Los pobres fuera de las universidades: la actual sociedad de castas

Los pobres fuera de las universidades: la actual sociedad de castas

Los jóvenes entran de manera selectiva a estudiar una carrera: parecemos una sociedad de castas. Los pobres entran en un 20 por ciento a las universidades, es decir, 8 de cada 10 jóvenes que ingresan a las instituciones de educación superior son de los deciles superiores de la escala de ingreso. Lo que también se expresa en los estados de la república: en Chiapas, Oaxaca o Guerrero existen coberturas de educación superior que oscilan del 15 al 19 por ciento; mientras que en Sonora o Nuevo León rebasan los 35 puntos porcentuales. Zacatecas está en los promedios nacionales de 28 de 100. Lo importante es constatar el giro clasista en la oportunidad de estudiar: tanto en los estados (unos pobres y otros de renta media), como al interior de cada estado, los jóvenes que están en las aulas son los que pertenecen a las clases medias y altas. La desigualdad brutal en aquellos que logran el derecho a educarse. Lo que a su vez se observa en las mediciones de movilidad social. Si la educación es el movilizador social más importante, la desigualdad educativa tiene como efecto la petrificación de los estratos sociales: en México la cuna es destino. La tierra de la injusticia.
Hubo dos décadas de acelerado crecimiento de todas las coberturas educativas, de 1990 al 2010. Después de ese tiempo, el proceso se congeló. En secundaria se pasó de 54 a 96 por ciento; en bachillerato subió de 17 a 53 por ciento; y en educación superior (en promedios nacionales) se brincó de 8 a 26 por ciento. Fueron los tiempos de la descentralización y federalización de la educación. En los últimos años sólo el bachillerato ha podido crecer un poco, la educación superior sigue estancada. Así las cosas, significa que los presupuestos de este último nivel educativo son por demás regresivos: gasto público (de todos) que financia a los ricos. La única manera de curar esa regresividad es con mejores coberturas. Más inversión.
Otra cosa es el análisis de las oportunidades reales de movilidad de aquellos que logran entrar. Aquí hay factores muy interesantes: resulta que un factor de movilidad no es el conocimiento adquirido, sino el capital social apropiado por los jóvenes durante su cursada. En otras palabras: en las universidades donde asisten los hijos de los empleadores, es donde los alumnos alcanzan mejores tasas de colocación, pero es por las relaciones sociales que logran durante los estudios, no a los estudios mismos. Traducido: la amistad es un valor económico esencial. Por ello, en las universidades públicas donde hay poca presencia de las familias de los empleadores (entre los que se cuenta clase política), aun cuando sean académicamente muy buenos, tienen pocas posibilidades de colocación en los puestos de ventaja en el mercado laboral. Hace falta arrancar una reforma social profunda para cambiar el rostro de la sociedad de castas en que vivimos. Socialmente, aun, vivimos en la Colonia.

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