La Gualdra 726 / Historia
Por Germán García García
En este año 2026, se cumplen 150 años del nacimiento de don Luis Vicente Cabrera Lobato, mejor conocido como Luis Cabrera. El 17 de julio de 1876, en Zacatlán de las Manzanas, Puebla nació este ilustre personaje que en la historiografía de la Revolución Mexicana se le reconoció como “el cerebro de la Revolución”, lo cual expresa su importancia durante este proceso.
Desde sus primeros pasos como periodista, crítico del porfiriato, actor político en el proceso revolucionario y, finalmente, analista del devenir nacional, Cabrera demostró su incansable interés de incidir en el rumbo del país. La tenencia de la tierra, su acumulación e inequitativa distribución fueron sus mayores preocupaciones. Buscaba resolver uno de los principales conflictos —quizá el de mayor trascendencia— que aquejaba a la nación a principios del siglo pasado. Para ello estudió los orígenes de la posesión de la tierra desde tiempos prehispánicos, su desarrollo, formas de acaparamiento y despojo. Posiblemente por esto entendió con claridad que la lucha revolucionaria era eminentemente una lucha campesina, una lucha por la tierra; en consecuencia, la de 1910 fue, sin duda, una revolución social.
Cabrera inició sus estudios básicos en su pueblo natal bajo la tutela del profesor José Dolores Pérez, figura determinante en la educación del joven, al igual que su tío Daniel Cabrera. Al concluirlos fue enviado a la Ciudad de México para ingresar a la Escuela Nacional Preparatoria, donde terminó en el año de 1893. Por falta de economía tuvo que buscar trabajo e ingresó como maestro de escuela, iniciándose en el estado de Tlaxcala.
Años más tarde reanudó sus estudios en la Escuela Nacional de Jurisprudencia, fue en esa época cuando trabajó en diferentes ámbitos, aunque sobresale uno en particular, el de escritor político. Profesión que se convirtió más tarde en una de sus actividades más recurrentes para denunciar los acontecimientos de su época. Pero aún faltaba mucho camino por recorrer en la vida del joven poblano, una vez concluidas todas sus materias en la Nacional de Jurisprudencia, el aspirante a licenciado tuvo que cumplir con las tres prácticas profesionales correspondientes como lo marcaba el plan de estudios de aquel momento, para así tener derecho a presentar su examen profesional. En primer lugar, trabajó en el Juzgado 4° de lo Civil bajo la dirección del licenciado Jesús Uriarte y casualmente conoció ahí a otro futuro abogado llamado José Vasconcelos, quien se desempeñaba como secretario de Juzgado. Sus segundas prácticas profesionales las realizó en el Juzgado 5° de lo Criminal bajo la supervisión del licenciado Luis López Masso. Por último, en el despacho de los licenciados Alonso Fernández y Lorenzo Elízaga, concluyó con sus requisitos para buscar una pronta titulación.
Como es de suponer, ya para aquella época el ambiente porfirista permeaba todos los espacios. Desde las aulas de la Escuela de Jurisprudencia formó amistad con Luis Fernández Castelló, hijo del secretario de Justicia, y con Rodolfo Reyes, el hijo mayor del recién nombrado secretario de Guerra: el general Bernardo Reyes. Ni Cabrera ni Rodolfo Reyes eran ajenos a los problemas del país y mucho menos a la permanencia del general Díaz en el poder. En las elecciones de 1900, cuando Cabrera y Reyes estaban a punto de concluir sus estudios, surgió el movimiento más radical en contra del gobierno de Díaz. Bajo la tutela de los hermanos Ricardo y Jesús Flores Magón, apareció el periódico Regeneración que proponía denunciar las arbitrariedades de la administración de justicia. Cabrera, sin duda, tuvo noticias de dichos sucesos, pero su prioridad en ese entonces era la culminación de sus estudios.
