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■ Madre e hija han rescatado a decenas de animales

Convierten Alejandra y Sihomara su hogar en santuario para gatos y perros

■ Transforman tragedias en segundas oportunidades

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Por: Jaqueline Lares Chávez •

En un mundo donde la indiferencia hacia el sufrimiento animal parece crecer, la historia de Alejandra Delgado y su hija Sihomara Carrillo emergió como un faro de compasión durante una entrevista exclusiva con este medio. Ambas mujeres abrieron las puertas de su hogar y corazón para compartir la extraordinaria labor que realizan día a día.

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Su vivienda, resultó ser mucho más que una casa común: se reveló como un santuario donde decenas de perros y gatos rescatados han encontrado no solo un techo, sino una familia. Durante la conversación, explicaron que su labor, completamente independiente y sostenida por donaciones y su propio esfuerzo, representa un testimonio de amor que no conoce límites.

La semilla de esta misión, según relataron, se plantó hace generaciones. «Mi abuelo siempre les llevaba que si ardillas, tarántulas, cuervos, que se encontraban en condiciones no aptas y ya ellos como que los rescataban y los rehabilitaban», recordó Alejandra durante la conversación. Esta herencia de cuidado se transmitió, y Sihomara creció inmersa en un mundo donde convivir con toda clase de seres vivos era lo natural. «Toda la vida he crecido con perros, gatos, peces… no me es difícil porque siempre he estado acostumbrada a ello», afirmó con naturalidad.

Lo que comenzó con acoger un perrito ocasional se transformó con el tiempo en un compromiso de vida. Durante la entrevista, ambas describieron su rutina como un torbellino de actividad que comienza al amanecer y puede extenderse hasta la madrugada. «Aquí te despiertas con la escoba y el recogedor y te duermes con la escoba y el recogedor», describió Sihomara con una sonrisa que delataba tanto agotamiento como satisfacción. «El día a día siempre es muy dinámico, no hay rato que digas ‘voy a descansar'».

Su filosofía es clara: los animales no son inquilinos, son familia. «No es un albergue como tal… ellos son parte de nuestra familia prácticamente, conviven con nosotros, están con nosotros, duermen con nosotros», enfatizó Alejandra. Esta convivencia, explicaron, implica una dedicación total. La logística que describieron resulta abrumadora: limpieza constante, alimentación, visitas al veterinario y paseos. Revelaron que compran costales de 25 kilos de croquetas cada semana y que su día comienza a las 5 de la mañana.

Uno de los aspectos más desgarradores que compartieron durante la entrevista fue su experiencia enfrentando la crueldad humana. Han dado refugio a víctimas de una brutalidad inimaginable. Uno de los casos que más las marcó, relataron, es el de Hanul, una perrita rescatada de Zóquite. «Le amarraron un alambre con púas en la cintura, que llegó al punto donde se le encarnó», relató Sihomara, con la voz aún cargada de emoción. «Cuando la trajeron, yo me puse a llorar, mi abuelita se puso a llorar, mi mamá se puso a llorar… yo la agarré y decía, ‘es que se me va a partir en dos'». Hanul sobrevivió tras una compleja operación, pero la imagen de su sufrimiento, confesaron, permanece.

La perrita Corgui representó otro testimonio de resiliencia que compartieron con este medio. Atropellada y abandonada durante días con dos patas con el hueso completamente expuesto, perdió una de ellas. «Duró dos, tres días ahí atropellada, o más, y nadie hacía nada por ella», contó Alejandra. Ahora, bajo su cuidado, se encuentra en lenta pero constante recuperación.

Estas experiencias, sumadas a una realidad siniestra que denunciaron durante la entrevista, han hecho que la adopción sea un camino lleno de obstáculos. Explicaron con pesar que es extremadamente difícil encontrar hogares para gatos blancos y negros, e incluso para algunos perros, debido a que son buscados para rituales de sacrificio. 

«En temporadas como octubre y noviembre, son usados para sacrificios satánicos», explicó Sihomara. «Hemos sabido de casos… que les cortan, los abren y les sacan todas las vísceras o les cortan la cabeza. O los crucifican, incluso vivos». Este macabro contexto, señalaron, hace que desconfíen de los procesos de adopción. «Es muy complicado… porque no sabemos ni en qué manos vayan a caer».

Por ello, la mayoría de los animales que rescatan se quedan con ellas de por vida. Esto, sumado a los rescates continuos, las ha llevado al límite de su capacidad. «Ya no podemos. Por espacio ya no. Y por recurso económico. Recurso y tiempo», admitieron. 

A pesar de los desafíos, dejaron claro que no están solas. Una red de apoyo se ha tejido a su alrededor. Una vecina dona regularmente un costal de croquetas; otra, restos de carne de un restaurante; amigos y conocidos aportan cobijas, casitas para los animales y suéteres. «Nos han donado muchas cosas, cosas que, pues son para ellos, ni modo que uno se meta en la casita», bromeó Sihomara. También colaboran con asociaciones como Amor y Vida Animal y Dog Love, apoyándolas con donaciones o encargándose de la recuperación de los animales que ellas rescatan.

Ambas hicieron un enérgico llamado a las autoridades de fiscalía para que brinden mayor apoyo y seguimiento a las denuncias por maltrato animal. «Los perritos que nosotros tenemos unos tienen denuncia en fiscalía, o sea, hasta ese grado se ha llegado el maltrato animal», señaló Sihomara. «Yo creo que, si la ley se hiciera valer, pues ya le pensarían un poquito más».

Asimismo, hicieron un llamado a la ciudadanía para que no sea indiferente ante el sufrimiento animal. «A la gente también que sepa que hay un animalito sufriendo, que esté abandonado, que sea perro de azotea, que lo tengan en condiciones no aptas, que denuncien, que no sean indiferentes, porque pues ellos también sienten», exhortó Alejandra.

Su mensaje final durante la entrevista fue un llamado a la conciencia y la responsabilidad. «Si no puedes tener un animal en tu casa… apoya a las asociaciones, apoya a los rescatistas independientes», pidió Alejandra. Hicieron un énfasis especial en la esterilización y en educar a los niños. «Regalar un perrito es regalar una vida que está en tus manos proteger… el problema de tanto perrito que hay en la calle es cultural, porque no hay un ser humano responsable».

Para Sihomara, la raíz del problema es aún más profunda: «Creo que hemos perdido mucho el tacto humano, tanto con los humanos como con los animales… hay que ser humanos más que nada, porque si no tienes humanidad, entonces, ¿qué eres?».

Alejandra y Sihomara dejaron claro que no planean detenerse. Sueñan con formalizar su labor como una asociación legalmente constituida para poder acceder a más recursos y apoyar a otros rescatistas. Mientras ese sueño se materializa, su hogar sigue siendo un bastión de esperanza, donde el ladrido de un husky que «casi habla» y el ronroneo de 13 gatitos rescatados son la banda sonora de una lucha incansable por un mundo más compasivo, un latido a la vez.

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