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martes, 29 noviembre, 2022
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Soy de la tribu de los tristes: Adriana Ventura

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Por: Armando Salgado •

La Gualdra 389 / Entrevistas / Poesía

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Adriana Ventura (Cruz Grande, Guerrero, 1985). Realizó estudios de licenciatura en la UAG, de especialidad en la UAM-A y de maestría en la UNAM. Ha publicado los paquetes: Geografía negra (Verso Destierro, 2013), La rueca de Gabrielle (Editorial de otro tipo, 2014), Elogio a las rain boots que no tengo (Editorial de otro tipo, 2015) y Café Bausch (Colección La Ceibita, FETA, 2015) y Boceto de una vida sin casa (Praxis, 2018). La voz poética de Adriana Ventura destaca por su manufactura concreta, relacionando lo cotidiano con los elementos existenciales que nos forjan, siendo una autora guerrerense que nos permite construir nuestra propia cerradura en busca de esos puntos tangibles que nos dan respiro. Habrá que seguirla en los próximos años para continuar abriendo puertas junto a su obra.

 

Armando Salgado: Eres escritora además de profesora; has comentado que tu vocación por la docencia se gestó en la práctica. Como poeta, ¿qué relación encuentras entre el ejercicio docente y la creación literaria?, ¿realmente la literatura contribuye en la formación de jóvenes críticos?

Adriana Ventura: Es curioso porque de niña, me encantaba jugar a la escuelita. Después olvidé durante algún tiempo la satisfacción de enseñar. Ahora recién redescubro que la enseñanza tiene que ver con la curiosidad que no termina nunca, pero sobre todo con el deseo de compartir.

Encontré en la docencia un espacio de reflexión constante. Ser maestra me permite entablar diálogos frecuentes con la literatura. Dado que hay que preparar clase, siempre estoy actualizando materiales de lectura, cambiando los que no funcionaron, ampliando lo propuesto algunas veces, sobre todo cuando algunos grupos superan las expectativas que se tienen y resulta que les encanta leer. Y bueno, siempre digo que se escribe porque se desea comunicar algo, lo que sea, algo se le quiere decir a los otros y en la docencia pasa igual. La enseñanza es ese deseo por querer compartir algo tuyo, algo que amas. Cada vez que voy hacia la escuela me dan unas ganas tremendas de llegar para ver qué efecto surtieron las lecturas que propuse.

No sé si estoy formando chicas y chicos críticos, me gusta pensar que al menos pongo un granito de arena para que se hagan conscientes de su sensibilidad y aprenden a vivir con ella, siendo lo más humanos que puedan llegar a ser. Sí, yo prefiero que sean conscientes; que aprendan a interpretarse y con ello interpreten también el mundo que los rodea, lo crítico ya les vendrá después. Sin embargo, lo que me haría de verdad feliz es saber que mis alumnos encuentran en la literatura el refugio que encontré yo para aprender a vivir conmigo.

AS: Como profesora, ¿qué consideras que hace falta en el sistema educativo para cerrar la pinza y contribuir a la formación de mejores personas?

AV: En el sistema educativo hay una réplica terrible de todos los vicios que hemos padecido en México. Primero habría que pensar en los abismos económicos que hay en la vida de los niños y jóvenes. Si en una familia apenas hay presupuesto para comer, será difícil que adquieran libros. Muchos dirán que hay libros baratísimos o mencionarán el acceso a bibliotecas, a libros descargables, etcétera. El asunto va más allá; en las familias de escasos recursos el tiempo se convierte en algo valioso, un medio para producir algo. La lectura no genera nada tangible, es momento de ocio y por lo tanto no se aprecia. Quienes leemos somos privilegiados de alguna manera. Hemos tenido la oportunidad de entregarnos a la holgazanería que requiere la lectura y logramos esto porque teníamos ciertas certezas en la vida: la comida, la vivienda. Yo pensaría que hace falta que sean quienes no han padecido las carencias, quienes no saben qué significa robar tiempo a las ocupaciones para leer, los que tendrían que ser mejores personas, sobre todo más sensibles, más solidaros, más empáticos con los otros.

 

AS: Comentas que por las lecturas pueden darse grandes paseos: ¿cómo han sido esos recorridos para ti desde que te iniciaste en la escritura?, ¿qué autores han caminado contigo?, ¿qué lugares y qué otras influencias elijes ahora?

