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martes, 29 noviembre, 2022
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Ecos de las milicias revolucionarias

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Por: MIGUEL ÁNGEL AGUILAR •

  • Historia y Poder

La despreocupación de la oligarquía zacatecana por remediar en algo los pesares que aquejan a la población, raya en el cinismo y como suya ha tenido a lo largo de los siglos la voluntad de no cambiar de raíz ese penar que es la propiedad privada en los medios de producción y el saqueo de los fondos públicos.

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Largo es el camino por recorrer y muy prolongados han sido los tiempos en que el pueblo como creatura de dios demostró sus agallas para frenar la hipocresía de sus líderes y guías y demostró con hechos que el abuso se podía frenar, que se les podría encarcelar a los falsos gobernantes limitados a remodelar las fachadas y hacerse de fortunas mal habidas.

Dramatismo y revelación de los martirios: durante años los discursos fueron hilvanados en dar falsas soluciones a las pobrezas ancestrales y por más que se les arengaba a las autoridades en cumplir con las nuevas constituciones que costaron la sangre de miles de jóvenes mártires mexicanos, estas se preservaron el derecho a huir decretando la exclusión social, la pobreza generalizada, la limosna como magnitud, el informe como fracaso en la equidad y su utopía.

A lo largo de los siglos la juventud zacatecana demostró que tenía con qué responderle a cualquier derecho y a cualquier afrenta: y no sólo del lado de las dignas columnas de las oposiciones, sino cuando se debía defender el territorio ante las invasiones extranjeras o ante las gavillas y el bandolerismo que saqueaba en forma despiadada haciendas y hogares e instituciones que costaron muchos sacrificios.

Los ejemplos abundan a lo largo de nuestra historia.

Resistencia y exterminio, la guerra de reforma, las peleas contra Santa Ana, el 27 de abril de 1858, Juan Zuazua arribó engañosamente a Zacatecas con 2 mil rifleros y tomando por sorpresa a cerca de 800 milicianos.

Se dice que la acción empezó a las 10 de la mañana y que el objetivo era el Cerro de la Bufa” por ser la parte dominante de la ciudad” y se combatió casi todo el día sin poder tomar la posición hasta que se reforzó el ataque con el batallón al mando del Coronel Pedro Hinojosa y a las ocho de la noche se logró la toma en medio de un “vivísimo fuego que hacía el enemigo” o sea, el pueblo zacatecano en armas.

Este hecho “propició que fueran cayendo los otros puntos defendidos de la ciudad, la parroquia, la ciudadela, los conventos de San Agustín y Santo domingo” y a las 12 de la noche cayó prisionero el valiente general Antonio Manero, 60 oficiales y 420 soldados y el mismo Manero, ya detenido protestó ante Zazua por que sus tropas ingresaron a Zacatecas dando gritos y alaridos “a lo comanche” y no en columna sino dispersos, lo que era desleal porque se arrastraran en el suelo y dando brincos y que las guerras formales pues daban la cara y no como chapulines.

También que fue “muy indecente” y contra “las ordenanzas” agarrar a palos a los milicianos prisioneros.

Liberales y conservadores, argucias y pleitos que hicieron temblar al país, en medio, la indefensión de la población más vulnerable, el susto por el incesante tronar de miles de armas y por la confusión de las cifras y el levantamiento de procesiones fúnebres y las misas populares, las banderas raídas, los vidrios rotos.

Ecos de aquellos años en donde queda la dignidad y el arrojo de esos pueblos nuestros que nos engendraron a ser singulares y testigos de esta época radiante de cosas nuevas y otras muy añejas, como la dispersión, el egoísmo a ultranza y el olvido como forma de dominar a muchedumbres. ■

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