Stella en claroscuro

Stella en claroscuro
El Jaibo (Roberto Cobo) y Martha, madre de Pedrito, (Stella Inda), en Los olvidados

La Gualdra 423 / Historia / Cine

 

 

Los olvidados se hizo para que tengamos memoria”.

Efraín Huerta

 

 

 

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“Fue Ernesto Alonso quien me dijo: ‘Ve a ver a Luis Buñuel, porque va a hacer una película que se llama Los olvidados y necesita una mujer que se vista como sirvienta y tiene que lavar ropa; nadie quiere hacer ese papel pues todas quieren verse muy bonitas, pero tú dile que lo haces’. Y yo dije ¡claro que lo hago, no me importa que me pongan un cuerno en la boca! [ríe] Y a´i voy corre y corre con tanta ilusión a pedirle la película”,[i] cuenta Stella Inda. Así, la recomendación de su amigo, el actor Alonso, la decisión de la actriz y la aceptación de Buñuel dieron como resultado que su actuación y su nombre quedaran en la historia del cine mundial. La cinta obtuvo el Premio al mejor director en el Festival de Cannes, en 1951.

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Los olvidados

Stella Inda ya había pedido el papel en La mancha de sangre y había hecho algo semejante para el estelar en La noche de los mayas, el cual defendió hasta sus últimas consecuencias. Ahora le tocaba ir con Luis Buñuel. Al principio de este texto se cita la sugerencia que le hace Ernesto Alonso a la actriz para que vaya a ver al director. Ella relata, en la entrevista que concede a Sepúlveda, que primero fue con el productor: “Fui a ver al señor Dacingers: –yo quiero hacer su película. –Pero no va a salir maquillada. –¡Qué bueno! –Tiene que engordar. –Perfecto. –Se va a vestir muy mal. –Me parece maravilloso. –Bueno, pues si usted no tiene inconveniente aquí está el señor Buñuel, a ver qué dice. Hablé con él, le pareció muy apropiado mi tipo y aceptó”.[ii]

La intérprete redondea la anécdota cuando habla con Buñuel, en la entrevista publicada en la revista Proceso: “‘Sí le doy la película, pero tiene que engordar cinco kilos ¿usted tiene una sirvienta en su casa? Pídale su ropa. Tiene que salir con medias enrolladas abajo de las rodillas. Usted es Martha, una mujer muy pobre que lava ropa, vive en un cuarto de vecindad y tiene cuatro hijos, cada uno de diferente padre, es una sirvienta joven, pero tenía catorce años cuando tuvo un niño en su primer parto’. Ahí está el rebozo que me regaló mi sirvienta Soledad para la película”.[iii]

De la cinta se ha dicho todo y siempre se agregará algo. Antes de los años sesenta, las películas no se atrevían a mostrar a la madre como una mujer sensual y menos sexual. Uno de los pocos casos se dio en Los olvidados, una escena sutil de seducción –al estilo del cineasta, claro–, entre la madre de Pedro (Stella Inda) y El Jaibo (Roberto Cobo), la cual molestó a una buena parte de la sociedad porque resultaba inconcebible que una madre tuviera sexo con un jovenzuelo. La escena solo insinúa.

Hay otra escena en que la misma mujer no le da de comer a su hijo. El cineasta declaró que durante la filmación tuvo algunos problemas con la gente del staff. “La peinadora se ofendió cuando Pedrito llegaba a la casa con hambre y su madre le negaba la comida: ‘Eso, en México, ninguna madre se lo dice a su hijo. Es denigrante, no quiero hacer esta película’. Se fue del estudio y presentó su dimisión. Hubo que emplear a otra. Y algunos del staff rezongaban ante ciertas escenas: ‘Señor Buñuel, esto es de una cochambre tremenda. No todo México es así. Tenemos también hermosos barrios residenciales, como Las Lomas…’”.[iv]

Desde siempre, es muy común en México, al menos en el centro y sur de la República no aceptar la realidad, mentir, aplicar mecanismos de defensa para negar hechos que pueden resultar molestos o dolorosos. “Nuestras mentiras reflejan, simultáneamente nuestras carencias y nuestros apetitos, lo que no somos y lo que deseamos ser… Simular es inventar o, mejor, aparentar y así eludir nuestra condición”,[v] escribió Octavio Paz en “Máscaras mexicanas”, ensayo que forma parte de El laberinto de la soledad. Por supuesto que hay madres que niegan la comida a los hijos, claro que hay barrios terribles en la Ciudad de México. En la escena final, la mamá de Pedro vaga sola en la noche, envuelta en un rebozo de pobreza. La muerte pasa muy cerca de ella, pero no la ve. Es la imagen de la desolación y del silencio. Cuando se exhibió, hubo una ola de protestas.

