Lyotard o el coraje de pensar hecho filosofía

Lyotard o el coraje de pensar hecho filosofía
Jean-François Lyotard. Foto: Bracha L. Ettinger

La Gualdra 494 / La danza del salmón: pensar a contracorriente

El nombre de Jean-François Lyotard estará asociado ya por siempre a la palabra posmodernidad. Lyotard fue un posmoderno, tal vez el primero, puede ser, otros se han disputado la creación del concepto, incluso aquí en nuestro rancho, Juan José Gurrola, llegó afirmar que era el único posmoderno en México –a quien por cierto conocí y su lucidez era tan deslumbrante como irascible su carácter. En todo caso, La condición posmoderna (Madrid, Cátedra, 2000) es una de las obras capitales de la crítica de la modernidad, quizá junto con El advenimiento de la sociedad post-industrial (Madrid, Alianza, 2006), del notable pensador de derecha Daniel Bell, sean dos obras maestras para entender y atender los principales temas y problemas de la modernidad en su conjunto. 

Leí siendo adolescente La condición posmoderna y para mi sorpresa creí haber entendido el argumento central de la obra, que una paráfrasis apresurada se podría resumir en que “bajo el descrédito o deslegitimación, habíamos llegado al fin de los grandes relatos fundacionales de la modernidad”. Aunque en verdad no creo que hayamos comprendido a cabalidad las consecuencias e implicaciones del significado epocal del “fin de los grandes relatos”; más allá de ciertas reacciones y defensas obsesivas e histéricas. Empero, en la década de los noventa, en ese momento juvenil estaba maravillado porque leía a Lyotard y comprendía sus tesis y argumentos sin diccionario y sin tener que regresarme varias veces al párrafo o capítulo anterior: “Nuestra hipótesis es que el saber cambia de estatuto al mismo tiempo que las sociedades entran en la edad llamada postindustrial y las culturas en la edad llamada posmoderna” (13). Se entiende el enunciado, perfectamente, tan claro como el café de Vips. O la oración: “Los grandes relatos han perdido su credibilidad, sea cual sea su modo de unificación asignado, relatos especulativos, relatos de emancipación” (73).

Comprensible, ¿no? Compartí mi entusiasmo –incluyendo el librito en cuestión– con mis amigos Leobardo Villegas, Horacio Garibay y Jesús Aristorena, entre otros. Luego leí con avidez todo lo que podía encontrarme de Lyotard y la posmodernidad, me gané el mote de “posmoderno”, que en una Facultad de Humanidades cuyo profesorado era de curas y excuras significaba –literalmente– una excomunión, y se veía y vivía como una herejía frente al cultivo de los estudios clásicos. A un joven que simpatizaba con causas perdidas la etiqueta de posmoderno le caía un poco en gracia. 

Luego leí La posmodernidad explicada a los niños, obra que afina la crítica y el sentido de lo posmoderno frente a lo moderno y premoderno e intenta salvar algunas objeciones que le formulaba su archienemigo Jürgen Habermas y compañía bajo su famosa autocontradicción performativa que reza más o menos así: ¿No es acaso un gran relato el relato que condena el fin de los grandes relatos y por tanto se auto-refuta e invalida? Lo cierto es que la crítica posmoderna que se despliega como una autocrítica inmanente e inminente dentro de los umbrales de la misma modernidad no puede refutarse con argumentos lógicos o performativos porque excede el campo lingüístico y nos confronta con el fracaso ineluctable de la modernidad capitalista como proyecto hegemónico emancipatorio. 

Luego leí sus obras maestras Discurso, figura (Gustavo Gili, 1979) y Dispositivos pulsionales (Madrid, Fundamentos, 1981), Le Differénd (Paris, Minuit, 1983) traducido de forma inexacta al castellano como La diferencia (Gedisa); es una escritura pensante, viva, fresa, dinámica que realiza el estilo del Zaratustra de Nietzsche: escribir con sangre, escribir con el cuerpo, pero lo hace con una espontaneidad y ligereza que irradian pasión y vitalidad pura. 

Quizá la Confession d’Agustin (París, Galilée, 1998) sea uno de los ensayos hermosos escritos, un testamento literario y espiritual de un pagano post-marxista que me recuerda uno de los últimos libros de ese otro pagano poeta vitalista, amigo y maestro entrañable, Raúl Renán y su obra Los rostros de este reino (México, Conaculta, 2007), guardadas las distancias, ambas obras están escritas desde las entrañas y expresan verdades aquilatadas durante toda una vida. Lyotard ha sido uno de los pensadores que ha marcado definitivamente el siglo XX. Su obra cada día resulta más novedosa y vigente. Es un pensador póstumo.

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