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viernes, 24 mayo, 2024
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Por: Humberto Mayorga • admin-zenda • Admin •

La Gualdra 253 / Río de palabras

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Tomó sus manos y ofreció un padre nuestro a la imagen religiosa. El invierno no terminaba. Desde entonces las noches de enero fueron eternas para Ana.

Su esposo pensaba en dejarla junto a su hija y buscar mejor suerte. “Aquí no hay vida”. No había oportunidades. Todo se concentraba en días soleados, donde el tiempo era el verdugo insistente en recordarnos la permanencia en un paisaje de sueños inconclusos.

Estaba decidido. La joven mujer había hecho una “maleta”. En una caja de cartón metió algunas trapos y una novenita de San judas Tadeo “El patrón de las causas perdidas”. La única solución era montar “La bestia”. El tren le llevaría a recorrer otros mundos, seguramente otra ciudad deseosa de abrazar y reconocer su don de gente. La última noche, antes del abandono estuvieron juntos. Compartieron la canela que horas antes Ana había puesto a hervir con algunas pizcas de azúcar.

Había anochecido. Eso sí, el cielo era limpio; lleno de estrellas que nunca terminaban de contar. Cansados se metían a la casa de adobe. La única vela que había en el centro de la mesa estaba a punto de terminarse. Mientras la niña intentaba alcanzar las sombras en el techo, la joven pareja se tomaba de las manos. El reflejo de la flama penetraba en los ojos de aquéllos todavía chiquillos. El viento helado del norte terminó por apagar la llama a ras de un plato.

Marcos siempre fue buen muchacho. Todas las mañanas salía muy temprano a buscar qué comer. En la tierra árida apenas encontraba algunas papas de campo o la rata sustanciosa. Cuando bien le iba, la mejor comida era la muerte silenciosa de un conejo apedreado. Así era Marcos: trabajador, buen cristiano, de buenas intenciones. Se le ocurrió que podía darle mejor vida a su familia. Por eso pensó montarse en “La bestia”, que pasaba cerca del pueblo. Ahí nadie veía. Nadie oía. El silencio era parte del terruño semidesértico muy lejos de la capital. Sólo las luciérnagas y unas cuantas veladoras alumbraban.

Eran las cinco de la mañana. La mujer muy decidida, besó la frente de las dos siluetas todavía en sueño. Tomó sus manos y les dijo adiós.

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