Sempiterno paisaje del desierto

Sempiterno paisaje del desierto
Juan Manuel de la Rosa el día que llevó más libros la biblioteca que lleva su nombre en Villa de Cos. 2 de noviembre de 2019. Foto de Humberto Mayorga.

La Gualdra 488 / In memoriam Juan Manuel de la Rosa [1945-2021]

 

 

Lluvia, arrastra las palabras: deja mi memoria intacta

Casualidad, presagio, no lo sé. El quince de julio me desperté de madrugada. Ya no pude dormir. Pensaba en los amigos, en la pintura, en la poesía, en la vida, en lo que vale la pena y no. Me da calma. Pensaba. Recordaba. Hice del momento una insoportable nostalgia.

Ya hace un poco más de un mes, llegaban las primeras lluvias de junio, junio tres a las siete cincuenta y ocho para ser exacto. Mi teléfono timbró. No alcancé a responder, quizá se equivocó, quizá no. Era él. Entonces le pregunté vía mensaje, ¿Cómo está, maestro? Aprovecho el saludo para reiterar mi respeto y afecto para usted, amigo, persona y artista. Le mando un abrazo grande desde esta lluviosa y fría ciudad, escribí. Respondió al mensaje con una pregunta, ¿París? Siempre acudía a sus historias de viaje interno, de viajes por el mundo. Siempre la anécdota, siempre el aprendizaje. Palabras más palabras menos, continuó: van mis afectos retornados. Me celebro a mí mismo, me dijo. Sus palabras me hicieron recordar el poema de Walt Whitman, Canto a mí mismo.

Fue en Zacatecas, Museo Francisco Goitia, el lugar donde coincidimos por primera vez. Ya lo estaba buscando tiempo atrás, cuando la vida y el trabajo me llevaron a la puerta del desierto zacatecano, eso decía él: ya es un desierto. Villa de Cos, ya es un desierto. Los primeros días de mi llegada salí a conocer el pueblo, ¿Qué se hace aquí? ¿De qué se vive? ¿Cuál es la comida típica? ¿Quiénes son sus artistas todavía vivos? Preguntaba a los más cercanos, a los profesores, a la gente que entraba y salía del edificio escolar, gente que me encontraba por el templo presbiteriano, el templo católico o la Presidencia Municipal. Todo converge en un mismo punto. El jardín.

Tiempo después lo escuché en una entrevista, misma que me llevó al sitio. Lo escuché y supe que sí. A donde fueres deja buena siembra, eso he aprendido junto a la vida: sirve a la patria, no te sirvas de ella.

Juan Manuel de la Rosa representaba la imagen que deseaba dejar en un Proyecto de Lectura y Arte. Veía en él al hijo pródigo de Sierra Hermosa, de las tierras áridas donde parece no haber esperanza. De los sitios que dan origen a los trotamundos, de la gente casi ajena a la lluvia, de la tierra de cobre. De ese pequeño terruño a la altura del Trópico de Cáncer. Siempre le interesó su origen, dejar huella también, instruir a su gente, mostrarle que hay algo más allá de su paisaje inmediato, de su frontera tapizada de gatuños y hierba seca. Coincidimos, coincidíamos, coincidiremos. El libro impreso no debe ni puede morir, el arte es un catalizador de la violencia, sanador, de algún modo. Sanador como mis palabras de catarsis. El mundo puede ser mejor. Unos idealistas en potencia, jóvenes emprendiendo aventuras, puentes y brechas qué caminar.

El tiempo y sus verbos cobraban fuerza cada vez que conversábamos. Sí, es necesario que la lectura, el arte, la ciencia y la educación, sean el medio para contemplar el mundo desde distintas aristas, contemplarlo con otros ojos y que otros, ya no los nuestros, sean quienes puedan deleitarse de ese mundo, su mundo. El mundo que quizá ya no veremos.

Fue un cinco de mayo de 2019 cuando fui a visitar su Diáspora personal. Era domingo, lo recuerdo. Tiempo atrás ya lo había localizado en las redes sociales para plantearle la idea. Queríamos su nombre. Traía en la mente crear una biblioteca digna de un espacio escolar. Poco se piensa en los talentos natos de los niños, ¿por qué no un artista consolidado habría de prestarnos su trayectoria incrustada en una placa de fina cantera zacatecana?

