El sismo del pasado 19 de septiembre ha propiciado un encuentro generacional

El sismo del pasado 19 de septiembre ha propiciado un encuentro generacional

Nunca antes quisieron ayudarnos con algo para mis menesterosos, y ahora los he visitado y me han entregado cajas de tomates, pero de los frescos y más hermosos. Fue como si por momentos hubieran perdido interés en las cosas. Carlos Monsiváis eligió este testimonio del sacerdote Ignacio Ortega para incluirlo en su libro No sin nosotros: los días del terremoto 1985-2005, texto que a la luz de la nueva tragedia posee sorprendente actualidad.

El sismo del otro 19 de septiembre, el de 2017, ha propiciado, entre muchos otros fenómenos, un encuentro generacional. Los que vivieron el terremoto de 1985 y atesoraban sus anécdotas como algo irrepetible, tuvieron que recular. Me cansé de decir que era imposible ver la solidaridad del 85 nuevamente. Qué alegría tragarme mis palabras. Y ojalá que cagarlas, duela, publicó el escritor Emiliano Monge, autor de Morirse de memoria, muy activo en los días de la emergencia y muy joven para haber vivido como rescatista la tragedia de hace 32 años.

Todos aplaudieron

Si unos se tragaron sus palabras, otros se descubrieron en la tragedia. Nunca creí que iba a vivir algo así, dice José Luis, joven de 24 años que se contó entre los primeros en llegar al colegio Rébsamen. El muchacho refiere que le tocó ver el momento en que rescataron al primer niño con vida. Todos aplaudieron y hasta ahora sigo impresionado por gente que se solidarizó y se unió al rescate. Otro joven ingresó más tarde, cuando pidieron personas que supieran hacer nudos. Él, con entrenamiento circense, entró a ayudar unas horas. Después, asegura, ya no hubo lugar para los voluntarios.

Sin dejar de formar filas para ingresar a los sitios del desastre, miles de ciudadanos se volcaron también en los centros de acopio de víveres y herramientas. Fueron los mismos que, con el correr de los días, se lanzaron en las redes sociales contra insuficiencias y decisiones gubernamentales.

La petición del gobierno federal, que mediante las redes sociales llamó a la ciudadanía a donar lonas, catres, cobijas, lonas, casas de campaña e incluso lápices para colorear, desató una ola de indignación, como antes había ocurrido con una solicitud de equipos y herramientas a cargo del gobierno de Ciudad de México.

El caminito que encontraron muchos promotores de los envíos a los estados para combatir la desconfianza, fue publicar las fotos de los vehículos cargados de ayuda y luego evidencias gráficas de la entrega de la ayuda, con los nombres de los lugares, las fechas e incluso las horas precisas.

La desconfianza en el gobierno multiplicó los canales y redes de apoyo. Se puso por delante el nombre de un personaje o de una organización respetable, e incluso se apeló a las redes de conocidos y seguidores en las redes.

“Los Ramírez, dueños del restaurante Leo, no sólo utilizaron sus ollas como herramientas, en las primeras horas estuvieron en los escombros del colegio Rébsamen buscando a los niños con las manos. Después, regresaron a su cocina para cuidar a aquellos que continuaban las labores de rescate. Lo hicieron preparando tacos, arroz, frijoles y guisados, dirigidos por esa convicción tan mexicana de que ‘las penas con pan son menos’. Vaciaron su despensa para conseguirlo. No apagaron las hornillas y las luces nunca cesaron, utilizaron gas y electricidad sin pensar cómo iban a pagarlos”, escribió Alma Maldonado, una notable investigadora educativa, quien donó sus horas al restaurante Leo y luego organizó una pronta recaudación de fondos para la generosa familia Ramírez.

Del otro lado de la Luna, quedaron al descubierto los documentos falsos que permitieron seguir operando a negocios como el colegio Rébsamen, las relaciones políticas del empresario poblano que construyó un helipuerto en la Condesa, la vieja historia de los anuncios espectaculares sobre edificios frágiles.

El tribunal de las redes sociales vapuleó a la clase política en general, pero algunos se llevaron las palmas. El gobernador de Morelos, Graco Ramírez, se erigió en villano tras las denuncias de que se apropiaba de la ayuda para dirigirla a bodegas del DIF estatal. Su esposa, Elena Cepeda, presidenta del DIF, terminó anunciando su retiro de Twitter debido al linchamiento.

La ferretería de la Condesa que donó todo su inventario se hermanó con una mujer oaxaqueña que, descalza, fue a entregar lo poco que pudo a un centro de acopio.

Una de las más terribles paradojas del 19 de septiembre es que apenas dos horas con 14 minutos antes había tenido lugar el simulacro con el que cada año se conmemora el terremoto de 1985.

A pesar de que los sismos son recurrentes, muchos se tomaron a chunga el ensayo. En el edificio de Izazaga 189, en el centro, los empleados del gobierno de la ciudad criticaron, un par de horas antes, a los responsables del simulacro. Nos hicieron bajar a la supuesta zona segura, que no era sino un estacionamiento adyacente, tan repleto de carros que ni podíamos pasar entre ellos, cuenta una empleada de la Tesorería capitalina. A las 13:14, con el sismo real, las recomendaciones se esfumaron y cada quien bajó como pudo. Muchos de los empleados dejaron sus pertenencias en los escritorios. Cuando, en los días subsecuentes, pudieron saber dónde las habían reunido, sólo fue para percatarse que varios de ellos habían sido víctimas de hurto. A mí me robaron mi computadora y una tarjeta bancaria, cuenta una empleada. El responsable del resguardo le dijo antes de que preguntara: A mí así me la entregaron.

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