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miércoles, 29 junio, 2022
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Evocativo y bucólico

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Por: LEONEL CONTRERAS BETANCOURT •

Sobre mi columna publicada en La Jornada Zacatecas el viernes 27 de mayo, algunos de mis cinco muy atentos lectores hicieron comentarios alusivos a la celebración del centenario del surgimiento de las Escuelas Normales Rurales. Rubén Rodríguez Lara, de Contitlán, Juchipila, que inició en San Marcos, pero se cambió de Escuela y fue a terminar a Atequiza, Jal., actualmente ciudadano binacional: mexicano y gringo, desde Modesto, California; me expreso lo siguiente: “…las escuelas campesinas como antecedente de las ENR, en fin, la evocación y el festejo del normalismo es bueno; unas reflexiones al vuelo: considero falta una verdadera auto crítica del sistema. Hace años estuve en Samazac (San Marcos, Zacatecas) y me di cuenta del autogobierno que practicaban, (‘un anarquismo’), [menciona] …luego los egresados de ellas, lo que menos querían era regresar a sus lugares de origen. Por otra parte, creo yo, la mística del maestro rural se perdió y a nosotros los viejos egresados, solo nos queda recordar, glorificar aquel pasado, por eso me cuestiono, ¿qué estamos haciendo hoy?, ¿me pregunto?” Y con Rubén Rodríguez muchos nos hacemos las mismas preguntas.
Agradezco el que Rubén se haya tomado la molestia de leer mí artículo, y en abono o descargo, haciendo uso de mi derecho de réplica paso a aclarar algunas cuestiones sobre las que me referí.
El imaginario que conservo sobre la vida y formación, y con ello la mística y compromiso con los que llegábamos a trabajar, por la que pasé en las EN se ubica el primer lustro de los años setenta, durante el sexenio de Luis Echeverria. Admito que ya llovió y que no es los mismo los tres mosqueteros que 47 años después. Por entonces no había autogobierno según lo entendía el gran Pepe Revueltas, consistente en lograr que la libertad de catedra y la autonomía se concretaran a través de la autogestión académica. Lo que hoy impera en las NR es el manejo de parte de los estudiantes de los dineros de las raciones alimenticias y los menús, básicamente.
Mi texto es evocativo y bucólico quizá, preso de la nostalgia y si se quiere apologético. Expreso a la vez el tipo de formación que desearía con la que se instruyeran los normalistas rurales y el compromiso con la comunidad de nuestros tiempos.
En nuestro caso, nuestra educación normalista, es fruto en algún sentido de la filosofía educativa del maestro José Santos Valdés, varios de nuestros maestros habían sido alumnos de él y mucho de lo que nos enseñaron no fue sino trasmitir sus ideas y espíritu pedagógico que se resumen en que el maestro debe ser un ente de la transformación de la comunidad a la que sirve con responsabilidad y compromiso a fin de concientizar a sus habitantes con base en valores como la democracia, la justicia y la verdad; mismo que representan principios de una educación humanista.
El México rural subsiste y en él la marginación y el atraso están presentes. La educación impartida por los maestros rurales, sin renunciar a aprehender los saberes de la modernidad, deben prepararse preferentemente para trabajar en las comunidades rurales. Ésta debe ser la mejor arma y la apuesta insustituible para su transformación.

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“La patria espeluznante”
El tema de la (in)seguridad en todo el país representa para el actual gobierno uno de sus grandes desafíos. Imagino que para el presidente enterarse de casos como el asesinato de los padres jesuitas y otras masacres que han resultado mediáticas y que los medios magnifican, debe padecerlos como un dolor de muelas. Después de ganar la presidencia, Obrador mencionó con seguridad y jactancia que sería el mejor presidente de México. La pandemia del COVID con todas sus secuelas, que impedirá que el PIB crezca de manera significativa y poder redistribuir más riqueza, le frustrará ese deseo. Si lograra abatir y reducir drásticamente los homicidios y delitos de los grupos de los carteles, podría ser un buen presidente, pero, aun así, muy difícilmente se le recordará como el mejor de la historia. Hasta ahora, su gestión como las anteriores ha sido un gobierno de claroscuros. Ante la falta de resultados no falta quien lo hace cómplice de los malos y de que más que combatirla corrupción en la aplicación de la justicia, se hace de la vista gorda. Con todo y que Calderón tiene mucho por culpa al haberle declarado la guerra a los carteles de la inseguridad que padecemos, ya pocos se tragan aquello de que recibió un país podrido por la guerra del michoacano. Su estrategia que consiste en atacar las causas estructurales pudiera dar frutos, estos serían a largo plazo. Por ello la sociedad clama porque se revise la estrategia y reclama resultados que frenen el baño de sangre en que se han convertido muchas regiones. Casos como el crimen de los jesuitas en la Tarahumara, homicidios y masacres más allá de encontrar los cuerpos y a los asesinos, no basta; se requiere evitar más muertes. El miedo y la zozobra se han apoderado en nuestro diario acontecer convirtiendo a este país en “la patria espeluznante” de la que hablaba el bardo jerezano.
Urge un giro favorable en materia de seguridad, pero ¿hasta cuándo?

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