Burocracia: casta dorada ante la mirada plebeya

Burocracia: casta dorada ante la mirada plebeya

Entendemos que las clases sociales son divisiones al interior de la sociedad civil, que se pueden clasificar: por su posición en los procesos de producción o por sus ingresos económicos. Sin embargo, las clasificaciones de las divisiones sociales se diversifican, y se distinguen entre clase, estrato y casta. Esta última es una forma que tiene que ver con el origen étnico o racial de los individuos que las componen, y los estratos son blandos cajones de ingresos o posiciones sociales que se mueven relativamente. Y se utiliza el concepto de clase para divisiones más estructurales como ser dueño o no de fábricas o vender el trabajo (aun sea a precios altos). Pues bien, en todas estas clasificaciones no se considera al poder político como generador de clases o castas. Lo novedoso es que ahora parece que la pertenencia a la burocracia tiene visos de ser una manera de constituirse en una clase social.

La movilidad política, donde los ciudadanos entran y salen de las áreas del poder público ha disminuido mucho, al grado que presenciamos una cosa inconcebible en las democracias: la reproducción consanguínea del poder. Hijos, sobrinos o adoptados de los dirigentes políticos continúan en los puestos de dirección justo como consecuencia de estas relaciones de parentesco. En los relevos generacionales observamos que los hijos de los políticos fueron educados en las lides del poder y cuentan con un capital social tal, que nadie fuera de esos círculos puede competir con ellos en la consecución de los puestos de dirección. Así, en la renovación generacional de políticos observamos a los Juniors de la misma clase política: en las dirigencias partidarias, regidores, funcionarios municipales o estatales o federales o el Poder Legislativo. La exigua movilidad vertical en la política provoca que se constituya una especie de casta en el poder: se heredan los puestos con móviles consanguíneos y se hace esto en círculos cerrados o semi-clausurados.

La clausura en la reproducción de la clase política provoca, a su vez, el alejamiento del tejido de eso que se ha llamado ‘pueblo’. Se establece claramente un abajo y un arriba. Y el alejamiento no es personal, sino estructural o posicional. Así las cosas, la política pasa a ser un asunto palaciego, como en el medievo. Los ardides o luchas en palacio se convierten en las formas de ganar disputas por el poder. Y dentro de palacio, ahora llamado ‘ciudad gobierno’, las cosas se ven diferente de cómo se ven desde los espacios de la plebe. Los plebeyos están fuera del horizonte: no son criterio para decidir. Están abajo. Así las cosas, cuando se fijan los ingresos de los miembros de palacio es muy normal y deseable, aún más, lógico y evidente, que los ingresos sean ‘decentes’, o sea, muy altos. Abajo puede haber necesidades, pero eso es otro momento del presupuesto. En el caso de fijar los ingresos de palacio, no hay quien desfigure. En suma, se ha creado una casta dorada en la burocracia y sólo la emergencia de fuerzas plebeyas en el Estado podrán romper las rutinas presupuestales de la casta.

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