AV: Mis primeras lecturas fueron las que mi padre tenía en casa. No diré que teníamos una extensa biblioteca, pero había libros. Intenté leer los de economía, pero no pude con el reto a mis doce años, así que me acerqué a las novelas que había en casa: 24 horas en la vida de una mujer, Cien años de soledad, El proceso, Un mundo feliz, Pedro Páramo y el libro de poesía Poeta en Nueva York. Más tarde tomé la decisión de estudiar literatura y mis lecturas eran las que indicaban los programas de las materias, aunque también fui una lectora rebelde, pues buscaba textos poco conocidos, autores que no siempre aparecían en las grandes listas de lo que tenía que leer. Juan Vicente Melo me encantó y casi nadie lo había leído en mi época de estudiante. También me acerqué a la poesía, que lamentablemente, es un género no muy valorado en los programas de estudio.

Hasta la fecha me incomodan esos grandes anuncios donde se enumera a “los mejores escritores de cierta época, o lugar”. Me gusta ser curiosa, me gusta ir a las librerías, acercarme a los puestos y ver los títulos, las formas de los libros. Suelo buscar autores con los que me identifico de algún modo. Supongo que la literatura me ayuda a comprenderme. Justo ahora estoy encantada con la poesía de Pia Tafdrup, la descubrí a través de un programa de radio, busqué poemas suyos y no puedo dejar de leerla. En esta época de mi vida, me entusiasma mucho descubrir escritoras que son o fueron madres, aunque no necesariamente trabajen el tema de la maternidad en sus letras. Vienen a mi mente Clarice Lispector, Shirley Jackson, Lucia Berlin, Piedad Bonnett, Chantal Maillard, María Auxiliadora Álvarez, Carmen Ollé.

AS: Has publicado 5 poemarios previos a Boceto de una vida sin casa (Praxis, 2018). Este libro replantea los distintos tipos de losa que a diario cargamos, siendo la poesía un único escape, social o personal, de estos escenarios que asfixian. ¿Qué detalles hay detrás de sus páginas?, ¿qué relación tiene con los otros poemarios que has escrito?

AV: Boceto de una vida sin casa es un libro que escribí mientras tuve la beca Jóvenes Creadores del FONCA, en 2016. No se trata del libro por el que pedí la beca, pero escribir lo que había proyectado me estaba costando bastante. Al mismo tiempo me vi en la necesidad de mudarme de casa en la Ciudad de México. Cuando llegué a vivir aquí, en 2010, no tuve muchas complicaciones para encontrar dónde quedarme, quizá porque llegué en condición de estudiante y así se me pensaba, como un ser transitorio, que se iría algún día.

En 2016, al buscar vivienda en pareja y con un niño, mi condición había cambiado, me estaba estableciendo y sentí un rechazo por parte de la ciudad. Me sentí vulnerable, extraña. Los precios eran, y aún lo son, exageradísimos, los requisitos ridículos y parecía que mi esposo y yo no éramos del gusto de ninguna dueña o arrendadora. Luego descubrí que esa sensación era algo que habían experimentado otras personas, incluso escritores como Fabio Morábito, así que intenté escribirlo. Boceto de una vida sin casa es una declaración de odio y amor a la ciudad, un poquito en comunión con las declaraciones de amor y odio de Efraín Huerta.

No puedo asegurar que haya alguna relación con mis trabajos anteriores. Hay temas a los que recurro porque no termino de encontrar cómo decirlos: la nostalgia, la naturaleza, el miedo. Pedro Salinas decía que se escribe porque no se sabe decir dónde nos duele y yo le creo totalmente. Pero si hay que definir lo que he escrito, diría que Geografía negra es un libro de dudas, dado que es mi primer libro no tenía claro lo que deseaba hacer con las palabras. Creo que se tratan de un conjunto de poemas impulsivos. Café Bausch es un libro de hubieras, escribí sobre la nostalgia que me produjo llegar tarde a la danza contemporánea y al mismo tiempo es un tributo a la gran coreógrafa Pina Bausch. La rueca de Gabrielle es un poema de la desesperación que se vive mientras se espera, intenté en éste practicar el ritmo de la paciencia. Y Boceto de una vida sin casa es singular, es un libro que se escribió con rabia y frustración.

