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lunes, 24 junio, 2024
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¿Cuál era la onda?

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Por: Rebeca M. Aragón •

La Gualdra 605 / José Agustín / In Memoriam

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El pasado 16 de enero se sumó al reino de los inmortales el último (¿el único?) gran integrante del (mal)llamado «movimiento de la onda». Y es que ni fue movimiento como tal, y el bautizo fue tan acelerado que se pensó insignificante. Hablo por supuesto del autor José Agustín, acapulqueño de origen, chilango por obligación y moreleño por gusto, quien vivió una vida larga junto a las letras. En una de sus autobiografías El rock de la cárcel (1984), cuenta que escribió su primera novela La tumba (1964) desde los 15 años, pero fue hasta los 20 que logró publicarla, después de tener la asesoría del mismísimo Arreola en su antiguo taller, por supuesto.

A partir de entonces José Agustín no dejó de escribir y también fue a partir de ahí que surgió, en libros publicados por lo menos, la nueva estética de la literatura mexicana: jóvenes hablando sobre y cómo hablan los jóvenes. Los mexicanismos no eran tan poéticos como los que había presentado Juan Rulfo (1917–1986), eran albures, anglicismos “mal escritos” y palabrasjuntasparaseñalarrápidezeneldiscursooalgomás; y los problemas no eran grandilocuentes como los de Carlos Fuentes, (1928–2012) eran banalidades juveniles, como no poder comunicarte con tus padres, o beber demasiado en una noche aburrida. 

A Margo Glantz (1930) le encargaron un prólogo de una antología perdida de autores menores de 30, ahí destacó las pocas similitudes que tenían y empapada en el habla de los libros que era la de la ciudad, les puso «La onda». De todos esos autores sobrevivieron en el imaginario tres: Gustavo Sainz (1940–2015) Parménides García Saldaña (1944–1982) y José Agustín. La santa trinidad de los chavos que escriben como chavos. Pero a Sainz no le gustó, a García Saldaña le encantó y a José Agustín, primero le enojó y luego le dio igual. De cualquier manera, el estilo estaba nombrado y con él, ellos tres. 

Aun así, a José Agustín le pasó lo que nos pasa a todos: creció y así lo hicieron sus historias. Dejó de hablar de jóvenes de prepa perdidos en la ciudad, para hablar de veinteañeros perdidos en la playa y en la vida, a hablar de adultos perdidos en sus matrimonios y trabajos, para hablar de viejos perdidos en sus pasados. No obstante, todos los personajes y las historias permanecieron veloces, con un lenguaje cotidiano, mas no carente de metáforas, símbolos, retruécanos, y otros recursos literarios. De igual forma perduró el rock, el segundo gran amor de José Agustín. Amor que se extendía a toda la música, en realidad. Escribió reseñas, comentaba discos y claro llenó de canciones todas sus obras. Al grado que el lector puede reproducir la canción mencionada y vivirla con los personajes.

Estas características hicieron, hacen, mejor dicho, que su obra haga lectores a miles de personas que les dijeron que los libros eran difíciles, largos como El Quijote (1695), o rebuscados y complejos como La región más transparente (1958). O por lo menos me consta que muchos de mis familiares, amigos y conocidos se fuman sus libros cual adictos a la nicotina, que los platican e interpretan, que los viven. Ya en confianza cuando puedo lo presento a mis alumnos adolescentes, pues sé, y hasta la fecha no me he equivocado, que ese lenguaje «soez» e «incorrecto» los hará leer más. Porque la literatura es para leerse y nada se lee más gozoso que los libros joséagustinianos. Así que descansa en paz, José Agustín, y gracias por ponerle onda a la literatura.

 

*

Rebeca M. Aragón, Maestra en Estudios de Literatura Mexicana (UdeG), ha publicado textos en varios medios digitales e impresos desde el 2013. Sus más recientes investigaciones giran en torno a los autores de La Onda con teoría de género. Amante de la música y el cine. Se enamoró de la literatura gracias a José Agustín.

https://issuu.com/lajornadazacatecas.com.mx/docs/la_gualdra_605

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