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sábado, 1 octubre, 2022
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Que tenga noción del mar, por favor

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Por: EDUARDO CAMPECH MIRANDA* • Admin •

¿Cuál es el sentido de un Festival Cultural? La pregunta podría resultar obvia e inútil. Partamos de la idea que la cultura es una perspectiva del mundo. De tal manera que éste puede tener diversas lecturas. Desde este ángulo, uno de los problemas de nuestro país es el centralismo. Un grupo de personas deciden por toda la mayoría. Así se dio durante muchos años y así se da aún en algunas regiones o sectores. El argumento principal que esgrimen en estos casos es que todo es cultura. Por lo tanto, esta categoría sería como el jarrito donde todo cabe sabiéndolo acomodar.

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Otra respuesta a la pregunta inicial podría ser: para mostrar lo que culturalmente somos. Reflejamos, a través de diversas actividades artísticas (y no, porque todo es cultura) lo que pensamos, lo que contamos, lo que imaginamos, lo que deseamos, y explicamos nuestra estancia en este mundo en función de lo que nos constituye como individuos y sociedad (si todo es cultura, nosotros también). No hay duda que el espectáculo de la televisión, el úsese y tírese, lo efímero, los productos para las masas han permeado en nuestra vida cotidiana. ¿Qué porcentaje de la población recuerda otra canción, del fugaz Oscar Athié, además de aquella que rezaba: “flaco, cansado, ojeroso y sin ilusiones”?

En los últimos años el Festival Cultural de Zacatecas ha ido decreciendo en calidad. (Sí, ya sé, todo es cultura). La apuesta ha sido, palabras de un alto funcionario en el área: llenar los foros, en particular el de Plaza de Armas. Máximo escenario de la fiesta. Este espacio sirve para ponderar la oferta de Semana Santa. Cada que se presenta el elenco que hará suyo el céntrico lugar, las manifestaciones surgen en función de los gustos y preferencias. Pero, ¿no nos merecemos como sociedad conocer otras alternativas, otros grupos musicales, otras voces?

Recuerdo una anécdota de un anciano que vivía en una comunidad de Teul de González Ortega. El susodicho afirmaba que el mar era una invención de la televisión, que no existía. Ante tal aseveración, se le preguntó, en qué basaba su postura. El señor contó que viajó de su comunidad a la cabecera municipal y no vio el mar; así que fue hasta Tlaltenango, después a Jerez y, por fin, a Zacatecas. Jamás vio el mar. Por lo tanto el mar no existía.

Ojalá el siguiente gobierno estatal designe a alguien que conozca el mar, o que –al menos- sepa dónde está parado y a cuánta distancia, por cuáles caminos, en qué dirección se encuentra ese mundo azul y líquido. Alguien que nos de apertura a otras miradas. Y que entienda que entre “Cómo no acordarme de ti/De qué manera olvidarte/Si todo me recuerda a ti/En todas partes estas tú” y “Morimos en mi cuarto en que estoy solo,/en mi cama en que faltas,/en la calle donde mi brazo va vacío,/en el cine y los parques, los tranvías,/los lugares donde mi hombro/acostumbra tu cabeza/y mi mano tu mano/y todo yo te sé como yo mismo”, hay una distancia abismal.

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