 

AS: ¿Qué sugerencias le compartirías a quien apenas desea escribir?, ¿hay algo que modificarías de tus decisiones anteriores?

AV: Me hubiera gusta empezar a escribir antes. Yo tomé la decisión de dedicarme a esto cuando estaba cursando la maestría. A los 26 años, a esa edad muchos autores y autoras de mi generación ya estaban publicando. No digo que antes no escribiera, lo hacía, pero no era algo de lo que dependía, no lo sentía como un oficio al que debía dedicarle tiempo. También esto es extraño, porque yo me había imaginado siendo investigadora de la Literatura, no poeta. Luego la vida me atrajo al lado de la creación y aquí estoy dando pasitos.

Sí, me hubiera gustado asumir la escritura antes, pero el miedo me paralizaba. No me sentía con las herramientas suficientes. Ahora todavía me atracan ciertos miedos, pero me aferro y escribo. Encontré en la escritura una especie de resistencia ante los dolores del mundo y por eso insisto. De ahí se desprenden mis recomendaciones: quien desee escribir, que se atreva, que se aferre, que insista, que escriba y escriba y escriba.

 

AS: En tu libro de ensayo Elogio a las rain boots que no tengo, mencionas que el mundo es feroz, ante esto: ¿qué cosas hace Adriana Ventura para mitigar esa incertidumbre?, ¿cómo intenta ser feliz bajo la lluvia?

AV: Soy de la tribu de los tristes y no puedo evitarlo. Ser así de melancólica me gusta, me siento frágil y fuerte al mismo tiempo. Quizá te parecerá nihilista: pienso que ya estamos en el mundo y hay que mantenernos ocupados mientras todo termina. Así que hago eso: tomo notas dispersas, disfruto la lluvia, gozo los días soleados. Recuerdo a mis muertos y muertas. Hago videollamadas con mis hermanos y hermana. Lucho contra las costumbres (es curioso, me quejo constantemente de las costumbres). Voy al mercado. Lloro y juego y me desespero y río con mis hijos; cocino de vez en cuando, lavo ropa, lavo trastes. Me angustio por mis deudas. Leo y escribo. Espero que la magia de la vida me sujete los pies y las manos, dejo que me haga cosquillas antes de entregarme al abismo.

 

No sé distinguir entre el arriba y abajo cósmico.

Los elementos no deberían conformar teorías.

Resulta complicado entender que debo salir de la cama,

que las mañanas abarcan mi habitación.

El cosmos es una palabra que zumba en mi despertador,

escucho su eco como el canto de pájaros citadinos

que mantienen la prudencia ante los disparates de la física.

El orden sideral me empuja a los días,

me encierra en las noches.

Mi orientación tambalea en el universo.

 

De Café Bausch (Colección La Ceibita, FETA, 2015)

 

 

Anoche leí sobre un vestido negro para cargar el luto como los cuervos. Pienso en Aracné, tejiendo una galaxia. La veo transformarse en un tapiz que decora los muros blancos, el mármol de un palacio. Pienso en las arrugas de Atenea mientras la espía con sus canas falsas, jugando a ser una envidia envejecida, con la ofensa plantada en los ojos. Los dioses siempre tendrán esa tirria contra los mortales. A nosotros, Gabrielle, sólo nos queda esforzarnos por ser elegantes dos o tres noches en la vida. La próxima quincena iré a comprar el vestido básico de tu nueva colección.

Así que mis manos saben deshilvanar seda.

Mis pies pedalean toda la noche

para que la señora del terrateniente

luzca un negro azabache en su cuerpo.

De sus ojos no cuelgan bolsas.

Hay ventajas al ser mujer de los terratenientes,

se puede dormir bien, por ejemplo.

Yo, Gabrielle, no tengo mitones

y sí un sueño infinito

que va detrás de los caballeros galantes

paseándose frente al aparador.

¿A ti te parece que el mundo está como para ir de rayas,

cruzados nuestros cuerpos de poniente a este

como los trayectos largos que hago para ganar sueldo extra

y colgarme el blusón estilo marinero?

 

De La rueca de Gabrielle (Editorial de otro tipo, 2014)

 

 

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