Inventar la soledad

Inventar la soledad

La Gualdra 299 / Notas al margen

Lo extraordinario comienza en el instante en que yo dejo

de escribir. Pero entonces ya no soy capaz de hablar de ello.

Maurice Blanchot

 

La frase que hace de epígrafe de este texto fue extraída del libro La invención de la soledad, de Paul Auster. Sobre ella primero habría que decir que es tan cierta que frustra a quien esto escribe. La literatura y la vida se anulan entre ellas, pues mientras una sucede la otra no puede ser. Abrir un libro, o escribir, significa pausar la segunda, ponerla en stand by. “La literatura es más lenta que la vida”, escribió Piglia en sus diarios, y mientras anotaba sus anécdotas, mientras rememoraba su pasado e intentaba grabarlo en aquellos cuadernos, la vida se detenía para que la literatura pudiera estar.  

            Vamos a la literatura para mirar la vida con calma, o tal vez escribimos para vivir más lentamente, en un intento de entender mejor esa sucesión de hechos, causalidades y casualidades, que llamamos vida. Pero lo verdaderamente extraordinario, tal como nos lo dice la frase de Blanchot, es que la vida es como el gato de Schrödinger, apenas intentamos verla, alcanzarla con nuestra percepción, cuando ésta desparece. Intentar acercarse a la vida es modificarla, y entonces ya no es tal, sino una mera consecuencia nuestra y de nuestras decisiones. Lo que vivimos ya no es sólo el resultado cuántico de infinitas disposiciones impredecibles, es una existencia artificial, al decidir modificamos el fenómeno vital, lo des-cubrimos, como si abriéramos la caja donde se encuentra el gato sólo para darnos cuenta que saber si estaba vivo o muerto era nada más una forma de engañarnos a nosotros mismos. ¿Había gato?

Auster escribe: “cada eyaculación contiene miles de millones de espermatozoides –más o menos la cantidad equivalente al número de habitantes del planeta-  y eso significa que cada hombre guarda en sí mismo el potencial del mundo entero […] Cada hombre es un mundo entero y alberga en sus propios genes un decálogo de toda la humanidad”. No entremos en complicaciones sobre si es o no totalmente cierto lo que Auster lanza más como una bella analogía del potencial humano que como un teorema científico. Más bien aprovechemos esta conexión para entender que cuando hablamos de posibilidades, cuando vemos a la vida-literatura como un mundo con posibles mundos inmersos en él, entonces nos encontraremos en ese reino en el que sucede el texto de Auster: la soledad.

Escribir es inventar la soledad, porque la soledad no es otra cosa que la posibilidad de no estar solo; sin embargo, para escribir es necesario abandonar el mundo, o dicho de otra forma: evitar cualquier posibilidad para poder elegirlas todas. “Cada libro es un imagen de soledad. Es un objeto tangible […] y sus palabras representan muchos meses, cuando no muchos años de la soledad de un hombre, de modo que con cada libro que uno lee puede decirse a sí mismo que está enfrentándose a una partícula de esa soledad. Un hombre se sienta solo en una habitación y escribe. El libro puede hablar de soledad o compañía, pero siempre es necesariamente un producto de la soledad”. Elegimos la no-vida para poder encontrar la sí-vida. Nos sentamos en una habitación, solos, y escribimos, porque irónicamente queremos compartir esa soledad y claro, queremos defender el derecho a la posibilidad de vivir, aunque sea de manera artificial.

La segunda parte de este libro de Auster, titulada Libro de Memoria, se centra también en las casualidades, en esos hechos aparentemente aislados pero que se conectan entre sí para darle pertinencia a la vida. Para Auster las casualidades son las rimas de la gramática vital; sucesos con sonoridad semejante que dan ritmo a la vida. Encontrarnos con una persona que no conocemos, hablar con ella, tal vez beber un trago y años más tarde darnos cuenta que era el padre de nuestro mejor amigo de la primaria; tal vez encontrar en una librería de viejo de una ciudad lejana un libro que hace una década habías obsequiado a una antigua amante, comprarlo y encontrar entre sus páginas un teléfono, llamar y que te contesté una voz desconocida, creer que es aquella vieja amante, decir tu nombre sólo para darte cuenta que no es ella, sino una compañera de tu secundaria con quien jamás habías hablado y a quien también le gustaba el autor del libro, pero que nunca conoció a la primera destinataria del mismo.

La casualidad puede perfectamente unir a la vida con la literatura: “En un trabajo de ficción se da por sentado que hay una mente consciente detrás de las palabras de una página; pero ante los acontecimientos del mundo real, nadie supone nada. La historia contada está formada por entero de significados, mientras que la historia de los hechos reales carece de cualquier significación[…]”, a menos claro, que se le lea; no sabemos todavía si hay detrás del mundo una mente consciente, sin embargo nosotros, quienes leemos los sucesos del mundo damos significado a lo que vivimos, creamos nuestra propia sintaxis vital, nuestra propia litterae vitae; al igual que el físico cuántico sabe que observar es ya un acto que modifica la realidad, así el escritor sabe que leer el mundo modifica la gramática del mismo. “El lenguaje no es equivalente a la verdad; es nuestro modo de existir en el mundo”, dice Auster, y si para acercarnos al lenguaje debemos inventar la soledad; desde ahí, desde ese artificio se crea el mundo o se le intenta dar significado a lo insignificante.

Un día se muere tu padre y hay algo en el mundo que no es lo mismo. Hay un nuevo huérfano y un puñado de objetos que ya no tienen sentido ni utilidad porque su dueño ha muerto. Un hombre decide escribir sobre la muerte de su padre pero sólo puede escribir sobre su imposibilidad de hacerlo. Se sienta, solo, en su habitación y escribe. De pronto se da cuenta que “la infelicidad del hombre se basa en una sola cosa: que es incapaz de quedarse quieto en su habitación”. Pascal tenía toda la razón, piensa el huérfano y comienza a caminar mente adentro para crear una ciudad donde todo es posible y, sin embargo, pasa lo de siempre: que un hombre se sienta, solo, en su habitación y escribe:

 

 

 

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