Levedad

Levedad
Marc Chagall. L'Âne musicien à Saint-Paul. Gouache sobre papel. 1975.

La Gualdra 464 / Río de palabras

 

 

 

Nada está perdido si se tiene el valor de comenzar de nuevo. Nunca antes aquí. La habitación está helada, cuesta levantar las sábanas, el vuelo. Hay en ti un ave herida, presa del miedo. Presa en libertad. Nunca antes aquí. Desolación. Y qué si te levantas a recorrer el mundo, ¿Qué hay de afuera? Los párpados se cierran bajo la pesadez de la sombra. Sal. Te mueve el instinto, colocas los pies sobre la alfombra y diriges la mirada hacia la ventana, ¿Qué de afuera? La humanidad vuelta en odio, en hastío. Indiferencia. Ególatra mundo de afuera. Las luces artificiales cubren la ciudad, te imponen, ¿Qué hay detrás de la selva? ¿Qué hay dentro de ella? Colocas un abrigo bajo el brazo y sales a encontrar respuestas. No esquivas la humedad de las calles, ni la suciedad de los charcos que ha dejado la lluvia, estampada por todos lados. Hubo también lluvia de pólvora, un crucifijo en las manos de la madre desconsolada, caminas con el pensamiento, de pronto, el animal callejero brinca con su banquete nocturno. Recorres todas las rinconadas. Más adelante, los sofisticados espacios y la abundancia. La guerra y sus efectos se manifiestan en dos corrientes. Desolación. Esperanza.

Todo parece distante en el tiempo, frágil. Te recuerda a esos momentos del pasado. Mejor la niñez perfecta, sin duda esa infancia despreocupada, inconsciente. Los niños, que no todos, procuran el abrigo de su madre, mientras otros, con un periódico añejo, se cobijan. Sigues el camino. Eres presa de las calles nocturnas, callejones del placer. El sexo sin amor, una pareja busca la oscuridad para entregarse al instinto animal. A lo lejos los escuchas. El jadeo termina en el orgasmo, delator grito en el silencio. Continúas a paso lento, armoniosa melodía te atrapa, volteas hacia una ventana donde las sombras se acarician, el beso anhelado, las manos dibujan obras de arte, poesía en los desnudos cuerpos. El amor. La explosión infinita imaginada terminará en la alcoba, sobre el piso o bajo el agua de la regadera, imaginas.

Sigues tu camino, esos ojos se llenan de agua. No has perdido nada ni a nadie. Nada ni nadie te ha perdido. La vida eres tú. La vida y la memoria, la vida que perdura. A lo lejos se escucha el llanto de un recién nacido. Las luces artificiales pierden su forma, mientras los primeros rayos del sol cubren tu rostro. Llegas al filo de la montaña. La pupila se expande. Divisas el mundo mientras el mundo te divisa a ti. En una contemplación recíproca, levantas la mirada. Amaneció. Nada comparable como la luz del día, como la mirada de dos enamorados cuando se encuentran, se reconocen, se conforman, nada como la sonrisa del niño que arroja la sombrilla para saltar sobre el agua. Nada comparable al regreso del soldado que llega de la guerra, al abrazo de una madre. Al tímido beso de dos adolescentes. Al caminar de la abuela para sostener la vida que le queda. Amaneció. Todo vale. Vivimos. Vivamos.

 

 

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