El 3 de mayo de 1901, Cabrera obtuvo la autorización correspondiente de la Junta Directiva de Instrucción Pública, bajo la dirección de Alonso Mariscal y Pino, para poder realizar su examen profesional con la tesis Los seguros sobre la vida en México. Cinco fueron los sinodales asignados para examinar al aspirante a licenciado: Jacinto Pallares, Luis G. Labastida, Antonio Ramos Pedrueza, Víctor M. Castillo y Román Martínez. Sin duda destaca la presencia del célebre maestro Pallares, a quien sus alumnos le reconocían su vasto conocimiento jurídico como también filosófico. Para el 18 de mayo, Cabrera se recibió como licenciado en Derecho. Un mes más tarde, el abogado se asoció con sus dos compañeros, Rodolfo Reyes y Luis Fernández Castelló, para formar un nuevo despacho. Su bufete fue apodado “Los Delfines”, debido a la trascendencia de los progenitores de sus socios. Dicha sociedad perduró hasta 1904, cuando Cabrera decidió independizarse.
De manera paralela a los hechos narrados, el gobierno del general Díaz fue consolidándose, máxime en el tema económico. Las inversiones extranjeras en México fueron aumentando, asimismo, el comercio nacional e internacional. Para lograrlo, Díaz basó su progreso —en buena medida— en el desarrollo de las vías de comunicación, en el avance industrial y en la minería. La explotación del petróleo empezaba a crecer gradualmente. Esta estrategia económica dictada por Díaz sin duda contribuyó al fortalecimiento de su régimen. La modernidad empezó con el gobierno de Díaz, pero venía acompañada con una serie de desigualdades sociales aunada a la nula participación política de la mayoría —principalmente analfabeta—, así como la poca legitimidad en las elecciones. Éstas fueron, sin duda, las principales quejas que se acrecentaron en el México de principios del siglo XX.
Al inicio del pasado siglo, diferentes grupos empezaron a manifestarse en contra de lo que era, sin duda, una dictadura. Significativo es el caso -como mencioné en líneas anteriores- de los hermanos Flores Magón, cuyas críticas y movilización dieron sustento a una oposición organizada no muy numerosa, pero considerable. La respuesta oficial no tardó mucho en presentarse ante estas manifestaciones. La clausura de la imprenta donde se publicaba el periódico Regeneración de los hermanos Magón fue el primer paso; el segundo, el hostigamiento a sus simpatizantes, y el tercero, los encarcelamientos de personajes claves o bien la presión para que dejaran el país. Para 1903, Ricardo Flores Magón salió rumbo al destierro en los Estados Unidos. Parecía que, con ello, Díaz daba por terminada cualquier agitación contra su gobierno, aunque en realidad resultó opuesto a lo esperado. El nacimiento de un nuevo partido político, el Liberal Mexicano, fue el primer caso de una serie de nuevas corrientes políticas que empezaron a disentir poco a poco con el régimen de Díaz.
Fue hasta el año de 1908 cuando la efervescencia por las próximas elecciones presidenciales a realizarse en 1910 que Luis Cabrera dejó a un lado su carrera profesional para dedicarse de lleno al difícil ámbito de la política mexicana. Alentado sin duda alguna por su tío Daniel Cabrera, editor del Hijo del Ahuizote, que era otro de los pocos periódicos de oposición al gobierno de Porfirio Díaz que salían a la luz pública con sus debidas reservas. Hay que recordar que la libertad de expresión durante esos años era muy limitada.
Parecía que las elecciones de 1910 serían nuevamente un mero trámite para la “última reelección” de Porfirio Díaz. Pero sucedió un acto inusitado que aún hasta nuestros días, no se sabe a ciencia cierta qué originó para que Díaz concediera una entrevista al periodista canadiense James Creelman para la revista Pearson’s Magazine, que a la larga dio como resultado el incentivar a diferentes grupos políticos a organizarse para participar en las elecciones venideras. Además, la aparición en el ámbito de la política de Francisco I. Madero con su libro La sucesión presidencial en 1910, a finales de 1908 y la organización de los diferentes partidos políticos a lo largo de 1909 ocasionaron que la situación política en el país al iniciar el año de 1910 entrara en la antesala de una renovación fundamental en los sistemas administrativos y en los conceptos políticos que habrían de normar el futuro de México. La creación de clubes para que la población participara activamente en los partidos políticos, la difusión de sus ideas por medio de sus semanarios, la organización de mítines, así como la designación de Madero como candidato a la presidencia por parte del partido Antirreeleccionista, ocasionaron el desbordamiento de la gente por los asuntos públicos.
