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lunes, 24 junio, 2024
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Relativo al mundo de los profesores y a su relativa certeza laboral 

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Por: Saúl D. Kuri Herrera •

La Gualdra 621 / Educación

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Que uno deba de ser un individuo solícito, dispuesto a ser y actuar al modo y a la manera en la que a uno se le requiera, es una verdad sentada no sólo en el quehacer cotidiano de las empresas, sino también de la educación “pública” de México. Los profesores deben ser y hacer lo que se les indique, comportarse de acuerdo con criterios no sólo normativos sino también culturales; con el modo y la manera en que lo marcan los designios impuestos por los gobiernos federales de turno y las secretarías estatales, que dirigen y movilizan a los docentes cada que les parece necesario y conveniente. Asimismo, de acuerdo con costumbres y hábitos arraigados en los contextos educativos diferentes, que todavía se alimentan de una concepción histórica de la patria nacional (heredera de una lectura predominante durante gran parte del siglo XX), y en la que, a pesar de toda duda o puesta en predicamento no queda sino cada lunes y desfiles seguirla enalteciendo. 

Endogamias familiares y de grupos, lazos consanguíneos y compromisos políticos, afinidades en la complicidad y alianzas acordadas: apego a conveniencia a normativas predispuestas; negociaciones y acuerdos turbios alcanzables en lo obscuro; esperas en sillas y sillones dispuestos para la entrevista que dé certeza; preparación imaginaria de discursos mentales antes de la cita probable o improbable; etcétera. Son, hechos, expresiones e imágenes comunes a un sistema educativo que reproduce costumbres y hábitos introyectados, aprehendidos en una lectura particular de la historia, legitimada y solamente por esto presta para legitimar. Tales hechos, expresiones e imágenes no deben de enturbiar, o de llevar a desesperar, sino de conducir al ánimo y al comportamiento a hacer de cuenta que no pasa nada y todo es “normal”. Todo esto y más, sobre todo, si no se tiene certeza laboral. 

Es cierto, la precarización de la labor docente y la falta de certidumbre laboral empujan a la protesta (del mismo modo en que lo hace el drama nacional), pero, también, en innumerables casos, a una conciencia acomodaticia y que persigue su conveniencia sin querer vulnerar su situación económica y laboral. El sistema educativo, su normatividad y estructura jerarquizada, así como el culto a la patria como “valor entendido” y que debe ser promovido, sostienen, justifican y enmarcan el modo como debe de ser el individuo en los espacios escolares; mantienen a raya la expresión y el arrebato del individuo reflexivo o imprudente aún en los días en que debe favorecerse, de acuerdo con la retórica educativa, la promoción de la inclusión y la interculturalidad crítica. 

  Al interior de las instituciones escolares, el pensamiento crítico y disruptivo, así como la probable impertinencia de sus apreciaciones apenas y tiene cabida, de hecho, debe de ser cauteloso y hablar quedito, de preferencia, en las claves y los signos del orden jerárquico y vertical, es decir, de acuerdo con un lenguaje en que uno se ubique y tome un lugar parcial, neutral o a disposición de un grupo capaz de cobijar. En todos los casos, se trata de saber replegarse y confundirse con el escenario, favoreciendo o siendo indiferente frente a alguno de los grupos diversos y que, probablemente, llegado el momento, por cierto, deberán velar por la reproducción del sistema asegurando su funcionamiento y llevando por supuesto a cabo sus festejos. 

La apelación al valor pedagógico del culto a la patria resuena como bienaventuranza, como camino idóneo a la prosperidad y la felicidad humana, y los docentes apenas y disputan acerca de su pertinencia en un país demasiado habituado a la simulación, a hacer de cuenta –a pesar de las tragedias– que las cosas marchan de manera espléndida. Las y los estudiantes de las escuelas formadoras de docentes, que eran infantes cuando comenzó la “guerra contra el narco”, deben de seguir enalteciendo la madre patria “justa” y “bondadosa”. Y, los docentes, han de incentivarlos e incluso presionarlos a que lo hagan aún a sabiendas de los asesinados y los desaparecidos, de las regiones y municipios cooptados por la delincuencia y, por supuesto, del limitadísimo poder que tiene tal narrativa para ayudar a cambiar las situaciones inciertas de los profesores y, más en general, de los innumerables problemas que “enfrenta” el sistema educativo. 

La estructura jerarquizada, sostenida normativamente, sobreabunda al individuo y lo sitúa, le asigna un lugar y le indica cómo es que debe ser y no ser. Los cultos cívicos y que ya sólo enardecen las almas patrias de algunos hijos del siglo XX, parecen tan inamovibles como las calles con los nombres de los cuasi míticos guerreros de la historia patria, perduran y brillan tanto como las estatuas mancilladas por los aerosoles. No obstante, deben reproducirse y mantenerse inmaculados, pues han de reflejar los modelos del buen comportamiento y el culto a una imagen ordenada y ejemplar de México.

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