El totalitarismo en la República de las Letras

El totalitarismo en la República de las Letras
Alberto Manguel. Una historia de la lectura

En, al menos, dos ocasiones anteriores he abordado el tema de la libertad de elegir lo que se quiere leer. En conversaciones con lectores, con mediadores de lectura, en redes sociales, aparece constantemente una descalificación hacia determinados títulos, géneros o autores. Descalificaciones realizadas por gente que no necesariamente lee, y menos esa literatura de la cual hacen apología implícitamente. Alguien acuñó el concepto de la República de las Letras. Como toda república hay mucho que mejorar, entre algunos puntos están la tolerancia, la diversidad y el totalitarismo lector. La superación personal, Coelho, Carlos Cuauhtémoc Sánchez, Cincuenta sombras de Grey, son algunos de los textos que, según los entendidos, no deben pertenecer a tal república. Aún no alcanzan (y ni alcanzarán) el rango de ciudadanía.

En la historia de la humanidad, y en la historia de la lectura, se han presentado con cierta regularidad actos y pretensiones de censura. Censura de las ideas, su difusión, pero también de la propia lectura. La obligación de leer tal o cual material y bajo la óptica del que la ofrece. Hace unos años se lanzaba una pregunta en redes sociales: “Si te fueras a vivir a una isla, ¿cuáles libros te llevarías?”, mi respuesta fue la Biblia, sólo por mencionar una obra que tiene múltiples lecturas. No faltó el ateo que descalificara mi elección. Si este libro ha sido vehículo de injusticias y dominio de un grupo a otros, no es problema del libro, si no de sus usos.

Alberto Manguel, en Una historia de la lectura, recuerda cómo es que los esclavistas británicos prohibían a toda costa la alfabetización de la población negra: “se daban cuenta de que si los esclavos podían leer la Biblia, también podrían leer panfletos abolicionistas, y que incluso en las Escrituras podrían encontrar ideas incendiarias sobre rebelión y libertad”. Seguro que al crítico de mi selección bibliográfica no se le ocurrió que ese texto religioso pueda ser leído con fines literarios, mitológicos, antropológicos, etc., y que cada una de esas lecturas sería distinta.

Lo poco o mucho que pueda decir en torno a los textos mencionados en el primer párrafo no dejarían de contar con una dosis de prejuicios, porque he leído poco o nada de ellos. Pero donde sí tengo una certeza es que ese material fue el camino por donde muchos lectores llegaron a las líneas de Cortázar, García Márquez, Rulfo. Lo que me parece lamentable es que, también, muchos de esos lectores ahora desdeñan aquellas primeras lecturas, se avergüenzan de ellas, al grado de eliminarlas de su historia.

Me parece que es como, valga la comparación, olvidaran que antes de correr, gatearon. En la medida que los lectores estén conscientes de su propio desarrollo, contarán con herramientas para entender el por qué el otro lee o no lee libros, por qué prefiere tal o cual autor, por qué elige espacios particulares para leer. La República de las Letras, al menos en sus habitantes lectores, puede ser un lugar de recreo y convivencia (además del tan cacaraqueado placer), en la medida que deje de lado las verdades absolutas.

 

La Gualdra 233 / Promoción de la lectura

https://issuu.com/lajornadazacatecas.com.mx/docs/la_gualdra-233

 

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