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Sobre el aniversario de la Plaza de Toros San Pedro y el Laberinto de tercios, exposición de Alfonso López Monreal

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Por: JOSÉ ENCISO CONTRERAS •

La Gualdra 732 / Arte /  Exposiciones

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  1. El capote

El antiguo barrio de San Pedro desde el siglo XVIII es depositario de gran tradición histórica y cultural en la ciudad de Zacatecas, y ha atesorado interesantes episodios de la vida de nuestra pequeña urbe de cantera. Por ejemplo, ahí se ubicó la panadería donde se fraguó el proyecto insurgente más relevante en la ciudad hacia 1810, el de don Víctor Rosales, declarado uno de los padres de la patria por el Congreso Constituyente de 1824. “El establecimiento de Rosales abría sus puertas al público en una casa asentada justo en la esquina actual de las avenidas Juárez y Rayón, en la contraesquina del palacio de la Condesa”.

A finales del siglo XIX, era una zona marginal, llena de vecindades y mesones; y en el siglo XX, “durante los años 30, el barrio tradicional para la putería era el de la estación del ferrocarril, y ya para la década de los cuarenta, les gustó para ese mismo efecto el barrio bravo de San Pedro, en las inmediaciones de la plaza de toros, justo sobre el último tramo de la avenida Rayón”.

Asimismo, el sector fue el escenario de muy visitadas cantinas de medio pelo durante la primera mitad de la pasada centuria: “Las cantinas de segundo nivel eran las que estaban emplazadas entre el callejón del Indio Triste y el propio Jardín Hidalgo; en toda la calle González Ortega —hoy Tacuba—, callejones de Allende y Aldama, y en la avenida Rayón, en el tramo que va desde la avenida Juárez hasta el callejón de Quijano; se incluían además en este baremo las de las plazas del Vivac y Zamora, calle del Trabajo y callejones de la exclaustración y el de Quijano propiamente dicho”.

La activa vida cantinera y congalera de la farisaica Zacatecas de aquellos tiempos, tuvo como escenario este castizo rincón urbano, por lo que ha propiciado todo tipo de anécdotas, especialmente las relativas a la batalla de 1914, el 23 y 24 de junio: “las múltiples cantinas del barrio de San Pedro, […] donde abundaban esos establecimientos, además de congales, estaban repletas de soldados triunfantes empinando el codo. En una de ellas entró con todo y caballo, armando camorra, un hombre beodo gritando «¡Viva mi general Urbina, jijos de la chingada!». Se trataba de un tipo apodado El Venado, célebre por su mala copa. Un general Ortiz, circunstante, le recriminó el grito, diciendo que todos debían gritar «¡Viva Villa!», cogió al jinete de un brazo, lo derribó del caballo y lo hizo bailar a punta de balazos para regocijo del respetable”.

Pero vayamos a lo nuestro. La Plaza de Toros San Pedro fue inaugurada el sábado 15 de septiembre de 1866. Para ubicarnos históricamente, la fecha ocurrió algo así como nueve meses antes del fusilamiento de Maximiliano de Habsburgo. O sea que el Segundo Imperio ya iba de salida, y eso no nos iba a quitar la afición por la fiesta brava. ¡No señor!

Construyó el coso el licenciado Agustín Llamas, y por ese solo hecho su afición y buena posición económica queda fuera de toda duda. Pero cuál no sería su desencanto cuando se enteró, seis meses más tarde, que el Congreso del Estado emitía una ley que prohibía, “para siempre en el estado las corridas de toros”. Oyeron bien: “pa-ra-siem-pre”. Todo indica que la prohibición tenía dedicatoria para el dueño de la flamante plaza de toros. Ya veremos por qué. Pero también el ideario modernizador de los liberales mexicanos explicaba en parte este tipo de prohibiciones in aeternum, pese a que a muchos de ellos, por debajo del agua, les encantaba la fiesta brava, pero defenderla era pongamos aquí que políticamente incorrecto. Recuerdo haber leído en alguna parte que el general Santos Degollado, por ejemplo, ese incorruptible, renacentista y puritano “cura laico”, valiente entre los valientes, tenía quizá sólo dos debilidades mundanas: las suertes charras y las lidias de toros.

