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miércoles, 25 mayo, 2022
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El Ur-fascismo de Occidente

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Por: Mauro González Luna •

El adjetivo extraviado significa, entre otras cosas, perdido, loco, desorbitado. Para el que tiene ojos y ejercita la mirada, la conducta de Occidente revela tal extravío patológico.

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Cuando hablo de Occidente, me refiero a la órbita hegemónica del gobierno de Estados Unidos en torno a la cual giran sus peones útiles de izquierda y derecha, especialmente en Europa (gobiernos de Inglaterra, España, Francia, …). Debo aclarar que una cosa es el gobierno de un país, y otra, su población; en dichos países tengo muchos amigos que estimo y respeto sobremanera.

Veamos algunos ejemplos de esa conducta extraviada. La invasión no provocada a Irak en 2003, aduciendo mentiras para perpetrarla, causando miles y miles de muertes de civiles, torturando sistemáticamente tras revelación insólita de WikiLeaks, destruyendo el país, creando un vacío de poder que dio lugar al fortalecimiento de grupos fanáticos que asesinan a sus víctimas con una brutalidad inconcebible.

Invasión esa que tenía como fin encubierto: el control de las inmensas reservas de petróleo de Irak para evitar que Europa, India y China tuvieran acceso a las mismas, como lo señaló el poderoso Alan Greenspan, expresidente de la Reserva Federal de los Estados Unidos. Crímenes esos contra la humanidad que permanecen impunes.

Otro ejemplo: Afganistán. En 2001 el gobierno de Estados Unidos lo invade para acabar con los talibanes y rehacer la nación afgana. En 2020, Trump negocia con los seráficos talibanes. En 2021, se consuma el abandono de Afganistán por parte de tal gobierno, alegando, entre otras linduras: cansancio de los norteamericanos por las guerras sin fin -que su gobierno provoca-. Pobrecito gobierno, está cansado de asumir responsabilidades y, por ende, claudica, traiciona cuando por otro lado, se arroga hipócritamente el monopolio del bien, muy pagado de sí mismo.

Retirada humillante en su instrumentación irracional: turbamultas aterradas tratando de huir en el aeropuerto de Kabul, por ejemplo. Pero lo más significativo por su simbolismo: el abandono del porvenir de niñas y mujeres de Afganistán en manos de fanáticos. Pero están cansados en Estados Unidos, y entonces, ¡qué importa tal porvenir! Nada, solo indiferencia, desprecio. ¿Dónde estuvo entonces el feminismo occidental? Y no hay espacio para hablar de sus otras andanzas en Libia, Siria, Yugoslavia, causando tragedias sin fin.

Y qué decir de su conducta racista en materia migratoria en violación del derecho internacional; y de la concentración inaudita de riqueza en unas pocas manos, y de la apología de ideologías sodomitas y del crimen del aborto disfrazado de supuesto derecho. Todo ello, junto con la filtración dolosa del proyecto de la Corte Suprema de Estados Unidos contra el aborto y la reacción de los defensores de dicho crimen, incluyendo a su desorbitada presidencia, exhiben el extravío personal y colectivo en ese país con una democracia cadavérica.

Y qué decir de la expansión de la OTAN hacia el Este después del colapso de la Unión Soviética, con el fin de acorralar a Rusia y poner en peligro su supervivencia misma. Estados Unidos y la OTAN son los provocadores del conflicto en Ucrania como lo señalan, entre otros, el Papa Francisco en entrevista con el diario italiano Il Corriere della Sera, Oliver Stone, Lula en la revista Time y Chomsky, quien, por otro lado, juega al equilibrismo al reconocer las premisas del caso, pero al eludir la conclusión lógica de la legítima respuesta rusa.

Y en tal conflicto, Estados Unidos lucra con el negocio de las armas, engaña al mundo con propaganda y censura encubridora de los asesinatos perpetrados en Donbás, desde 2014, por batallones fanáticos ucranianos de confesa filiación neonazi, incorporados a las fuerzas armadas y entrenados por instructores occidentales. Grupos acerca de los cuales el mandamás ucraniano dijo: «son lo que son», a pregunta de un periodista de Fox News sobre las atrocidades del Batallón Azov.

