Tic tac

Tic tac

Hoy para muchos la muerte sabe cercana. Esta vez no es una entelequia de la cual burlarnos, de la que se pueda hacer figuras, disfraces, risas.

No lo digo como juicio a quien lo hace. Al contrario, lo hago con envidia, con la esperanza de sentirla ingenuamente de lejos otra vez.

Por mera sobrevivencia emocional nos gusta pensarla así, lejana, como un “algún día” que esperamos que nunca llegue, que imaginamos, sí, pero que pedimos no conocer.

Y sin embargo la muerte es cotidiana, tanto como la vida. Habrá quien se la tope a diario, forenses, médicos, enfermeros, policías, reporteros de nota roja, etcétera.

Para muchos otros, la muerte son 6 letras que leemos juntas en los diarios, que trae más temor que tristeza.

Son otros los que mueren; los artistas, los desconocidos, los familiares de nuestros amigos, los que manejan más rápido que yo, los que comen menos saludabe que yo, los que se arriesgan, los que se exponen, los que hacen lo que yo no hago.

Qué felizmente nos mentimos.

Un día de repente nosotros somos el otro de alguien. Somos el vecino que murió, el imprudente que se estrelló en el bulevar, el inédito caso de quién estaba bien un día y luego no, el que estaba en el lugar incorrecto en el momento incorrecto, el que fue vencido por sus descuidos y sus malos hábitos, al que el cuerpo le cobró factura, el guerrero que luchó hasta agotarse y ser vencido. Cuestión de tiempo.

Tic tac…

Y eso si tenemos suerte, porque si la idea de nuestra muerte es terrible, es mucho peor la de la vida luego de la muerte de los que queremos.

Tic tac…

Si la muerte sabe tan mal cuando es futuro lejano, es mucho peor cuando es un presente que quema todos los días así hayan pasado muchos años de su llegada. Ausencia, le dicen.

Como cualquiera hemos pasado de todo. El siglo XX daba sus primeros pasos y México ya enfrentaba una guerra civil cuyos muertos calculan en un millón de personas.

Luego lo natural: enfermedades, temblores, huracanes, y todo lo demás: hambre, protestas, violencia, etc. La muerte no pide permiso y a veces ni siquiera pretexto.

Pero hace poco más de una década que parece haber llegado para quedarse. ¿quién recuerda aun la sensación de seguridad que significaba vivir en Zacatecas?

No importa.

Desciende la violencia, se descubren vacunas, se inventan medicamentos, se aplica el alcoholímetro y se hace deporte, pero la muerte no se va más lejos que unos cuantos años. Nunca los suficientes cuando se trata de alguien que queremos.

Quién sabe si lo pensemos siempre, si sea solo nuestra memoria selectiva, pero ¡hoy parecen faltarnos tantos!

Emilio, el padre Luis, René, Pancho y Pepita, Don Antonio y Manuelita, Marty, ¡Tantos!

Todos tenemos un altar de muertos interior donde inevitablemente la lista se hará paulatinamente más grande.

Tic tac…

La cercanía de la muerte está en el ambiente. Se siente el luto en esta ciudad. ¿En el país, en el mundo?

Sí, luto, a pesar de las fiestas de los que pensamos “que no entienden”.

No los justifico pero sé que nada da más ganas de vivir que la latencia de la muerte.

Tic tac…

Toca esperar que la nube se disipe. No queda más que eso. Paciencia, resistencia, disciplina.

Miente quien diga que es fácil. Casi cien mil muertos a nuestro alrededor susurran llamados a seguir viviendo, a hacerlo con más intensidad, a ver más seguido a los nuestros y abrazarlos más. Vaya paradoja.

Para quienes tenemos la fortuna del plato en la mesa quizá estos sean los mejores tiempos de la vida aunque no lo notemos. La situación nos tiene cerca de los que importan, nos da tiempo de verlos y de querernos hasta odiarnos.

Para otros al contrario, el dilema está en el camino de la muerte. ¿Qué venga por hambre? ¿Qué venga por virus? No importa. La muerte siempre halla el camino. Ojalá tarde.

Tic, tac. ■

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