La clase política: formarse (también) en el desaprendizaje

La clase política: formarse (también) en el desaprendizaje

Los partidos dejaron la formación de sus militantes hace décadas. La ideología era la estrella polar de la actividad partidaria: los comunistas eran internacionalistas porque la clase (el sujeto de la revolución) debía organizarse de la misma forma que el antagonista (el capital); los nacionalistas se repartían desde visiones populares hasta extremos fascistas; los partidos de los empresarios capacitaban a sus militantes para el impulso del sector privado desde el Estado con sendos discursos que apelaban a la libertad. Otros, como el corte del sinarquismo, combinaban liberalismo económico con el tradicional conservadurismo católico. Había partidos que combinaban un discurso socialista y estrategias nacionalistas, que decían aliarse a la burguesía nacional para resistir al imperialismo norteamericano. En fin, durante décadas los partidos reproducían sus ideologías con escuelas de formación o llamadas ‘de cuadros’.

Una vez caído el muro de Berlín y el debilitamiento de las ideologías, los partidos políticos formaban a sus cuadros en los diversos modelos de la democracia, porque todos se decían demócratas, pero impulsaban un modelo específico de ésta: directa, representativa, participativa y/o una variante que combinaba algunas de estas. Pero vino el último periodo donde la ideología y las escuelas de formación desaparecieron de las agendas de los partidos, porque todos los institutos políticos se hicieron máquinas de colocación electoral sin proyecto político particular y la vida política pasó al más agrio pragmatismo. Lo cual tuvo como consecuencia que al momento de integrarse a los gobiernos, la clase política no llevara un programa de gobierno como hoja de ruta. El pragmatismo pasó al ámbito de gobierno. Pero en este último momento, con clase política que se formó sólo como operadores electorales, su calidad, visión de Estado y sensibilidad política quedaron fuera.

Con lo dicho, observamos una clase política de bajos perfiles. Como la visión de Estado es casi nula, pues se activó la figura del asesor que sustituye algunas funciones de aquella, pero en los cuales se creó una nata de asesores que más parecían mercenarios de habilidades y saberes. Algunos políticos decidieron por cuenta propia apropiarse de formación que les ayudara en sus carreras políticas, algunos de ellos se apropiaron de saberes técnicos en las áreas de gobierno, pero aun así la gran mayoría de políticos son grupos de operadores sin estrella polar más que su ambición personal.

El caso del partido en el poder es aún más sensible: un partido de nueva creación, pero con militantes de viejas trayectorias. Para darle viabilidad de largo plazo, se planteó fortalecer el área de formación política de sus militantes, sobre todo las nuevas generaciones. Sin embargo, eso no ha ocurrido. Ahora mismo, la formación de los políticos implica no sólo proceso de aprendizaje, sino en des-aprendizaje y deconstrucción de viejos saberes, sentidos comunes y visiones. La formación de la clase política ahora mismo implica aprender y desaprender. ¿Qué se debe desaprender? Los valores y actitudes que contradicen o vulneran las exigencias emergentes de la sociedad, como la agenda de género y los derechos civiles. Como, al parecer también, los lugares comunes en torno a los valores que el neoliberalismo instaló como sentido común. En suma, en el desaprendizaje también es formarse.

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