La Gualdra 692 / Premios / Literatura
Por José Natarén
I
Apenas el pasado 29 de octubre, la Cámara de Diputados y el Instituto Cervantes reconocieron al poeta Marco Antonio Campos con el Premio Excelencia en Letras de Humanidad 2025. Se destaca como uno de los sabios humanistas de América Latina, cuya principal aportación es hacer al mundo más habitable y menos cruel, en tanto eso es consecuencia del humanismo que implica la escritura de gran poesía.
¿Qué decir de la poesía de Marco Antonio Campos? ¿Que se ha vertido en varios géneros más allá del verso, que se revela también como novela, cuento, crónica, ensayo? En tanto somos texto, Campos se consagra como lector de las modulaciones del entramado que nos particulariza: emociones, ideas y palabras, configuradas en la imagen. Cartógrafo del espíritu, traduce a símbolos sonoros las simas y cordilleras de nuestra geografía afectiva. Poeta: historiador del cielo y del infierno; arqueólogo del espíritu, revela nuestro rostro en los fragmentos de un tiempo mítico, edad dorada cuando todo fue mejor, cuando imaginamos la imposibilidad llamada paraíso, cuando existió el amor. También arroja luz sobre la herida de ser en el mundo, mortales, mínimos, trístidos. Nos cuenta la vida, la suya y la nuestra porque, a decir de Nerval “la vida de un poeta es la de todos”.

Reconocido por la crítica como uno de los principales poetas del castellano en nuestra época, región situada entre el siglo XX y el XXI. “De su generación de poetas, Marco es el hombre de letras por excelencia: erudito sin pedantería, elocuente sin estridencias, ajustado en la forma, conocedor de los temas que trata, traductor minucioso y, sobre todas las cosas, poeta”, en palabras de Hugo Gutiérrez Vega.
“Trabajo sin término del auténtico poeta. Mucho ha leído y lo ha asimilado todo. Guiado, además, por un agudo instinto musical, dotado con un oído poderoso a percibir los más finos matices sonoros”, dijo de él Rubén Bonifaz Nuño. Y Marco Antonio Campos pulsa las cuerdas más íntimas de la condición humana, cuyos acordes configura en poemas de honda humanidad, espejos pulidos sin descanso en los que reconocemos nuestros rostros, a nosotros mismos que, en ese instante de lectura, nos descubrimos otros.
II
A su madre, la señora Raquel Álvarez Tostado (1923-2003) porque en la otra vida siga viendo el sol, está dedicada la obra reunida en 2007. Las primeras décadas del autor como territorios poéticos están configuradas con los símbolos casa, infancia, familia, álbum. Espacios donde la memoria colecciona sus mejores o al menos más inevitables escenas. O los más dolorosos. Y qué somos, sino memoria en movimiento. Imagen y tiempo, imagen del tiempo y el tiempo de la poesía es el tiempo de la imagen. Entrañable o no, lo cierto es que la relación con los padres, como sea, determina, traza las rutas del futuro psíquico, afectivo, vital, la obra negra que se figura y refigura como sujeto: Infancia es destino.
En “Los padres”, Campos dice, con la dureza de quien conoce su tema, nuestro tema: la conciencia de la inutilidad y la vez terca dignidad del acto heroico ante el destino, ante la infancia y sus desdoblamientos sucedáneos, así como el golpe de realidad que asestan los propios referentes. Infancia, paraíso perdido, de una fulgurante realidad distante, a la distancia a la que se encuentra el paraíso real de los artificiales.
En el tránsito a la muerte que inicia con el nacimiento, luchamos, sepámoslo o no, por hacer el mundo, por hacerlo nuestro, por humanizar la realidad, aunque no sea posible, aunque sepamos que todo habrá de pasar y desaparecer, hasta la propia humanidad, al paso de los siglos. El artista está en riña perenne contra el ángel del tedio, al que nunca vence del todo, pero se juega la existencia con el triple heroísmo de la poesía. Campos dice, directo, sin aspavientos ni ternura, sin reclamo y sin enmienda, sin la ficción que elaboramos para amortiguar el golpe de realidad: enuncia la imagen poética, precisa la sensación de pesadez. Lo que fue, es; lo que es, fue. En verdad, es. La sangre grita, canta con mayor honestidad que la metáfora.
Volverían en caso de que los necesitáramos;
sería cuestión de acordar la fecha y hora.
Pero seamos ciertos sin catástrofe
ni menos piedra enfática: nunca pudimos
dialogar con ellos, aunque tal vez
no había mucho que decirse, y esto,
en verdad, acaeció hace muchos años.
Eso digo si fue. Por eso no vale la pena
llevar ala ni cántico, por eso la luz
de pronto nos detiene, trístidos, sin fuego,
por eso el mundo en su esencia
es injusto, inestable, cruel,
aunque luchemos porque no lo sea,
aunque sepamos de antemano y siempre y de nuevo
que golpes ni puntapiés ni gritos
te sirven para nada, que la sangre
de la herida quedó por todas partes.
Hay, en la poesía de Campos, revelación de las íntimas certezas de todos los hombres: crecer duele. La herida, real y simbólica, es prueba que estamos aquí, perdidos, tendidos yertos y de pie agonizantes desde el primer día del mundo. El tono heroico, con la dignidad del que encabeza la empresa del naufragio a sabiendas que la hecatombe ha hecho lo propio con el puerto de llegada, o que dicha tierra prometida está situada en el archipiélago de las quimeras del deseo, sólo en la necesidad, y permanece, ausente a perpetuidad, sí, pero como el sentido del tiempo por venir, fuego que enciende el futuro. Desde esa tierra de gracia es donde el poeta escribe y lee el universo. El universo de la humana eternidad, el espacio desde el día del nacimiento hasta el último sobre la Tierra. Acaso ése sea el tema único de la poesía, la experiencia de ser en el mundo en relación con los límites fundamentales que rigen la vida de los hombres: el amor y la muerte, en la tensión con la otredad que se manifiesta en el sueño.
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