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domingo, 14 agosto, 2022
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Evolución de los factores profundos de la inseguridad en Fresnillo

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Por: BENJAMÍN MOCTEZUMA LONGORIA •

Dicen los necios, los críticos sin razones: “ahí están los hechos, no han funcionado los abrazos”. ¿Quién ha negado los hechos? Por hechos, entiendo la existencia de homicidios focalizados, no generalizados, parte visible de otros hechos más ocultos. No he leído, o escuchado, que se niegue la existencia de hechos, aunque sólo vean los homicidios. Es una discusión muy tonta y de sobra. En cambio, la coincidencia mayoritaria es mitigar el diluvio de sangre local.

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De tiempo atrás he venido estudiando el fenómeno. Desde antes que el crimen organizado monopolizara la violencia, enlistando jóvenes de “pandillas” o “bandas” de barrio que voluntaria, o forzadamente, fueron absorbidos y engrosaron esas filas.

La mayoría ya han muerto; por los efectos del alcohol, las drogas, en enfrentamientos antagónicos o con las fuerzas de seguridad y sólo un puñado viven purgando condena carcelaria.

He podido constatar que el fenómeno de la inseguridad local sufrió cambios al pasar de las pandillas de barrio (que en la ciudad de Fresnillo hicieron historia) a los monopolios de la violencia; los cárteles, que se extienden por varios estados del país, a regiones de centro y Suramérica y a Estados Unidos. Toda una globalización.

También hubo cambios en la forma de organización; férrea disciplina, jerarquías y liderazgos definidos, reglas propias, entrenamiento, especialización y división de tareas, uso de tecnologías de punta, adopción de creencias y de “la Santa Muerte” como patrona. Sumado a la apología musical, películas, series y uso de vocablos, pueden identificarse elementos de una ideología que recrean los monopolios de la comunicación. Los mismos que se quejan de lo que promueven.

La organización de los “chavos banda” de Fresnillo (con quienes trabajé, apoyado por amigos de forma multidisciplinaria e interinstitucional) funcionaba de manera intuitiva, creando en su convivencia una especie de sustitución de la familia; buscando la comprensión, rompiendo el aislamiento y la soledad que le producía su exclusión social y familiar; sobreviviendo, en muchos de los casos, imbuido en la diversidad de las drogas, móvil principal de su delinquir y todas las consecuencias de inseguridad que ello provoca.

El cambio brusco se manifiesta en tiempos de Fox y más con Calderón, en plenitud del neoliberalismo mexicano. Se asientan los cárteles, que son organizaciones monopólicas, de corte capitalistas. Su objetivo profundo es acrecentar su riqueza. Sin embargo, sus mecanismos de funcionamiento no aceptan el estado de reglas económicas, sociales, políticas, administrativas y de gobierno. Por eso, evidencian múltiples maneras de arrebato que culminan en violencia e inseguridad.

Por todo ello, abrirse paso a su objetivo de acrecentar riqueza, involucra muchas actividades, y a actores, que trastocan el Estado de Derecho; no sólo las de tipo financiero (lavado de dinero), recaudatorias (cobro de piso o de plaza), judiciales (compra de jueces, compra de protección policiaca, etc.) y muchas más.

De ello, brota lo visiblemente doloroso: los homicidios que, para algunos, es “toda la verdad”, “los hechos”. Para las corporaciones capitalistas (entre ellas los cárteles) solo importa acrecentar su riqueza. Para ellas, ningún concepto moral o legal tiene más valor que la riqueza. Incluyendo la vida humana.

Así, emergen sobornos, extorsiones, corrupción, terror (conductas propias de ciertos políticos, que los vinculan con lo que critican), levantones, secuestros, retenes, desapariciones, asaltos, ajustes de cuentas, venganzas, enfrentamientos entre ellos y con autoridades.

Eso, que aflora de lo subterráneo, es materia de lo jurídico-policiaco. Sin dejar de atender esas expresiones, es necesario ir al subsuelo y cortar las raíces, clausurar la “fábrica”.

Cerrar la “fábrica” implica temas económicos, sociales, políticos, culturales, de gobernabilidad honesta, clara, transparente y de relaciones internacionales. Es de mucha ignorancia, e ilegalidad, la simpleza del método de “los balazos”.

Combatir “con balazos” (forma metafórica y no literal –que identifica un método-. Para no caer en la manipulación del término) es agravar el fenómeno homicida. A los muertos del crimen organizado se sumarían los del gobierno. Es una práctica fuera del Derecho que, además, no toca lo profundo. Asesinar desde el gobierno, con tiro de gracia y exterminio, es fingir que se combate el sostén de los cárteles y que mejore la seguridad.

Los jóvenes actuales del crimen organizado son una generación que nada, o casi nada, tuvo que ver con las pandillas. Antes ejercían con la máxima publicidad a favor del líder de la banda, se mostraba como ejemplo de la colonia o barrio pobre, ganaba el reconocimiento y la admiración de los niños. Esos liderazgos tan populares se extinguieron. Ahora el líder es la organización, el cartel, un algo casi abstracto que trasciende a personajes de la talla del Chapo Guzmán.

Ahora, todos son necesarios, pero sacrificables. Nadie es indispensable. Aunque la ola violenta les da poca esperanza de vida, la organización tiene mecanismos de reproducción, orden, disciplina y mística.

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