Esa mañana llegué despacito a la puerta principal del museo. Una silueta se divisaba a lo lejos, bajo un árbol, primavera plena. El viento mecía las ramas, las hojas de la jacaranda caían sobre su sombrero. Ahí estaba el pintor. Fuerte. Guardián fiel de su obra, recibiendo y saludando a cada uno de los visitantes. De inmediato nos reconocimos, pase, me dijo, es usted Mayorga, se reafirmó, asimismo. Vaya a recorrer el museo, y después, vamos por un café. Necesitamos platicar. De ese modo sucedió. No pensé encontrarlo ahí. Recorrí cada sala entre silencios prolongados, de vez en cuando escuchaba mi corazón, mi resuello, ¿Qué hago aquí? ¿En qué lío me estoy metiendo? Uno está preparado cuando ya está en el campo de batalla y victoria. Una ocurrencia. Locura. Una idea. Después de media hora, percibí el sonido de sus pasos hasta donde me encontraba, frente al círculo de la vida, ¿Qué le parece, maestro Mayorga? Soy un pintor exiliado, desterrado, no por voluntad. Se emigra por necesidad.

Su obra trasmitía silencio, nostalgia, paz, un desierto de pie, un rojo vida. Una tierra colorada y el intenso azul del cielo zacatecano seguirán en las salas del museo comunitario, de otros espacios, de su patria. Del nopal extrajo el color púrpura para verter figuras sobre el papel. En el desierto hay tanto silencio que no nos queda más que contemplarnos a nosotros mismos, decía. Contemplación, ver hacia adentro. Fuimos al café, conversamos, me invitó a comer, le gustaba la cocina, la italiana en especial. Esa tarde no hubo tiempo, caray. Yo tenía mucho trabajo por delante. Veía en los niños el potencial que pocos ven. Yo también lo hacía por mi patria. Mucho valió la pena. Nos acompañamos en un viaje sin retorno.

Aquel proyecto estaba pensado en mis tareas para no morir de oficina, todo ello se convirtió en genuina amistad. Juan Manuel tiene su lugar en su pequeña patria, en todo espacio cubierto por sus pasos, en toda persona que tomó su mano o le dio un abrazo. Fue un veinticinco de junio de dos mil diecinueve, cuando la Biblioteca Juan Manuel de la Rosa abrió un espacio de color e imaginación. No hubo acarreos, la gente pedía asistir. La única política era el libro. Del terruño, de la bizarra capital, de Nueva Pastoría, de Ciudad de México, de pueblos cercanos o lejanos, coincidimos en tiempo y espacio. Dimos cuenta y fe de un homenaje en vida. Que su legado siga trastocando las fibras del sensible, que quienes se reflejen en su obra, lleven a las aulas, al campo o los talleres, su pensamiento. Educar al campesino.

Al tanto de todo, de la literatura, el té, de la ciudad, del grabado, de la familia, fuimos confiando, ¿Quién eres tú?, me preguntó. El pintor, además de poeta, filósofo. Le conté mi vida sin omitir mucho. Poca gente es merecedora. Conocí su pueblo, fui por la obra de varios autores de su oficio, ahora ya todos en algún taller, fuera del mundo terrenal. Voy para Sierra Hermosa, le dije dos días previos al acto formal. Mañana montaremos una pequeña galería para los niños, para sus padres. Para quienes quieran verse en la mirada del artista y su obra. Por fortuna cada interpretación es válida, una vez lograda la creación, se vuelve de los ojos de quien la ve. Espero llegar con vida, le bromeaba, es mucho el camino de terracería, le comenté. Si no alcanzas a regresar, puedes quedarte en casa de mi hermano. Aquí o allá siempre tendrás espacio, escuchaba a lo lejos su voz. Quizá en una de sus revelaciones, un día me contó: “Tardé veinte años en regresar al terruño, en reconciliarme con él, viví momentos tan difíciles que nunca pensé en regresar. A lo mejor, si me hubiera quedado, hubiera sido tan feliz como lo son mis amigos, los campesinos”.

Qué bueno que emigró, maestro. Si no se hubiera ido, egoístamente lo pienso, no hubiera tampoco hecho feliz a tanta gente. Su retorno llevó agua de vida al desierto. Va mi abrazo, mi afecto, como siempre me decía. Mi respetado maestro, mi respetado amigo. Así se dirigió a mí, cuando la historia comenzó a través de un mensaje, lo mismo hizo en este junio de dos mil veintiuno, cuando debí regresar esa llamada perdida.

Ya va mi abrazo para quien supo vivir a plenitud entre colores, nopaleras, callejones empedrados, rascacielos y cielos azulados. Ya veo su vuelo a ese viaje infinito, donde el desierto zacatecano lo acompaña, como el hijo que es.

Siempre como migrante interno, en eterno desplazamiento.

 

 

 

 

 

 

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