Mil y un males de los libros (Parte 5). El antisocial erudito

Mil y un males de los libros (Parte 5). El antisocial erudito
Juan Carlos Villegas. Misántropo.

La Gualdra 282 / Notas al margen

Hablaba con Roberto, un amigo argentino, sobre este ensayo. Haciendo una breve encuesta en las redes sociales, sobre los daños que puede ocasionar el libro a sus lectores, se repitió varias veces la respuesta de que los libros te volvían una persona antisocial. Roberto me decía que eso no era cierto, que no son los culpables los libros de nuestra misantropía. Al principio pensé que se refería a aquello de que lo misántropo y lo antisocial ya lo traemos, como se dice, en la sangre, y que la lectura es sólo una consecuencia de aquella condición nata. Sin embargo, Roberto no se refería a eso, más bien sostenía que la lectura producía conocimiento y que el conocimiento, inevitablemente, ocasionaba aquel alejamiento de los otros.

Me contó de la analogía nietzscheana de la montaña. La mayoría de las personas –la masa- vive a las faldas de la montaña. Ahí es más “fácil y cómoda” la vida; ahí los vientos son amables y se tiene el agua y la compañía a la mano. Entre más se sube a la montaña, más se aleja uno de sus semejantes, más lejos de la comodidad y más cerca de los fuertes vientos de la intemperie. Arriba, si es que alguien puede llegar realmente hasta la parte más alta, está la soledad absoluta, el silencio del conocimiento.

Nietzsche era un sabio atormentado, como debe serlo cualquier sabio, porque acercarse a la cima del abismo no debe ser cualquier cosa; implica el abandono, la consciencia de la renuncia. ¿Y una vez arriba bajar es una tentación o una responsabilidad? El elevado se convierte en una suerte de demente iluminado o un maestro de alpinismo intelectual.

El primer problema es que la mayoría de nosotros preferimos la compañía que la soledad; o la soledad sólo como un lujo que podemos tomarnos para descansar del que somos cuando estamos con nuestros semejantes. Pero esta soledad, la de la montaña nietzscheana, no es para nada un placer ocioso, sino una condena de la que no podemos escapar; aprender el lenguaje de los dioses implica ser incapaces de comunicarnos con los mortales. Quien ha entendido el mundo ya no está en el mundo. Lo mira desde afuera y los de dentro sólo escuchan su voz como un eco lejano.

Mencionamos también aquella anécdota curiosa sobre la Teoría de la Relatividad. Se le preguntó a Arthur Stanley Eddington si era cierto que sólo tres personas del mundo comprendían la teoría general de la Relatividad. Eddington respondió: “¿Quién es el tercero?”. El chiste que nos ocasiona una risa vergonzosamente culpable es una forma de ilustrar nuestro punto. Einstein llegó a la cima de una montaña que otros vislumbraban desde lejos, y volvió a contárnoslo pero ¿cuántos lo entendimos? Todavía hoy a casi cien años de que el genio polaco haya publicado su teoría, la escuchamos sólo como una especie de conjuro que no podemos comprender del todo. Ramanujan, otro matemático que tocó la cima del conocimiento apenas y pudo bajar pero nuestros contemporáneos siguen sin entenderlo. Murió luego de la guerra y todavía no sabemos muy bien si era un demente brillante o un genio enloquecido.

El problema del mundo es que lo vemos desde nuestros ojos, que no hay otra manera de acceder a él más que a través de nosotros mismos: imperfectos, tangenciales, accesorios.

Roberto es argentino y lo digo sólo porque el prejuicio contra ellos –aquél de su pedantería y su soberbia- nos viene como anillo al dedo si estamos hablando de Nietzsche. Roberto es un buen tipo y para nada un pedante, pero tampoco podemos decir que sea un sujeto modesto y humilde; de ahí que cuando le pregunté acerca del tema que estaba trabajando comenzara su diatriba contra los estúpidos y los ignorantes. Yo lo escuchaba emocionado porque estaba dándome un bello pasaje para este ensayo, y porque siempre me gusta escuchar a la gente que habla con pasión de algo que le interesa.

Para él es claro que el precio a pagar por subir la montaña es justo con tal de alejarnos de la chusma analfabeta que permanece a las faldas de su mediocridad. En ese sentido, comparto con él que siempre es mejor seguir adelante, así nos quedemos solos en el camino; el único problema es que el chusmerío ni se entera. ¿Cuántos de nosotros vivimos felices y campantes sin conocer las más elementales leyes de la física? Y claro, hay millones de personas que han conocido el amor y la desdicha sin haber leído jamás a Shakespeare. El conocimiento, para las mentes elementales, es un estorbo e, incluso, pagarían porque se lo llevaran lejos. Cuando el misántropo erudito se aleja de la manada la manada le aplaude y lo celebra. ¡Vete y llévate tu costal de papas a donde no moleste!

En el mundo actual pareciera que el conocimiento ha vuelto a tomar la delantera; que la batalla está de lado de los alpinistas que se atreven a ir hacia arriba. Pero habría que preguntarnos qué tanto de cierto hay en eso. ¿La masa se ha acercado a la cima o es que bajaron la cima a la chusma? Un planteamiento como éste no puede resolverse de manera sencilla, pero creo que la respuesta está más cercana a la segunda opción. Si tan pocos han llegado a la cima de la montaña ¿por qué no le bajamos la cima a los enanos? Hoy es difícil distinguir quién es un verdadero alpinista del conocimiento y quién sólo es un amateur que hace de la sabiduría un hobbie para el fin de semana.

Hablábamos de todo esto en un café y no podía evitar avergonzarme un poco, no por lo que decíamos, sino porque nos autodesignábamos, al hacer estas declaraciones, como auténticos eruditos que habíamos abandonado a la chusma que vivía a las faldas de la montaña. Pero entonces volteaba a ver a las otras mesas y pensaba que si nos oían ninguno de ellos creería que al decir “masa”, al hablar de “chusma”, nos referíamos a ellos; es decir, nadie al oír que hablan de los estúpidos cree que se refieren a él. El idiota siempre es el otro, y el mundo de simulación en el que estamos inmersos nos hace creer que siempre estamos en camino a la cima y no en el agujero de la mayoría.

Alberto Moravia dice que “uno pone su paraíso en el infierno de los otros”, y de igual manera hay quienes ponen su infierno en el paraíso del otro. Estúpidos, pensamos, y los estúpidos que señalamos designan a la vez a otros estúpidos que, claro, se burlan de quienes les apuntan con el dedo. No entienden nada de nada, dicen. El primer paso que debiera permitirnos dar el conocimiento es el de aceptar nuestra ignorancia, el de señalar en nuestro ojo la viga antes de señalar la paja en el del otro. Pero lamentablemente no es así.

El antisocial erudito puede bien subir realmente a la montaña para, desde ahí, apreciar aquel inmenso abismo que le falta por conocer, o puede también inventarse una montaña y subirse a aquella ilusión para saciarse con la estupidez de los otros. Hay quienes entienden el conocimiento como la necesidad de encontrar los límites de nuestra ignorancia, y los hay quienes lo practican como una pervertida forma de alimentarse de la ignorancia de los otros.

En cualquier caso Roberto, yo y B, quien también nos acompañaba, pasamos una tarde divertida contando anécdotas sobre la masa iletrada mientras, seguramente, alguien pensaba en nosotros como un trío de idiotas que no había leído bien a Nietzsche porque, vamos, Heidegger no interpretaría de manera tan simplona aquello de la montaña y claro que…

 

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