Por fortuna, Buñuel ya estaba nacionalizado mexicano desde 1949, ya que “las buenas conciencias” llegaron a pedir la expulsión del cineasta porque “denigraba a México”. Él solo relató lo que investigó y lo que sus ojos vieron. Al inicio hay una advertencia: “Esta película está basada íntegramente en hechos de la vida real y todos sus personajes son auténticos”.

El investigador y crítico cinematográfico Emilio García Riera declaró que “Los olvidados fue la primera película mexicana que trascendió los valores del costumbrismo, de la intuición popular o de la buena artesanía. Fue la primera obra de un autor consecuente con su ternura y su inteligencia, con su humor y su indignación, la primera auténtica obra de genio que se producía en el marco del cine nacional”,[vi] según la nota en línea de la revista Proceso.

Los olvidados, se sabe, es una historia urbana que muestra una cara de los desposeídos, los marginados y, por sobre todo, no es maniquea. Aquí nadie se salva. Ante un público a quien se le ha hecho creer que los pobres son buenos y los ricos son malos, al más puro estilo Pepe el Toro y Ustedes los ricos, por poner un ejemplo, Los olvidados se convierte en una bofetada a la sociedad de doble moral. La dedicatoria de la novela Las buenas conciencias de Carlos Fuentes dice: “A Luis Buñuel, gran artista de nuestro tiempo, gran destructor de las conciencias tranquilas, gran creador de la esperanza humana”.

La Ciudad de México, de los años cincuenta, es vista por los ojos asombrados de un extranjero que se estaba mexicanizando. Podría afirmarse que la vigencia de esta obra –por desgracia– es eterna. Historia y anécdotas sobre la cinta hay decenas. Es importante rescatar una de las clásicas. Aquí se le rechaza hasta el exceso. Viaja al Festival de Cannes y gana la Palma de Oro como mejor director. Al volver, se le empieza a reconocer.

Desde el 30 de octubre de 2019 y hasta el 19 de abril de 2020, en la Cineteca Nacional, en la Ciudad de México, se exhibe la exposición Buñuel en México. De 32 largometrajes que realizó, 22 fueron hechos en México. Un recorrido interesante con documentos, objetos, fotografías, guiones, cartas, videos, reproducciones de objetos y ropa; ofrece muestras de las obsesiones del cineasta como son las piernas femeninas, los animales -sobre todo gallinas-, manos, pies, entre otras temas. La curaduría fue hecha por especialistas de la Cineteca y el resultado es sugerente. Por supuesto, un espacio muy importante está destinado a Los olvidados.

El surrealista Luis Buñuel no pudo evitar caer en la tentación de introducir en la cinta un sueño bárbaramente inquietante, escena memorable en la historia del cine: el sueño de Pedro. En él, su madre (Stella) parece volar, es etérea; también están Pedro, Julián -joven asesinado-, El Jaibo y vísceras; hay magia onírica y angustia. Es uno de los mejores sueños del celuloide.

El poeta Octavio Paz aseveró que ese momento resumía los temas de la película: el hambre, el crimen y la madre, en una especie de “festín sagrado”. En todas las ocasiones en que aparece Stella Inda, la mamá de Pedro, hay total autenticidad en su personaje. Imposible dudar de su inclemencia, quizá por eso es tan brutal, tan provocador. El público tiene ante sí a una madre repulsiva.

