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Atentar contra la inteligencia del ciudadano

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Por: Jaime Enrique Cortés Acuña •

En los últimos días, después de que Morena diera a conocer a sus coordinadores de los Comités de Defensa de la Soberanía Nacional, se abrió un debate que, visto desde la ciudadanía, resulta difícil de entender. 

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El Partido del Trabajo amenaza con abandonar el bloque oficial porque algunos de sus cuadros quedaron fuera de la repartición; mientras, del otro lado, PRI y PAN —y en algunos estados, como Zacatecas, con la posibilidad de sumar otras fuerzas— exploran la construcción de alianzas electorales. Los partidos mueven sus piezas, intercambian nombres, calculan posiciones y hacen cuentas. El problema es que, mientras ellos juegan su partida, el ciudadano parece no estar sentado en la mesa.

Hay una pregunta que prácticamente nadie está haciendo: ¿cuánto representan realmente los afiliados a los partidos frente al universo de ciudadanos que tienen derecho a votar? Y más todavía: de quienes militan formalmente en un partido, ¿cuántos estarían dispuestos a votar por una opción distinta a la que siempre han defendido, cuando llegue el momento? 

La respuesta debería obligarnos a mirar con mayor seriedad lo que hoy ocupa buena parte de la conversación política. Porque una cosa es tener estructuras partidistas, grupos internos, dirigentes y operadores; y otra muy distinta es representar las preocupaciones de una sociedad que todos los días enfrenta problemas concretos: el ingreso que no alcanza, la inseguridad, los servicios públicos, la falta de oportunidades, la incertidumbre laboral y el deterioro de la confianza en las instituciones.

Mientras tanto, el debate público permanece atrapado en las cúpulas. Se habla de quién encabezará una candidatura, de quién fue excluido, de quién tendrá una diputación, una presidencia municipal o una posición en la estructura. Se habla de alianzas como si fueran matrimonios ideológicos y de rupturas como si detrás de ellas existieran grandes diferencias doctrinarias. 

Pero, en demasiados casos, detrás de todo esto no hay una discusión sobre modelos de gobierno, políticas públicas o proyectos de Estado. Hay una disputa por espacios, por cuotas y por la permanencia de grupos que llevan años haciendo de la política una profesión de cúpula. Dirigentes que buscan conservar su influencia y mantenerse vigentes elección tras elección, convirtiendo su capacidad de negociación, sus posiciones y hasta sus propias carreras políticas en auténticas monedas de cambio. Hay quienes parecen haber entendido la política no como un instrumento para transformar la realidad, sino como un mecanismo para garantizar su propia permanencia dentro de ella.

Y hay algo todavía más preocupante: de todos los nombres que hasta ahora comienzan a aparecer en la palestra, ninguno parece despertar entusiasmo más allá de los círculos partidistas. Se mencionan aspirantes, se mueven grupos, se construyen acuerdos y se anticipan candidaturas, pero no aparece todavía una figura capaz de captar la atención del ciudadano, de generar conversación fuera de las estructuras partidistas o de ser reconocida como un liderazgo capaz de encabezar un proyecto. Hay nombres, sí; lo que todavía no hay es liderazgo. Y esa diferencia puede ser fundamental cuando llegue el momento de pedirle a la sociedad que salga a votar.

Y es precisamente aquí donde algunos argumentos comienzan a atentar contra la inteligencia del ciudadano. Pretender que una ruptura partidista es exclusivamente una diferencia de principios, cuando detrás existen disputas por posiciones; presentar una alianza electoral como una coincidencia programática cuando todavía no conocemos un proyecto común; o convertir la inconformidad de un grupo por haber quedado fuera de una negociación en una gran batalla por la democracia, supone pensar que la sociedad no observa, no recuerda y no compara. El ciudadano sí lo hace. Y quizá uno de los mayores errores de la política contemporánea sea seguir hablando como si la gente no entendiera lo que ocurre detrás de la perorata.

La ciudadanía no necesita que le expliquen la política como si fuera ingenua; necesita que la clase política deje de tratarla como tal. 

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