La Gualdra 733 / Literatura Chilena
Por Manuel Parra Aguilar

Una historia personal que parece mentira
La palabra “sorda” da cuenta de un accidente biológico. Sin embargo, Zorda (2024) pretende ser una amplia metáfora del espacio donde la protagonista se mueve y crece; es decir, hay una sordera social que no permite que los adultos la comprendan. De igual modo, el país (Chile) está hundido en un espacio no de silencio sino de sonajeras, balas, desapariciones, pobreza, violencia… En ese sentido, la palabra sorda por sí sola me permitía dar cuenta del amplio espectro de esa condición, que también es la condición de una comunidad y un momento social. Zorda añade molestia visual, incomodidad y quizás, y ojalá así sea, permite entender el intento como la búsqueda para describir un universo determinado.
Zorda es una ficción que nace de mi historia personal. Sentí que podía permear esa historia íntima con los grandes dolores y la violencia de una época. Hasta la escritura de este libro, creí que la literatura no era un instrumento de sanación. Sin embargo, la sanación o las sanaciones son más complejas y arbitrarias. A veces sanando un pequeño espacio puede irse tejiendo un nuevo material tan verde y delicado como las plantas. Finalmente fue doloroso, no sólo porque tuve la disposición a remover mi infancia, sino porque sacudí también las penas y las dificultades de aquellos que vivieron esa situación violenta, porque la violencia económica también es violencia, por ejemplo.
Escribir para mentirse con la verdad
No soy dado para las estructuras y formas tradicionales, aunque sé perfectamente que no invento nada. Me siento más cómo explorador, en este caso de posibilidades narrativas. Narrar mediante ventanas que a veces son estrictamente un relato y que en otras abren reflexiones que sólo la poética puede resolver.
Hay cuestiones que sólo se dan en el encuentro entre el misterio, la plástica, la filosofía y la práctica del lenguaje con los recursos y profundidad de un poema.
Además, esencialmente soy poeta. Escribo siempre desde ahí. También he creído siempre que si un poema no tiene nada que decir, es mejor borrarlo. Lo más interesante sucede cuando tienes algo que decir y la poesía y la narrativa te abren camino; eso es totalmente bello, pese a que estés escribiendo a partir del dolor más grande. Nada importa. En ese caso, no hay determinantes ni de forma ni de espacio.
Una historia personal que parece de mentira
Creo que Zorda es la suma de los abandonos, pérdidas y desapariciones. En Chile en esos años se desaparecía drásticamente a personas y eso resuena también en la historia de la protagonista, como tantas otras situaciones de ese proceso político. Quizás por eso la protagonista no tiene nombre, porque en parte es todos ellos, o confundida en todo eso.
La memoria íntima de la infancia con el peso de la historia política de Chile es un diálogo espectral, casi sordo. En el libro, todos los personajes asumen su condición o la condición que les imponen y siguen un camino triste, sin esperanza.
Sin embargo, mientras que en los adultos esa sordera social es temporal, para la niña no lo es. Porque ha nacido con una mutilación física, por lo tanto para ella no hay salida. Quizás para ninguno de los personajes la hubo. En ese sentido, este libro es un trabajo contra mí mismo. Quisiera ser menos drástico, y pretendo convenir con la idea de que seremos amados y felices. Sin embargo, la época y el tránsito de la protagonista no me lo permitieron. Fue un tiempo oscuro y ya. En cierta medida, la niña hace cuerpo de ese tiempo en lo que al parecer es su breve estadía.
La coincidencia de reinventar la memoria
La pobreza es al final un bien material cuando se trata de crear solidaridad y de cuidarse, alimentarse y protegerse entre todos. En ese sentido fue un tiempo hermoso desde el punto de vista de la comunidad. Luego, desde la llegada de la democracia y de cierta bonanza económica que ya sabemos es un espejismo; esos mismos seres se volvieron individualistas y guardianes de la propiedad privada. Esto no es una posición política, sino una constatación de que fuimos mejores entre nosotros.
Tal vez por ello, la poética me permitió trabajar la tensión entre la sumisión religiosa, el miedo político y la rabia de clase dentro de una misma escena familiar. Cualquier escena familiar por más diminuta que sea, si es capaz de abrazar todos esos paisajes humanos, es poética.
Por otro lado, no hemos resuelto cómo enfrentar la infancia aún. Me parece, más bien, que nos hemos llenado de tecnicismos y supuestos. Creo que salimos de nuestra infancia para después de la curva de la vida volver a ella. Porque la infancia es el lugar más bello, más sano y humano donde hemos podido estar. Lo demás es brutal.
Ponerse a salvo en la ficción
Me interesaba no sólo un estatuto de dictadura violenta, sino también que se trataba de una sociedad violenta y castigadora. Fue también la época del SIDA, donde el mundo gay recibía el castigo de dios. Un supuesto muy generalizado. En ese sentido, Chile era una sociedad adolescente, sin madurez, sin herramientas para enfrentar los afectos. Por eso la protagonista se atormenta, porque no sabe qué decir frente al amor, ni mucho menos tiene libertad para eso.
El libro estuvo un buen rato guardado porque lo percibía como un testimonio de fe personal, un recordatorio de que nunca más deberíamos fracasar tanto en nuestros afectos, y lo digo también en términos sociales; por tanto, creí que sólo podía reinterpretarme a mí.
Lejos de eso Zorda ha tenido gran recepción crítica. Quizás porque las desapariciones, los abandonos y la soledad nos han marcado como generación. No intenté volver a narrar una época, que es algo muy necesario, y los chilenos lo han hecho nutridamente. Creo que sólo la poesía se ha hecho cargo de mirarlo desde la barriada, desde la pobreza y esa condición miserable que nos regaló la instauración del modelo económico, porque eso se hizo acumulando capital a costa de la miseria de tantos.
En ese sentido, más allá de la historia personal, el resultado es poner un espejo de agua frente al rostro de quienes lo sufrieron. Creo también que se ha valorado así. Nunca tuve un dossier tan grande de artículos espontáneos en mis carpetas, tantos saludos de lectores y lectoras de México y Chile, donde se ha publicado el libro. Me asombra y me permite, también, leerlo con distancia, porque ya nada de lo que hay ahí me pertenece. Ahora es parte de nuestra historia colectiva. Por mi parte, sólo queda un logro personal: he dejado de llorar por mis propios abandonos.

Octavio Gallardo, Valparaíso, Chile, 1974. Fue becario de la Fundación Pablo Neruda y ha sido publicado en diversas antologías, además de recibir premios e incentivos para el desarrollo de su obra. Destaca su profusa labor de promoción de la creación literaria chilena y latinoamericana. Actualmente dirige el periódico literario Carajo, uno de los más importantes medios de difusión literaria chilena. Libros: Octubre, Cordillera, Especies en cautiverio y Último poema. Además de libro Derecho al olvido, edición a partir de textos no poéticos de Carlos Cociña. Junto al poeta mexicano Armando Salgado realizó la recopilación y edición del Ebook Estrategia del poema, 72 autorxs hispanoamericanxs.
Manuel Parra Aguilar. Hermosillo, Sonora. Maestro en Estudios de Arte y Literatura por la Universidad Autónoma del Estado de Morelos. Es miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte. Ha ganado el Premio Iberoamericano de Poesía Minerva Margarita Villarreal; el Premio Internacional de Poesía Jaime Sabines; los Juegos Florales Iberoamericanos Ciudad del Carmen, entre otros. Libros: Los muchachos del Guinness Book, Permanencias, Pertenencias, entre otros.
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