Es prácticamente imposible olvidar la imagen del primer encuentro que tienen El Jaibo y la madre de Pedro: ella, sentada, se lava las piernas y los pies en una palangana y él la observa. Ese momento, detenido por el obturador de una cámara, va a cumplir 70 años de pertenecer al mundo. En uno de los videos de la exposición mencionada, se ofrece una entrevista al actor Roberto Cobo (El Jaibo), quien entre muchas cosas, recuerda que Buñuel le hizo hacer 36 tomas de la escena que realiza del segundo encuentro que tiene con Martha, madre de Pedro, cuando le pregunta “¿Y su marido vive?”, mientras ve al hijo más pequeño que es un bebé y ella contesta “No, murió hace cinco años”. La expresión fugaz -no más de tres segundos- del rostro de El Jaibo, de la escena definitiva, es de una lubricidad, de un descubrimiento y de una autocomplacencia irrepetibles. Además, este segundo acercamiento ya es sexual. No obstante, Buñuel no muestra lo obvio, lo sugiere. Así, el espectador puede imaginar lo que sucede dentro de la casucha donde ella vive. Y en un mundo de hartazgo y de miseria, mientras los pequeños hijos salen a ver un espectáculo de perritos, la mujer decide qué hacer con su cuerpo.

La etnóloga y antropóloga Marcela Lagarde y de los Ríos afirma que “La situación de clase de las mujeres determina en gran medida el contenido específico de su maternidad. Millones de mujeres en México viven la maternidad de la miseria”.[vii] Y agrega: “La maternidad, asociada a la vida, en condiciones de miseria es el ámbito del dolor y de la muerte, aún irremediables para cientos de miles de mujeres. El sentido imponderable de esta definición vital proviene de dos hechos: la inevitabilidad del embarazo, es decir, la enajenación de su fecundidad a la que se ven compelidas las mujeres, y las condiciones miserables de su vida y la de sus hijos. Sexualidad y explotación llevadas a las condiciones extremas de la opresión; es decir, la expropiación de las mujeres de su cuerpo, de su trabajo, de su sexualidad, de sus hijos y de su capacidad política, conducen a la muerte”.[viii]

Para explicarse un poco la situación de la marginación, según datos del Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (CONEVAL), en 2016 se hablaba de 9 millones de personas en pobreza extrema y 53 en pobreza, de un aproximado de poco más de 120 millones de mexicanos en todo el país. Si así ocurre en los últimos 20 o 30 años, en 1950 la situación económica y social era peor, mucho peor.

Así, el ingreso económico va a determinar, en gran medida, la estructura familiar y a generar un abismo ente una clase social y otra. En estas condiciones ser madre o padre es, naturalmente, más complejo que para quien tiene un status socioeconómico desahogado.

Stella Inda, aquella joven que fue a pedir el papel a Buñuel, nunca imaginó que Los olvidados obtendría la Palma de Oro del Festival de Cannes al mejor director, en 1951; que en México arrasaría con once premios Ariel: mejor película; mejor coactuación femenina, que fue justamente para Stella; mejor fotografía, Gabriel Figueroa; mejor guion adaptado, Luis Buñuel y Luis Alcoriza; mejor actuación juvenil, Roberto Cobo; mejor edición, Carlos Savage; mejor escenografía, Edward Fitzgerald; mejor sonido, José B. Carles; mejor argumento original, Luis Buñuel y Luis Alcoriza; mejor actuación infantil Alfonso Mejía y, como en obvio, mejor dirección, Luis Buñuel.

Aquella joven tampoco imaginó que la cinta estaría entre las 100 mejores películas mexicanas y que sería nombrada Memoria del mundo por la UNESCO; hasta el momento solo hay dos obras más que han merecido este reconocimiento: Metrópolis (Fritz Lang, 1927) y El mago de Oz (Victor Fleming, 1939). Sin duda, la calidad histriónica y el arrojo de Stella Inda, en esta primera etapa de su vida, fueron sus aliados.

 

 

[i] “Recuerdos de Stella Inda, Roberto Cobo y Alfonso Mejía”, en Revista Proceso, 30 de julio de 1994. Consultada el 31 de enero de 2020. https://www.proceso.com.mx/165999/recuerdos-de-stella-inda-roberto-cobo-y-alfonso-mejia

[ii] Ibidem, p. 129.

[iii] Idem.

[iv] De la Colina, José y Tomás Pérez Turrent, Prohibido asomarse al interior, Joaquín Mortiz, México, 1986, p. 60.

[v] Paz, Octavio, “Máscaras mexicanas”, en El laberinto de la soledad, Fondo de Cultura Económica, México, 1985, pp. 36-38.

[vi] Op cit.

[vii] Lagarde y de los Ríos, Marcela, Los cautiverios de las mujeres, UNAM, México, 2005, p. 372.

[viii] Ibidem, pp. 373-374.

 

 

 

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