benjamin Netanyahu, pueda comparecer ante la Asamblea General mientras Israel enfrenta acusaciones internacionales de extrema gravedad representa una de las contradicciones más profundas de nuestro tiempo. El problema no es que un gobernante tenga derecho a defender la posición de su país; el problema es que el sistema internacional parece carecer de instrumentos suficientes para convertir sus principios en consecuencias efectivas y es profundamente vergonzoso que un personaje como Netanyahu pueda andar libre sin consecuencias por el genocidio perpetrado. 

Pero la crisis de la humanidad tampoco termina en las guerras. Está en las fronteras, en el racismo, en la desigualdad, en la destrucción ambiental y en un modelo económico que continúa subordinando buena parte de la vida a la acumulación.

La paradoja resulta brutal: el ser humano desarrolla inteligencia artificial capaz de transformar radicalmente la civilización, mientras fracasa en algo mucho más elemental: aprender a convivir. 

La reflexión también debe comenzar desde lo local. En la familia, la escuela, el barrio, la comunidad y la ciudad. La violencia global no aparece de la nada: se alimenta también de pequeñas intolerancias, de la discriminación cotidiana, del desprecio al diferente y de la incapacidad para escuchar.  El mundo necesita recuperar la idea de comunidad.

Necesita comprender que soberanía no significa aislamiento; que seguridad no puede significar exterminio; que desarrollo no puede significar destrucción; y que inteligencia no equivale necesariamente a sabiduría.

Naciones Unidas enfrenta una crisis de credibilidad, pero desaparecerla no resolvería nada. Por el contrario, la humanidad necesita más multilateralismo, no menos; más derecho internacional, no menos; más cooperación entre pueblos, no más bloques enfrentados.

¿Podremos hacerlo? 

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