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De la deliberación a la unidad: la reconciliación posible

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Por: Carlos Eduardo Torres Muñoz •

Como es del dominio público, los procesos de competencia propios del proceso electoral que ya arrancó formalmente han iniciado, tanto a nivel interno en los partidos políticos y coaliciones, como en general con la intensificación del debate entre diferentes actores que aspiran a participar como candidatas o candidatos en la próxima elección. El tono de nuestro debate público lleva años descomponiéndose a partir de la simplificación y la polarización del discurso; sin embargo, consecuencia por demás estudiada y vista en otros casos, esta descomposición se ha ido corriendo a medios, redes sociales y, en general, toda la conversación pública. Ello no puede sino profundizar la desconfianza que existe en la política como instrumento de consenso para el interés común. 

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Qué duda cabe de que el país, y el mundo, sin obviar lo local, atraviesan por momentos de suma complejidad por los retos que enfrentamos, así en plural participativo, en el porvenir inmediato. Todos los días la agenda nos recuerda que el orbe experimenta una profunda reorganización geopolítica, y que el capitalismo voraz, que ignora lo finito que es el planeta, nos tiene cada vez más cerca de transformaciones inconmensurables; y no mencionemos ya los desafíos que se están advirtiendo en relación con el desarrollo y control de la inteligencia artificial. Una agenda de esta magnitud y la complejidad que conlleva hacen de la deliberación no un lujo de las buenas formas, sino una necesidad práctica.

En lo particular, México enfrenta la necesidad de gestionar estos cambios en la vecindad de uno de los actores que están impulsando estos cambios sin parangón: Estados Unidos, su presidente y un régimen político que se desconoce a sí mismo y sus tradiciones. Integremos al cuadro el fenómeno de violencia y captura de las instituciones que se ha hecho patente ya no solo en la cotidianeidad de las personas comunes, sino en los impactos macros que se están vislumbrando tanto a nivel económico, como político e incluso cultural. Todo ello requiere, como pocas veces en nuestra historia, la capacidad de nuestros liderazgos políticos, sociales y económicos, de convocar, más que a la confrontación, a la deliberación como método para discutir, debatir, analizar, a partir de información responsable y sólida, para llegar a una decisión que nos una en su implementación, más que nos convoque a la exclusión de quienes no lograron convencer a la mayoría. 

Este argumento no es ni pretende ser nuevo. Hace años hemos venido expresando en estas mismas páginas la necesidad de un proyecto que reconstruya un consenso mínimo común para el debate y quehacer público. Este consenso mínimo puede partir de los derechos humanos como base de reconocimiento de la dignidad y lo que para garantizarla se requiere, lo que pasa por una batería de derechos políticos y sociales, así como del respeto al Estado de derecho y el buen funcionamiento de las instituciones, con todo lo que ello implica. Hoy, sin embargo, es imposible limitarse a esta agenda. Cada vez, es más palpable que a estos objetivos debe sumarse con urgencia el de la agenda de derechos económicos, como salarios suficientes y bienes y servicios asequibles. Y aunque pareciera que nadie entre las opciones políticas reniega de dicho punto de partida y el conflicto está en los cómo, un análisis serio nos permitirá darnos cuenta de que esto no es así, y que la polarización nos ha arrojado al grado en el que ni siquiera se reconoce la dignidad y legitimidad del adversario para serlo, convirtiéndolo en enemigo, y con ello, las consecuencias que conlleva dicha figura, así sea exclusivamente alegórica.

Por todo lo anterior, aunque esta reflexión no es nueva, sí se considera necesaria, y aún más, válida en aras de un llamado a la reconciliación de las diferencias, sin eximirlas u obviarlas, sino como el retorno a una convención de lo que es legítimo decir, argumentar y sugerir en medio del debate, con el fin de encontrar una solución que nos incluya a todos, aunque no nos deje del todo satisfechos. 

Frente a esa tentación de convertir al adversario en enemigo, conviene recordar algo elemental: la unidad implica no excluir, sino conciliar y aceptar la diferencia para gestionarla con civilidad, respeto y tolerancia.

@CarlosETorres_

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