Poco se sabe del constructor y primer propietario de esta Plaza. Hasta hace poco nos venimos enterando que el licenciado Agustín Llamas, antes de construir este albero, fue diputado al congreso local entre 1849 y 1850. También se desempeñó como magistrado del Supremo Tribunal de Justicia del Estado de Zacatecas, también fue miembro del Ilustre y Nacional Colegio de Abogados de México y, como la mayoría de los políticos de la época, después de llegar Maximiliano a Veracruz, Llamas firmó en compañía de muchos colegas suyos, del alto clero y de la crema y nata de la ciudad, la llamada Acta de adhesión de la capital del departamento de Zacatecas a la intervención francesa, y como forma de gobierno a la monarquía hereditaria, encabezada por don Max, precisamente.

Ya en el periodo de la república restaurada, en 1872, Agustín estaba solicitando al gobierno municipal que se le condonaran los impuestos de su plaza de toros y tal parece que, obviamente, le fue negado. Un año después de la muerte de don Benito Juárez, el abogado se las había arreglado para lavar su lamentable pasado imperialista y ya actuaba como fiscal en un tribunal disciplinario del Poder Judicial de Zacatecas

  1. Las banderillas

Treinta y tres. Me dijo el pintor que el número le gustaba por varias razones para determinar el tamaño de esta exposición. Para comenzar, la repetición del 3 podría entenderse como los tres tercios de la lidia. Adicionalmente, el guarismo tiene algo de cabalístico, de misteriosillo, una sucesión que huele a enigma diría yo, y agregaría que tiene mucho de esotérico. En la numerología ―práctica presuntamente adivinatoria mediante los números, y que sirve requetebién para embaucar incautos― el 33 significa el “maestro de maestros”, término asociado a la sabiduría, a la empatía y a la virtud. Representa asimismo el postrimero cumpleaños de Cristo y el último grado del Rito Escocés.

Como sea, el número se presta para dimensionar esta propuesta pictórica, la más reciente de Alfonso López Monreal, nuestro maestro de maestros. Y ya sin tanto rodeo, se refiere a los tres tercios en que se divide una faena taurina moderna. Sé muy bien que ahora resulta bastante impolítico hablar de la fiesta brava, pero nuestro artista ocasionalmente suele gustar de lo impolítico. No podría ser de otra forma, dado que esta exposición de López Monreal es resultado de su empeño porque este año no pase desapercibido… aparte de los 480 años de la ciudad, es también, nada menos, que el centésimo sexagésimo aniversario de un coso entrañable ya desaparecido, la Plaza de Toros San Pedro. Ya decíamos que se inauguró un 15 de septiembre de 1866 y fue cerrada definitivamente el mismo día, pero de 1975, habiendo bien servido a afición de esta pequeña urbe de cantera por 109 años.

Caben muchas emociones, cosas y gente en tan luengo periodo: alaridos, pasiones tauromáquicas, chicuelinas, toros cárdenos, Lino Zamora, ovaciones, fiesta de colores, Marchas Zacatecas, insultos a la autoridad, trajes de luces, ¡cerveza, refresco!, martinetes, tardes de lluvia pertinaz, villamelones, toros albarderos, Yo soy de San Luis Potosí, sangre sobre el ruedo, toros zainos, paseíllos elegantes, enanitos toreros, molinetes, monosabios, pasodobles, abucheos, arena, alguacilillos, garrochas, “luto por un matador”, chispazos de gritones ocurrentes de la peña que levantan el ánimo del respetable, gaoneras, Manolo Martínez, espontáneos fallidos y exitosos pero eso sí de muchos huevos; Cielito andaluz, verónicas (pero no de Fresnillo), mulas de arrastre, mi barrera de sol, Ponciano Díaz, mentadas de jefa, puntilleros, derechazos, coquetas manolas, avisos trompeteros, Silverio Pérez, salidas a hombros por la puerta grande, El Molinillo, varilargueros, trincherazos, Luis Mazzantini, toros berrendos, soles de justicia, picadores panzones, pases de pecho, largo desfile de ganaderías antañonas y nuevas, charlotadas, indultos y una que otra buena cogida, sí señor.

  1. La muleta

Decíamos que son 33 las piezas que componen esta exposición individual. La enésima de nuestro amigo Poncho, ejecutada a pulmón en algo así como noventa días. Toda una proeza. ¿Que si las conozco? Claro que sí. De una en una, aunque, sin que salga de aquí, quisiera haber tenido más tiempo para gozar las tres secciones, de once cuadros cada una. 

