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miércoles, 27 octubre, 2021

AMLO y la fractura identitaria

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El indigenismo no lo inventaron los indígenas. Con toda razón, David Brading señala en Los orígenes del nacionalismo mexicano que, en respuesta a la denigración que científicos europeos hacían de América, Clavijero y los patriotas criollos del XVIII novohispano expropiaron el pasado prehispánico. Y es que en sus textos reivindicatorios se apropiaron de la única grandeza americana de la que Europa no podía reclamar la paternidad: las civilizaciones originarias (que son originarias, por cierto, si rechazamos la hipótesis de que estas tierras fueron pobladas por migraciones asiáticas que llegaron por el estrecho de Behring, pues de lo contrario también serían inmigrantes). Tiempo después, ya en el siglo XIX, el porfirismo reeditó esa reivindicación, aunque en los hechos su tesis podría resumirse en la desgarradora frase con la que la describo en mi libro Mexicanidad y esquizofrenia: “que viva el indio muerto y que muera el indio vivo”. Tal monstruosidad fue combatida a principios del siglo XX por Manuel Gamio, quien logró que el gobierno no se limitara a exaltar al “indio muerto” y mejorara la vida del “indio vivo”. Se sentaron, así, las bases indigenistas del México posrevolucionario.

En 1970 se publicó De eso que llaman antropología mexicana, obra seminal con la que un grupo de antropólogos fundó el multiculturalismo. Contra la idea de que la nación mexicana era mestiza por antonomasia –que había alcanzado el consenso en México tras ser esgrimida por pensadores tan diversos como Pimentel, Riva Palacio, Sierra, Molina Enríquez, Gamio y Vasconcelos–, Warman, Bonfil et al sustituyeron el objetivo de integrar a los indígenas al desarrollo nacional por el de respetar su derecho a vivir conforme a sus culturas y tradiciones. La corriente multiculturalista se volvió hegemónica en la academia y llegó a plasmarse en la Constitución; a juicio mío tuvo, en su versión extrema, excesos contraproducentes, porque llevó a equiparar mestizaje y etnocidio, a propiciar el aislamiento étnico y a soslayar la propuesta gamiana de que se conservaran las culturas autóctonas pero que sus depositarios adoptaran la ciencia y la tecnología occidentales que les dieran acceso a mejores servicios de salud y en general a un mayor bienestar.

El indigenismo del presidente López Obrador se inscribe, en realidad, en el multiculturalismo. Es ese mismo espíritu justiciero y aislacionista lo que conduce el proyecto reivindicador de la 4T. Yo comparto su vertiente concreta –combatir la pobreza de las etnias, en las que viven los pobres entre los pobres– pero discrepo de su faceta abstracta o simbólica –exigir disculpas al rey de España, cambiar el estado de ánimo nocturno de un árbol y reemplazar la estatua de Colón por la de una escultura indígena– porque me parece que peca de irrealismo y desemboca en la infravaloración. La Colonia existió, la población se mestizó, el español es la lengua que nos comunica, y negar el componente hispano de la mexicanidad es evadir la realidad. Peor aún: entre reconocer las atrocidades del imperio y satanizar todo lo que tenga que ver con España media un abismo desde el cual acecha un nuevo golpe a la autoestima. Demasiado daño nos han hecho los estultos prejuicios que degradan la raíz prehispánica para que ahora pretendamos deturpar algo que también traemos dentro. Porque, a querer o no, los tres siglos de colonización calaron tan hondo en lo que hoy es México como los tiempos previos a la Conquista. Por supuesto que debemos revalorar las culturas originarias, pero pasar de un extremo a otro sólo acentuaría el conflicto identitario.

Más allá de una obviedad –todos los indigenistas y los multiculturalistas han sido criollos, y el Estado mexicano nunca ha permitido que los indígenas decidan por sí mismos su futuro– cabe preguntar qué es para AMLO la identidad nacional. “Si un mexicano odia lo español, se odia a sí mismo”, dijo Miguel León Portilla, que algo sabía de la reivindicación de los vencidos. Es verdad que en buena tesis equilibradora no se puede tratar igual al sustrato indígena que al vector español, porque la mezcla fue asimétrica e injusta. Pero caer en el movimiento pendular es autodestructivo. La hemorragia de nuestra inconciencia nacional no se detendrá mientras no entendamos que, a estas alturas, más que descifrar nuestro pasado hay que cifrar nuestro presente. ¿Por qué no dejamos de partir en dos nuestro ayer –que en todo caso habría de dividirse en muchos más pedazos– y solidificamos el hoy y el mañana?

México es mucho más complejo que cualquier dicotomía. El binarismo sirve para obtener y conservar el poder, porque su discurso encajona a dos bandos con las etiquetas de buenos y malos y captura así la imaginación de las masas, pero no puede explicar la realidad del país ni resolver la encrucijada de nuestra identidad. Si bien AMLO necesita de esa burda visión maniquea para impulsar su proyecto político –y la difunde con su magistral manejo de los símbolos–, a los mexicanos nos hace daño porque impide que dejemos de pelearnos con la historia. Por eso la 4T no plantea un revisionismo histórico sino una revigorización del reduccionismo priista de la historiografía oficial, y por eso AMLO inventa no sólo una supuesta batalla actual de liberales contra conservadores sino también la lucha imperecedera entre indígenas (como si representaran un grupo homogéneo) y españoles. Y justamente por eso, porque las falsas disyuntivas no pueden resolverse, aceptar la propuesta obradorista nos llevaría a perpetuar nuestra fractura identitaria.

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