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domingo, 14 agosto, 2022
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Si la OTAN no existiera

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Por: HÉCTOR ILLUECA BALLESTER •

Si la OTAN no existiera, la guerra de Ucrania jamás se habría producido. Europa tendría una política de defensa común y concertada y, bajo los auspicios de Francia y Alemania, se habrían cumplido los acuerdos de Minsk, que siempre fueron rechazados por EEUU. Ello no exime de responsabilidad a Rusia ni, por supuesto, justifica la invasión de Ucrania, que constituye una flagrante violación del Derecho Internacional y merece una condena sin paliativos. Pero no es posible ignorar que el despliegue militar de la OTAN en la frontera con Rusia elevó la tensión hasta hacerla insoportable, y que, en ese contexto, la posible incorporación de Ucrania a la Alianza Atlántica provocó una ruptura violenta entre ambos países. Numerosos analistas lo venían advirtiendo desde hace tiempo, y recientemente lo han reconocido personalidades de distinto signo como Javier Solana y el Papa Francisco. Sin embargo, las advertencias no fueron escuchadas, y ahora los ciudadanos están pagando las consecuencias de una estrategia arrogante y suicida, al menos desde el punto de vista europeo.

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El pasado 5 de marzo expuse mi posición en un artículo titulado «La paz no tiene alternativa», subrayando la necesidad de un acuerdo diplomático que evitase una escalada bélica de consecuencias impredecibles a partir del reconocimiento de los intereses en conflicto: la neutralidad de Ucrania y el respeto a la soberanía del país agredido. La iniciativa de la UE podía haber sido decisiva, pero el jefe de la diplomacia europea, Josep Borrell, cerró la puerta a cualquier posibilidad de negociación afirmando que la guerra debía «decidirse en el campo de batalla». El resto es historia, y la historia está dando la razón a quienes, como Jean-Luc Mélenchon, defienden la vía diplomática y la autonomía de la política exterior europea frente a la tutela del poder norteamericano. Mientras los efectos de la guerra son inocultables en todos los ámbitos, EEUU y la UE fracasan de manera estrepitosa en sus relaciones con las diferentes regiones estratégicas del mundo, desde Asia a África, pasando por América Latina. El nuevo mundo multipolar, basado en gigantescas fuerzas económicas, políticas, y, hay que decirlo, militares, se aviene mal con viejos esquemas de la Guerra Fría que ya no interesan a nadie.

¿Cuáles son los dividendos de la guerra? Todavía es pronto para hacer un balance, pero es evidente que el conflicto ha desencadenado, y en algunos casos acelerado, tendencias que auguran un panorama sombrío para las economías europeas. La inflación bate récords históricos y coloca en una posición muy delicada a los sectores populares, sobre todo a los trabajadores y a los pensionistas. Las contradicciones sociales se agudizarán en los próximos meses y me temo que el conflicto será inevitable. El BCE ha anunciado una fuerte subida de los tipos de interés para frenar la inflación, lo que podría acarrear graves consecuencias para el endeudamiento privado y público, significativamente incrementado en muchos países a causa de la pandemia. No pueden descartarse episodios de insolvencia de grandes actores privados e incluso de Estados. De hecho, el pasado 15 de junio el consejo de gobierno del BCE tuvo que reunirse de urgencia para analizar la situación de los países del sur de Europa, que vieron sensiblemente incrementada la prima de riesgo tras el anuncio de la subida de tipos.

Y aún hay más: la exclusión de Rusia de las cadenas de suministro está exacerbando la escasez de materias primas y de productos de todo tipo, y ha disparado el precio de la energía; la recesión económica se da prácticamente por descontada, y todo apunta a que la caída va a ser significativa. La lucha por los recursos se está intensificando, y asistimos a una profunda redefinición del mapa energético que implicará una grave merma en la autonomía energética europea y una mayor subordinación a los intereses de EEUU, que está a punto de convertirse en el principal exportador mundial de gas natural licuado. Por último, pero no por ello menos importante, un reciente informe de la ONU advertía de un inminente «huracán de hambrunas» en varias regiones del mundo, con especial incidencia en África y Oriente Medio. Podríamos seguir, pero no vale la pena. Llegados a este punto, cabría preguntarse si los partidarios de resolver el conflicto «en el campo de batalla» también asumen las consecuencias de una guerra larga y devastadora.

Ahora bien, los dividendos de la guerra no se agotan en sus efectos económicos y comerciales. La militarización de las relaciones internacionales está provocando un grave deterioro de las libertades públicas que no puede ser ignorado. La UE ha prohibido medios de comunicación en territorio europeo sin ninguna base legal para hacerlo; la censura y el señalamiento público se han normalizado en las redes sociales; y la disidencia ha sido sistemáticamente silenciada en los grandes medios, incluyendo militares, periodistas e intelectuales críticos. La rusofobia, una vieja enfermedad de la cultura europea, ha penetrado profundamente en la sociedad y se ha extendido al mundo de la cultura, donde se está produciendo una auténtica caza de brujas que evoca los momentos más oscuros del siglo XX. Como advirtiera Alexis de Tocqueville en La democracia en América, la guerra y el militarismo tienen como correlato necesario el deterioro del pluralismo político y la limitación de los derechos ciudadanos en el interior de los países, inmersos en una espiral de la que resulta muy difícil escapar.

Parafraseando a Pasolini, podríamos decir que se está produciendo una ruptura del discurso público entre el palacio y la calle. Está volviendo a ocurrir en España. Dentro del palacio, la clase política, los grandes medios y los sectores empresariales exigen sacrificios a la población para afrontar la situación económica que ha provocado la guerra. Fuera está la gente humilde, castigada por la inflación y temerosa de un futuro incierto que, cada vez más, se percibe como una sombra amenazadora. En medio, una densa niebla que expulsa de la vida pública cualquier cuestionamiento de la política militar de EEUU. La única forma de vencer el miedo es construir un discurso que anude en el mismo plano la guerra, la crisis económico-social y el deterioro democrático que se está produciendo ante nuestros ojos. Entretanto, la carrera de armamentos se acelera y el riesgo de escalada bélica se incrementa cada día. La OTAN no es una organización al servicio de la paz mundial, sino un instrumento en manos de EEUU para defender su hegemonía frente a cualquier desafío. Si la OTAN no existiera, la autonomía estratégica europea sería una realidad tangible y estaríamos más cerca de un acuerdo para garantizar la paz y la seguridad en Europa.

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