Las elecciones para ocupar la presidencia y vicepresidencia de la República se llevaron a cabo el 11 de julio de 1910. Como era de esperarse, estuvieron plagadas de anomalías que pusieron en entredicho la veracidad y la certeza de las votaciones realizadas durante esa época. Aunque salieron a la luz pública cientos de irregularidades en muchas casillas, días después, los electores nombrados dieron el triunfo al general Díaz como presidente de la República, causando gran indignación en la mayoría de la población que había creído en la palabra del propio Díaz en realizar elecciones justas y democráticas.
La historia se estaba escribiendo y una vez que la Cámara de Diputados le dio legitimidad a las elecciones presidenciales el único camino a seguir por parte de los antirreeleccionistas fue el tomar las armas para conseguir por la fuerza lo que por medio de las elecciones les habían robado. Con la promulgación del Plan de San Luis, la Revolución encabezada por Madero empezó a fraguarse. El Plan declaró ilegales las elecciones de 1910 y nombró presidente provisional a Madero, quien convocó al pueblo a levantarse en armas en contra de Díaz a partir de las seis de la tarde del día 20 de noviembre de ese mismo año, no sólo para derrocarlo del poder sino también como lo dijo Madero “para salvar a la patria del porvenir sombrío que le espera continuando bajo su dictadura” y así “reconquistar su libertad”.
Los hechos subsecuentes son por demás conocidos y para el 21 de mayo de 1910 los Tratados de Ciudad Juárez fueron firmados. Para Madero los Tratados fueron la opción más viable para terminar con el movimiento armado y dar paso a una nueva era en nuestro país que lo llevarían más tarde a la presidencia de la República. Sin embargo, contrario a lo que se esperaba los postulados revolucionarios no se llevaron a la práctica. Madero siguió usando a las antiguas fuerzas porfiristas como su base de poder, dejando el aparato estatal en sus manos y permitiéndoles retener puestos claves en su gabinete. Pocos fueron los elementos revolucionarios que el presidente incluyó en su administración. Entre estos últimos se encontraba Cabrera, a quien nombró director de la Escuela Nacional de Jurisprudencia el 20 de abril de 1912.
En su paso en la Dirección tuvo que enfrentarse a una huelga estudiantil. La cual tuvo como antecedente inmediato el informe que rindió el mismo día de su toma de protesta como director, en donde —fiel a su estilo— señaló con agudeza los distintos problemas por los que atravesaba la Escuela, que en sus últimos años se había limitado a “producir licenciados más o menos bien preparados en el arte del litigio”. Un notable descenso del nivel científico-escolar de los alumnos, sumado a la apatía de los mismos para cumplir con sus deberes, así como un relajamiento de la disciplina escolar, era lo que había provocado una educación deficiente en las últimas generaciones de egresados, arguyó Cabrera. Por tanto, y como una forma de solucionar dichos problemas propuso una profunda revisión al plan de estudios, la celebración de exámenes escritos bimestrales y un examen oral al finalizar el curso, así como reformas a las prácticas profesionales. Pero más allá de eso, hizo un llamado al alumnado para que realizara un cambio de actitud: “mientras [los estudiantes] crean que tienen derecho a un título profesional como recompensa por cinco años de mera pasividad, no cambiarán las condiciones de la Escuela”. Esta llamada de atención realizada por el nuevo director y el ambiente distinto dentro de la Nacional de Jurisprudencia —en donde los alumnos buscaban una mayor participación en la toma de decisiones— dieron como resultado que el nombramiento de Cabrera fuera visto como una imposición de la presidencia de la República. Para el 2 de julio estalló la huelga. La renuncia definitiva de Cabrera como director se dio hasta el 21 de febrero de 1913. En forma simultánea a su gestión como director, lanzó su candidatura a diputado para formar parte de la XXVI Legislatura Federal.
El 22 de mayo de 1912 apareció la convocatoria para elegir diputados, Cabrera como lo había manifestado un año antes en su artículo La Revolución es Revolución, buscó el voto de los ciudadanos residentes en las municipalidades de Tlalpan, Milpa Alta, San Ángel y Coyoacán que conformaban el XI distrito de la Ciudad de México para llegar a ser diputado propietario.
