La Gualdra 732 / Cine
En la historia del séptimo arte, las conexiones que existen entre el sexo, la muerte y la mirada fueron exploradas en más de una ocasión por el legendario Alfred Hitchcock, quien, a su vez, influyó de manera significativa en el trabajo de realizadores como David Lynch y Brian de Palma. Esta triada de cineastas lograron, en diferentes momentos de su carrera, confrontar a la audiencia por medio de trabajos provocativos y desinhibidos, que exhiben las múltiples formas en las que los individuos de una sociedad se pueden relacionar con conceptos tan complejos e inherentes a la experiencia humana como el deseo, la violencia y la identidad.
A las filas de realizadores desafiantes con intenciones similares a los mencionados se puede sumar Jane Schoenbrun, quien, luego de haber dirigido dos de las películas más insólitas y originales en años recientes (We’re all going to the world’s fair, 2021; I saw the TV glow, 2024), vuelve a la silla directoral con Adolescencia, sexo y muerte en Campamento Miasma (Teenage sex and death at Camp Miasma, 2026). El resultado es una interesante y muy estimulante mezcla de influencias y estilos, encaminados principalmente hacia el subgénero del slasher, que gozó de una especial popularidad entre las décadas de 70 y 80, pero que aquí se presenta bajo un lente mucho más metaficcional y de mirada posmoderna.
La cinta sigue la historia de Kris (Hannah Einbinder), una joven cineasta que, luego de cosechar éxito en el circuito independiente con su ópera prima, es contratada por un estudio para resucitar la saga de Camp Miasma, una especie de reinterpretación ficticia de franquicias como Halloween o Friday the 13th, con un asesino de nombre Little Death (Jack Haven), que lleva una rejilla de ventilación gigante en la cabeza en lugar de máscara. La realizadora viaja al mismo sitio donde se filmó la película original para encontrarse con Billy Presley (Gillian Anderson), la final girl y protagonista de dicho proyecto, quien, por su parte, desapareció del mapa y se retiró tras aquel éxito del cine ochentero. El encuentro entre ambas dará lugar a una serie de situaciones que involucrarán horror, romance, comedia y mucha sangre, todo en un sitio donde los límites entre lo real y lo ficticio se comenzarán a desdibujar.
Con el avanzar de la trama, el filme irá progresando en su singular planteamiento, oscilando entre lo absurdo, lo camp y lo emotivo con enorme creatividad. Más allá de su evidente fascinación por el cine de terror de décadas pasadas, Schoenbrun utiliza las convenciones del género como un vehículo para reflexionar sobre la manera en que el cine construye las identidades de quienes aparecen frente y detrás de la cámara.
Bajo su visión, el cuerpo femenino se convierte, de forma simultánea, en objeto de deseo, víctima de la violencia y en el elemento fundamental del artificio, haciendo que quien observe desde la butaca también se vuelva parte del mismo juego. La relación entre Kris y Billy permite que estas ideas adquieran una dimensión más íntima, pues ambas se encuentran atrapadas, de maneras distintas, entre lo que fueron, lo que simbolizan para los demás y lo que desean ser.
Así, Schoenbrun se apropia de estos códigos para cuestionarlos, deformarlos y hasta divertirse con ellos. Es probable que, en ese aspecto, su propuesta no resulte igual de efectiva para quienes busquen un slasher en la forma más tradicional, pero su sello particular, en torno a reivindicar la nostalgia en su sentido más puro y menos degradado, se mantiene intacto. Adolescencia, sexo y muerte en Campamento Miasma es, ante todo, una ficción sobre las ficciones, sobre la fascinación por las imágenes (concretas o abstractas) y el modo en el que éstas le dan forma y sentido a ciertas pulsiones y deseos que experimentamos en diferentes momentos de nuestras vidas, incluso si en el momento no somos capaces de explicarlas.
https://issuu.com/lajornadazacatecas.com.mx/docs/la_gualdra_732



