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jueves, 8 diciembre, 2022
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Del selfie a la desaparición del rostro

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Por: CITLALY AGUILAR SÁNCHEZ •

  • Inercia

La era digital nos ha enseñado a existir en el ciberespacio de manera individual; nuestro rostro puebla un lugar en Facebook, otro en Twitter, en Instagram y demás redes de moda. Ahí estamos como seres virtuales existiendo. Nuestros dedos dan vida a un discurso de letras y frases que en mucha o poca medida logran dar una descripción más o menos acertada de quienes somos.

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La denominada foto selfie hace alarde a las tomas autónomas e improvisadas que una persona hace de sí mismo. En este tipo de fotografías sólo hay espacio para uno, y es una representación de la cultura ególatra en que nos desenvolvemos; una cultura en la que, como la traducción de selfie al español explica mucho: sí mismo.

Existimos en diferentes formas, por medio de nuestras fotografías nos puede ver cualquier persona y gracias a la popularidad de algunos sitios de Internet, nuestras fotografías suelen clamar por aceptación de otros y por supuesto, por popularidad. Sin embargo, también vivimos en tiempos de desaparición, de pérdida de identidad y de personas sin rostro.

 

Rostros invisibles

¿Cómo es la cara de aquellas personas marginadas, que apenas tienen alimentos en sus mesas, que no tienen la posibilidad de dar a sus hijos una educación de calidad o que viven hacinados en una pequeña habitación de cartón? ¿De qué color son los ojos de aquellos que no tienen acceso a la comodidad del Internet y por ende no tienen cuentas en ninguna red social? ¿Es que acaso esos seres humanos no existen? ¿Qué lugar en el mundo ocupan todas esas personas?

¿Y aquellos 43 jóvenes, que salieron hace ya un año, a manifestar sus necesidades de estudiantes, y desparecieron sin dejar rastro, sin huellas dactilares, sin huesos, sin piel, sin nada, qué gesto particular han dejado? ¿Con qué fotografía los podemos identificar en este mundo que sólo distingue sonrisas hipócritas? ¿Dónde podremos encontrar a esos muchachos entre tanta multitud y tanto silencio? ¿Es que acaso hay una selfie de cada uno en el ciberespacio aguardando un “me gusta” para poder existir?

Hace algunas semanas, el mundo se conmocionó con la fotografía de un bebé sirio hallado en la playa muerto, víctima de la necesidad de migrar a otro país a causa de la guerra. Periodistas de todos los países se dieron a la tarea de hacer viral tal imagen en Internet y en la prensa internacional. Cualquier que veía tal toma se sentía estrujado por una situación particularmente cruel; no hubo quien no haya sentido un cierto desgarre en el pecho. Aunque la foto no mostraba la cara del pequeño, sí causó efectos en una humanidad preocupada y en empatía con tal evento.

Así de fuerte es ahora la cultura visual; tenemos que ver, tenemos que hacer un ejercicio con la vista para poder crear en nuestra mente una experiencia tangible. Siendo así, las fotografías son un medio por el cual logramos acceder a dar vida a problemas concretos. Sin rostros o cuerpos que percibir, pareciera que las situaciones se apagan.

 

Caras conocidas

Y en el otro extremo están los rostros de siempre. Los que no sólo existen en Internet, sino que nos inundan por todos los sentidos. Los vemos en la tele, los reconocemos en la radio, en los anuncios publicitarios, se meten hasta lo profundo de nuestros sueño… y pesadillas.

La fisonomía de nuestros dirigentes, ansiosos de que los identifiquemos entre la multitud como seres superiores. Son caras que difícilmente se olvidan, porque en sus gestos hay un tatuaje de impunidad que nunca se desvanecerá y porque representan la mayoría de los infravalores que la sociedad quisiera desaparecer.

Ellos no necesitan tomarse selfies, ellos son los selfies, porque en su sistema de pensamiento sólo existen ellos y quizá unos cuantos más. El resto del mundo desaparecemos a su merced. Por eso no se preguntan por los rostros invisibles de jóvenes desaparecidos, ni por las caras humildes y raspadas de las clases marginadas. El rostro del poder tiene un embrujo narcisista, por lo cual, se refleja cada día en un espejo engañoso, donde cada día vuelve a enamorarse de sí mismo, aunque sea solamente en calidad de holograma.

Para todos éstos, no existe nada más allá de sus narices. El mundo inicia y acaba en su propia representación gráfica. Quienes estamos fuera de la toma, somos sólo parte de una escenografía sin importancia; un ornamento innecesario; una suerte de coincidencia. Estamos aquí por casualidad, pero no hay una finalidad en nuestra presencia.

¿Entonces cómo es que sabemos que existimos más allá de nuestra pequeña fotografía en una red social? ¿Cómo podemos escuchar nuestra voz lejos del muro virtual de una red social? ¿Dónde tenemos un verdadero espacio donde nuestra existencia cobre sentido? ¿O es que acaso esta nueva era nos permite una experiencia de vida limitada a través de una pantalla mientras extermina nuestra funcionalidad humana? ¿Estamos perdiendo personas y encontrando sólo símbolos y códigos? ¿Tendremos importancia hasta que nuestro rostro aparezca en la nota roja, o en un cartel que nos reclame como personas desparecidas a nivel mundial? ■

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