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sábado, 21 mayo, 2022
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Gatell, matar al mensajero

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Por: LUCÍA MEDINA SUÁREZ DEL REAL •

Desde el principio de la pandemia se advirtió el peligro de contaminar de politiquería las directrices que la situación requería.

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Fue fundamental una voz neutra, elocuente y ecuánime que pudiera explicar lo que enfrentábamos y cómo teníamos que prepararnos.

Saltó entonces a la fama el doctor Hugo López-Gatell, médico de profesión, y doctorado en epidemiología.

Con amplia experiencia en el tema, no pocas veces se consideró a Gatell una eminencia. Incluso el Calderonismo lo presumió como uno de los suyos porque fue director adjunto de epidemiología cuando tocó enfrentar la influenza A1HN1.

En el ánimo de mantenerlo alejado de los petardos y misiles que a diario tienen por blanco al presidente López Obrador, Hugo López-Gatell tuvo su propia conferencia transmitida en redes sociales todos los días a las 7 de la tarde.

Desde ahí explicó la situación de covid desde el 22 de enero de 2020 (un mes antes de que se reportara el primer caso en México), hasta el día 11 de junio de 2021, luego de año y medio de pandemia, y de un decrecimiento sostenido de cinco meses en contagios.

Pese al hablar habitualmente pulcro, sus declaraciones estaban lejos de ser perfectas, y en ocasiones dio elementos de linchamiento a quien ya estaba a la caza de ellos.

El más claro de ellos fue cuando dijo que el presidente no tenía más capacidad de contagio que la de cualquier otro “simple mortal”, porque lo único que lo distinguía de los demás era una fuerza moral, no una fuerza de contagio; lo que fue difundido como si le atribuyera al presidente una condición especial y no al contrario, como hacía, quitándosela.

Para entonces ya estábamos frente a una celebridad, a quien lo mismo se le consideraba con potencial presidencial, que como material de revistas del corazón del cual había que investigar hasta su situación marital.

Su labor no era sencilla, tenía que equilibrar entre mantener el estado de alerta que nos mantuviera precavidos, sin llegar al alarmismo que provocara el caos social.

Habrá sin duda quien considere que hizo mucho de lo primero, y habrá quien diga que hizo mucho de lo segundo. Sólo la perspectiva que da el tiempo y el conocimiento podrá hacer el juicio más certero, aunque llevará implícito el privilegio que da “ver los toros desde la barrera” y poder juzgar la patada inicial cuando ya se conoce el resultado del partido.

Los fenómenos de la cognición social hacen que se olvide las premoniciones desastrosas que aseguraban que llevaría más de un siglo vacunar a la población adulta. Tampoco se recuerda ya la fallida suposición que cerrar fronteras y cancelar vuelos iban a librar al país de la pandemia.

Se recuerda en todo caso los llamados del presidente a salir a las calles y al consumo social, pero se olvida que éste fue en marzo de 2020, cuando el contagio era ínfimo y teníamos por delante muchos meses de alerta que iban a desgastar.

Pocos recordarán el llamado de Gatell a esperar una pandemia larga, y su advertencia de administrar la energía social.

Olvidado está también la invitación de la Organización Mundial de la Salud a Hugo López Gatell para formar parte del panel de expertos que trabajaría en el Reglamento Sanitario Internacional, y menos aún se recuerda el reconocimiento de la Organización Panamericana de la Salud a la “estrategia moderna” que implementó México frente a la pandemia.

Tratándose de una enfermad y una pandemia, no hay manera de salir de ella con números positivos. Necesariamente habrá muertos, y enfermos, bajas sanitarias y económicas. Y lo único “positivo” que puede esperarse es que los daños sean los menos.

Llegan ya las cifras del daño económico y social como la inflación mundial, y el retroceso en el combate a la pobreza en toda América Latina a niveles de dos o tres décadas atrás. Y ante ello, sin importar cuánto nos echó atrás la corriente, no queda más que remar nuevamente.

Nadie podía haber elegido este escenario, ningún presidente hubiera ocurrido que esto ocurriera en su gobierno, y ningún epidemiólogo hubiera deseado que esto ocurriera bajo su guardia. Pero fue, y hubo que enfrentarlo, como se puede y con lo que se puede.

Ni lo acertado ni lo equivocado puede asumirse como el mérito o descrédito de un solo hombre. La estrategia a nivel nacional es producto de una planeación grupal en la que en última instancia tiene la mayor responsabilidad el secretario de Salud, el doctor Jorge Alcocer.

No obstante, un grupo de legisladores y de empresarios farmacéuticos no van por la cabeza del secretario de Estado, sino por su subordinado el doctor Hugo López-Gatell. No puede haber mejor muestra de que más que el interés público o social, de lo que se trata es de matar al mensajero.

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