Cada uno de esos tercios gira en torno a un color predominante. El primero rebosa de amarillos inaugurales, luminosos, juveniles… y está dedicado al periodo inicial en la vida del minotauro. En el segundo nos regala la vida a plenitud del mismo, una sucesión de once piezas de tonalidades bermejas suaves, que anuncian el último tramo, el de los años provectos y la muerte. 

Desde luego que atraviesa la colección la esencia de la tauromaquia, representada a lo largo de las tres secciones por el minotauro, Asterión, con alusiones a su propia y peculiar narrativa. Las diversas mitologías consultadas refieren datos sueltos e inconexos sobre la asombrosa bestia. En cambio, en todas ellas no se lo baja de monstruo. Pero monstruo admirable, temible y deslumbrante. Pasmoso por su tremenda apariencia, mezcla de hombre y toro. Este último como representación de la potencia en todos los órdenes, macho incansable, indómita furia turbulenta, poderosa e implacable, fertilidad incontenible. Unido a su parte humana, se marida con ésta y en el contexto del albero y una tarde soleada, no resulta difícil asociar al monstruo con la tauromaquia. Forma contrahecha que en nuestros días asalta, intempestiva, los sueños animalistas.

Hijo de la reina Pasifae y el albo toro de Creta, en ninguna mitología se habla de la niñez del monstruo, que aunque era tal, no se le puede negar su derecho a la infancia, a su lactancia becerril en los reales de pechos de su madre, cuyas imágenes se rescatan en los primeros cuadros de ternura imposible. Hay también tres o cuatro piezas autobiográficas de niños jugando a torear en el corredor de la vieja casona, seguramente situada en la calle Doctor Hierro. Más allá aparecen chavales enfrentando en la calle al carretón de torear. Por aquí y por allá los mira Asterión, nombre digamos que de pila del monstruo que, por cierto, aparece en varios cuadros visitando cantinas y piqueras, bebiendo tequila, seduciendo mozas de aspecto disoluto, como las de los congales del barrio de San Pedro. Asterión, como avieso galán buscando efímeras nueras para Pasifae. Bares y cantinas, alegría y mucha beberecua, por cierto, un clásico de la estética de López Monreal, ya sea en Dublín o en el Gallito.

Vale decir de paso que el tiempo estético de nuestro artista está ya consolidado en esta amplia serie. No nos entrega demasiadas sorpresas porque hay edades para ellas. El trazo y los colores, las anatomías y las temáticas no se abandonan, el artista se abandona en ellas “pa-ra-siem-pre”. Suena algo ríspido decir que estamos en el verano y se atisba ya en prospectiva el otoño del pintor, pero es cierto. No se dedica tanto a la búsqueda porque se ha encontrado a sí mismo desde hace tiempo. Ha consolidado su propia mitología. Ya no está tanto para recibir influencias sino para influenciar gente, deliberada o involuntariamente.

El postrer tramo es muestra el ocaso de la vida de Asterión. Su última reverencia en el escenario. El brindis con la montera del diestro que se prepara para mandar a calacas a la bestia; como colofón de la faena llega el drama, la tragedia de la lidia. Desde una ventana azulada nos observa la virgen piadosa sosteniendo al poderoso monstruo minoico ya exangüe. ¡Oh venturoso sueño animalista! Desde otro cuadro las cosas se invierten: Asterión sostiene en su regazo a la piadosa. En cualquier caso, se trata de otra despedida. Miguel Ángel es el gran ausente para evitar el asombro. Y no podía faltar una especie de la princesa Europa, cabalgando al manso toro blanco.

Toreros ventrudos, maltratados por el toro y por la vida, melancólicos posan al lado de sus ajados trajes de torero. Tras el viejo diestro ya sin coleta, las chaquetillas gastadas y las monteras achicharronadas colgando abandonadas en un muro. Los moradores de los tendidos se han olvidado del diestro “pa-ra-siem-pre”.

 

Sobre la exposición:

La exposición Laberinto de tercios. Memoria de Asterión, de Alfonso López Monreal, se inauguró el 12 de septiembre en el Salón San Pedro, del Hotel Quinta Real, anteriormente la Plaza de Toros San Pedro, en la ciudad de Zacatecas.

 

https://issuu.com/lajornadazacatecas.com.mx/docs/la_gualdra_732

 

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