Pandemia Covid-19 y crisis terminal del neoliberalismo

Pandemia Covid-19 y crisis terminal del neoliberalismo

Durante los últimos 40 años, las élites del poder de países ricos y pobres prometieron que las políticas neoliberales conducirían a un crecimiento acelerado y que los beneficios se filtrarían hacia abajo para que todos pudieran prosperar. Ese dogma se convirtió en el núcleo del paradigma hegemónico en el mundo y hoy está sometido a duras y fundamentadas críticas. El premio Nobel Joseph Stiglitz ha mencionado: “El neoliberalismo ha estado socavando la democracia desde hace 40 años”. “La credibilidad de la fe del neoliberalismo en los mercados sin restricciones como vía más segura hacia la prosperidad común está actualmente en cuidados intensivos. Y así debe ser. El declive simultáneo de confianza en el neoliberalismo y en la democracia no es una coincidencia ni una mera correlación. El neoliberalismo ha estado socavando la democracia desde hace 40 años”.

Todo indica que con la pandemia del Coronavirus se está precipitando el principio del fin de esa larga era en la que “la forma de globalización recetada por el dogma neoliberal dejó a los individuos y a sociedades enteras incapaces de controlar su propio destino. El augurio de Stiglitz estaba ya entonces más que fundamentado –sobre todo, ante el proteccionismo a ultranza que imprime el presidente de EEUU, Donald Trump, a la gran superpotencia económica mundial–, pero tras el estallido de la pandemia planetaria del Covid-19 se refuerzan las señales de que esa globalización neoliberal toca a su fin, en un nuevo mundo de ciudadanos confinados, fronteras cerradas y ausencia de solidaridad comercial, como quedó evidenciado hace sólo unos días, cuando los gobiernos de Alemania y de Francia prohibieron la exportación de mascarillas y otros elementos básicos de protección sanitaria a Italia, en el momento en que ese país estaba desbordado por cientos de muertes y miles de contagiados diarios. La respuesta inicial de la Unión Europea fue a todas luces tardía e insuficiente, pero incluso ahora –cuando la mortífera amenaza se ha extendido sin remedio a todos los países miembros– se ve constreñida y entorpecida por el corsé que esa doctrina neoliberal impuso a todos los gobiernos para cumplir el dogma del déficit mínimo.

Ahora, estamos siendo testigos del desmoronamiento de toda esa construcción ficticia de la supuesta prosperidad global que traería la globalización neoliberal, y ya hasta el presidente francés Macron mencionó en un discurso reciente sobre la pandemia que uno de los mayores problemas que Europa heredó de la globalización es la obligación de mantener una enorme dependencia de Alemania en el suministro de bienes y servicios básicos. Hasta tal punto ha llegado esa dependencia exterior, que EEUU ya compra a China el 80% de las medicinas que consume. Esa situación puede llevar al colapso a cualquier país si sus provedores o socios asumen posiciones imprevistas, como las que Trump a asumido frente a México. La pandemia está actuando como catalizador de cambios en las políticas industriales y financieras nacionales tendientes a la superación de la recesión global y a la recuperación de las soberanías, con todas las dificultades que la crísis económica traerá consigo. La emergencia ecoómica y sanitaria ya está provocando la suspención de instrumentos como el Pacto de Estabilidad europeo, pues era totalmente absurdo mantener una disciplina del 3% del déficit cuando ya saben que España o Italia lo tendrán del 11% o del 12%.

El mundo saldrá de esta pandemia con una economía muy estatizada mediante un rescate masivo de empresas. Muchas terminarán en manos del Estado, porque será la única manera de mantenerlas a flote. Pero sobre todo se están hundiendo también culturalmente los dogmas neoliberales. Aparte de que en los hechos vamos hacia una economía mucho más intervenida por lo público, culturalmente el discurso neoliberal se está desmoronando. Todo el mundo habla ahora de los recortes y privatizaciones que hicieron sobre los sistemas de salud, y de que esa forma de gestión económica no es viable. Existe ahora una fuerte impugnación cultural del neoliberalismo que está calando mucho en la gente.

Y esto es así porque, como constata el premio Nobel Stiglitz, con la globalización neoliberal, “los efectos de la liberalización de los mercados de capitales fueron especialmente odiosos: si un candidato presidencial iba en cabeza en una nación emergente y perdía el favor de Wall Street, los bancos retiraban el dinero de ese país. Los votantes tenían entonces una elección difícil: rendirse a Wall Street o hacer frente a una grave crisis financiera. Era como si Wall Street tuviera más poder político que los ciudadanos de cualquier país”. “Incluso en los países ricos, a los ciudadanos corrientes se les decía: No podéis poner en práctica la política que queráis –sea una protección social adecuada, salarios dignos, fiscalidad equitativa o un sistema financiero bien regulado– porque el país perderá competitividad, el empleo desaparecerá y sufriréis”, prosigue Stiglitz en su síntesis del fracaso neoliberal. “Las élites prometían que los bajos salarios y los recortes darían prosperidad a todos. 40 años después, los números prueban que sólo han enriquecido a los pocos de arriba”.

“Las élites proclamaban que sus promesas estaban basadas en modelos económicos científicos y en “investigación empírica”. Pues bien, después de 40 años, ya tenemos los números: el crecimiento se ha frenado y los frutos del crecimiento cayeron abrumadoramente en manos de los muy pocos que están arriba de todo. Mientras los salarios se estancaban y las bolsas se disparaban, los ingresos y la riqueza fluyeron hacia arriba, en vez de gotear hacia abajo”.

“Los ciudadanos tienen razón al sentirse estafados”, asevera el premio Nobel de Economía y director del Instituto Brooks para la Pobreza Mundial, de la Universidad de Manchester.

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