Para esos grupos, los rusos siempre han sido «cucarachas»; por eso, tales grupos sanguinarios incendiaron y ejecutaron a civiles en la casa de sindicatos de Odesa en 2014, hechos esos perfectamente documentados. En ese entonces Occidente los consideró crímenes de lesa humanidad, pero ahora, perversamente, lo olvida y exalta a los perpetradores, grupos herederos del nazi Stepan Bandera, colaborador de la Gestapo durante la Segunda Guerra Mundial.

Rusia está ejerciendo el derecho fundamental de defensa legítima ante las agresiones sistemáticas y letales contra la población de Donbás por parte de los grupos fanáticos antirrusos de Ucrania, y ante la provocadora expansión de la OTAN que usa al gobierno marioneta de Ucrania para sus fines hegemónicos de pulverización de Rusia, achacándole a ésta crímenes prefabricados o cometidos por sus enemigos ucranianos como lo sugirió, hace poco, el exoficial de Estados Unidos, Scott Ritter en el caso de Bucha.

Las acciones defensivas de Rusia provocadas por Occidente, tienen como fines: la neutralidad de Ucrania en relación a la OTAN, la defensa de la población ruso parlante de Donbás y el parar en seco la actividad criminal de los batallones neonazis; los demás fines propagados por Occidente, son mentira burda: basta con ver los corredores humanitarios establecidos por Rusia y saboteados por las fuerzas de Ucrania al usar escudos humanos.

La OTAN utiliza a ciudadanos de Ucrania como carne de cañón (guerra subrogada o «proxy»), y muchos de esos ciudadanos son cobardemente usados como escudos humanos por los batallones neonazis. Occidente vive una versión nueva de «ur-fascismo», disfrazado de remedo de democracia y prefigurado por Karl Jaspers después de 1945, cuando alertó sobre la posibilidad de reproducción de la deriva totalitaria en cualquier parte del orbe libre, y en cualquier momento de descuido moral. Ese tiempo llegó a Occidente: pensamiento único, racismo antiinmigrante y barbarie moral en sustitución de libertad y justicia social.

En lugar de contribuir a la paz, atiza el fuego el gobierno de Estados Unidos, expresión de la «voluntad de poder nietzscheana», para hacer a un lado a Rusia en su relevante papel geopolítico y esparcir el odio contra todo lo ruso que recuerda viejos odios del nacional-socialismo; lo atiza para acallar la libertad de prensa a fin de uniformar la opinión de las masas que huyen de toda meditación, a través de la propaganda que sustituye a toda verdad, ahora absolutamente prescindible. El «ur-fascismo», expresión acuñada por U. Eco, exige uniformidad total: quien discrepa es tachado de traidor. Por ello el temor de los timoratos, incluyendo intelectuales, a disentir.

Tal propaganda occidental construye la «organización mundial de la incapacidad»; incapacidad para decidir conforme a la prudencia, porque todo distingo de los hechos queda excluido de la mente y voluntad uniformadas de personas alejadas del pensar, convertidas en materia prima manipulable, despojada de dignidad. Materia prima como el garbanzo o el frijol.

Quien no forma parte de esa organización adoctrinadora porque se atreve a pensar, a distinguir, es un extranjero en la órbita occidental, satanizado por el eje de la «virtud» del poderío de los hipócritas. De acuerdo a dicha organización: los locos son los cuerdos, los payasos son los serios, los pícaros son los héroes mundiales, los que mienten son los veraces, los que agreden son los agredidos, y los malos son los que se defienden legítimamente. Un mundo de cabeza, lamiendo polvo, estulticia, pestilencia y ruindad.

Termino. El extravío de Occidente provoca un vacío existencial y político que se llena con la técnica del poder organizador de la estupidez y de la uniformidad ur-fascista, en un proceso sin fin. ¿Cuál es la causa de tal vacío, del asedio al pensamiento plural? Es, sin duda, el eclipse de Dios, pues sin Dios, todo se vale al decir de un ruso genial, de historia memorable, de alma grande, Dostoievski, el mejor conocedor del alma humana hasta ahora.

Dedico este artículo a la memoria de las más de 14 mil víctimas, niños, mujeres, ancianos de habla rusa de la zona del Donbás, ultimadas por los batallones neonazis de Ucrania durante ocho años, víctimas invisibilizadas por Occidente y su prensa a modo, salvo excepciones como La Jornada Zacatecas; a la memoria de los millones de rusos que murieron en la Segunda Guerra Mundial peleando contra los nazis; y a las personas lúcidas del mundo que se sacuden el hechizo suicida de la uniformidad infrahumana.

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