La nueva Cámara de Diputados quedó instalada el 2 de septiembre de 1912. Desde tribuna, Cabrera siempre defendió la idea de que la Revolución, aún por dolorosa que fuera, tenía que acabar con todas las fuerzas del antiguo régimen antes que empezar la reconstrucción de las Instituciones, dejando en claro que los ideales de la Revolución tenían que ser cumplidos a cabalidad. Si se buscaba un verdadero cambio en las formas de hacer política, la Cámara sería un pedestal importante en la búsqueda de esto, “venimos a reformar leyes, precisamente venimos a cambiar muchas condiciones de existencia política y sobre todo, económicas y sociales, de nuestro país”, señaló Cabrera.
El abogado poblano causó siempre polémica desde sus escritos hasta sus discursos en tribuna, sabía que desde que tomó la pluma para denunciar los abusos del grupo científico en el poder tendría detractores a sus palabras y a sus acciones. El problema agrario era uno de los reclamos del pueblo y buscar una solución era obligación del Poder Legislativo. Era primordial demostrar a la opinión pública que la Cámara de Diputados estaba trabajando por resolver unos de los tantos problemas que demandaba la población, la cuestión agraria no podía esperar más, por lo que el 3 de diciembre 1912 Cabrera presentó la iniciativa La reconstitución de los ejidos de los pueblos como medio de suprimir la esclavitud del jornalero mexicano.
Cabrera buscó en el Ejecutivo el apoyo para fundar su iniciativa, pero no lo encontró, pues decía que Madero prefería buscar la labor de restablecimiento de la paz antes que realizar las medidas económicas que necesitaba el país. Instó a que el pleno de la Cámara volteara su mirada para resolver el problema agrario al afirmar que: “Las verdaderas reformas sociales las han hecho los Poderes Legislativos, y las verdaderas reformas, una vez más lo repito, nunca se han hecho en los momentos de tranquilidad; se han hecho en los momentos de agitación social; si no se hacen en los momentos de agitación social, ya no se hicieron”.
El abogado poblano sabía de la necesidad de trabajar unidos no sólo en el tema agrario, ya que veía como la contrarrevolución iba tomando cada día más fuerza frente al gobierno maderista; su idea de no permitirlo más, lo llevó a solicitar licencia para separarse de su cargo como diputado a fin de quedar en aptitud de aceptar cualquier comisión que el Poder Ejecutivo le asignara.
Pero Madero no escuchó las voces de quienes lo alertaban del inminente peligro en que se encontraba, volviéndose realidad lo que tiempo atrás Cabrera le había advertido: “Si por falta de entereza o de habilidad política o por simple desconocimiento de la verdadera fuerza que la Revolución ha puesto en vuestras manos, no podéis lograrlo, la nación os lo demandará ante el Tribunal de la Historia”. No fue la Nación quien lo hizo, sino el poder militar comandado por Victoriano Huerta, Félix Díaz, Aureliano Blanquet, Manuel Mondragón, Bernardo Reyes y la complicidad del embajador estadunidense Henry Lane Wilson quienes dieron fin a la etapa maderista.
En el último llamado que realizó la Cámara de Diputados a Madero para solicitar soluciones urgentes a los problemas del país, así como el cambio de su gabinete por personas afines a la Revolución, la respuesta del presidente no fue positiva, prefirió callar antes que actuar. Cabrera desalentado por esto, salió a La Habana, Cuba, donde se enteró días después del cuartelazo de la Ciudadela que traería consigo la renuncia de Madero y su posterior asesinato.
Cabrera no volvió más a la Cámara de Diputados, sus convicciones en política no se lo permitieron y por ello decidió unirse a las fuerzas disidentes y comenzar como él mismo la llamó La Revolución Constitucionalista al lado del personaje que tanto admiró y respetó: Venustiano Carranza, iniciando así una nueva etapa en su andar político. A 150 años de su nacimiento, aquí un pequeño recordatorio de su obra.
* El pasado 17 de julio, a las 17:00 horas, y organizado por el Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México (INEHRM) se llevó a cabo el foro académico “150 años del nacimiento de Luis Cabrera Lobato”, con la participación de Alberto Donato Enríquez Perea, Francisco Iván Méndez Lara y Germán García García; en la moderación: Tamara Aranda. Puede ver la transmisión aquí: https://www.youtube.com/c/CanalINEHRM
https://issuu.com/lajornadazacatecas.com.mx/docs/la_gualdra_726



