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«La libertad de expresión es de quien la trabaja»: Payán

«La libertad de expresión es de quien la trabaja»: Payán

Barcelona. “Sé que la libertad de expresión es de quien la trabaja, como la tierra que soñó Zapata”, señaló Carlos Payán Velver (DF, 1929), el periodista y director fundador de La Jornada en la emotiva ceremonia de entrega del Premio a la Libertad Expresión en Iberoamérica, que entrega cada año Casa América Catalunya. En una clase magistral de historia y periodismo, el maestro Payán recordó los difíciles años fundacionales del diario, en los que trabajó codo con codo con personajes cruciales en la historia del pensamiento crítico y el compromiso por la defensa de los derechos humanos en México, como Gabriel García Márquez, José Saramago, Francisco Toledo, Rufino Tamayo, Carmen Lira Saade y todos los periodistas que contribuyeron con su trabajo a crear un periódico que este año cumple su trigésimo primer aniversario.

Casa América Catalunya decidió reconocer la trayectoria impecable y la aportación crucial de Carlos Payán a la historia del periodismo en México en el siglo XX y de nuestros días. Este reconocimiento tiene la tradición de exaltar la labor de defensa de las libertades y del ejercicio del oficio desde una visión crítica  y  de darle voz a los que no la tienen. De ahí que ahora Carlos Payán forme parte de la lista que tiene a personalidades o instituciones como Medios para la Paz, el diario argentino Página 12, la organización no gubernamental Reporteros sin Fronteras, la reportera mexicana Lydia Cacho, el escritor Sergio González Rodríguez y el periodista nicaragüense Carlos Fernández Chamorro, entre otros.

Payán, quien desde hace un tiempo vive junto a su mujer, la escritora colombiana Laura Restrepo, en un pueblo de los Pirineos, Ripoll, enarboló con su voz firme y rotunda un discurso claro que tituló “Sobre las dificultades del oficio”.  Y en el que, en unas cuantas páginas, desplegó algunos pasajes de su singular biografía, pero sobre todo los principales aprendizajes que le ha dejado el periodismo. De hecho destacó que en su vida las dos decisiones más importantes que había tomado eran afiliarse y pertenecer al Partido Comunista Mexicano y abandonar la toga de abogado para cambiarla por la libreta y la pluma del periodista avieso e incisivo en el que se convirtió en poco tiempo.

Para abrir boca compartió una de las muchas lecciones que le dio la profesión y haber estado durando 12 años al frente de La Jornada, hasta que en 1996 cedió al testigo a la actual directora, Carmen Lira: “Uno de los enemigos principales de la libertad de expresión y de su correlativo, la libertad de prensa, es la presión que ejerce el poder gubernamental desde sus diversas instancias”.

Y tras citar una trilogía de episodios curiosos de la historia de México también habló de lo que ocurre en nuestros días, para lo que recordó el caso del despido de Carmen Aristegui  de la empresa MVS por las presiones del poder público.

Otra dificultad que enfrente el periodismo, según Payán, es la “presión de la Iglesia” católica y sus jerarcas, que lo mismo se han opuesto de forma furibunda a la aprobación de leyes de interrupción voluntaria del embarazo que han estrechado un cerco de boicot de publicidad a los medios de comunicación que publicasen noticias polémicas sobre sus líderes espirituales, como ocurrió con el caso del fundador de Los Legionarios de Cristo, Marcial Maciel, cuando desde La Jornadase denunciaron los casos de abuso de menores.

Payán, que vivió con emoción el cálido homenaje de la institución catalana, también advirtió de las “presiones” de los empresarios: “Hay que saber que cuando los empresarios hablan de libertad de expresión, en realidad están hablando de libertad de empresa. Para ellos, sólo es libertad de expresión la que defiende sus intereses económicos y la ideología que los sustenta. No hay que olvidar que en la inmensa mayoría de los casos, los periódicos, y ni se diga ya la televisión, sonpropiedad de empresarios, y no de periodistas. Por tanto, de entrada los medios están copados, o coptados. Tienen dueño, y ese dueño tiene intereses particulares, y utiliza el medio a su favor. Es más, justamente para eso lo tiene”.

Pero también recordó su peculiar relación con Carlos Slim, a quien conoció mucho antes de que se convirtiera en uno de los hombres más ricos del planeta. “Cuando lo conocí, hace ya un chingo de años, no era tan millonario como ahora, y llegamos a ser grandes amigos. Desde el principio me pareció que el hombre poseía el más agudo sentido común que yo había visto. Un día cenando juntos me dijo, Oye, tocayo, tu periódico tiene muy poca publicidad. Es cierto, le dije, el gobierno y los empresarios nos bloquean. Entonces me preguntó, ¿aceptarías que te enviara una? Le dije que sí, y empezó a enviarme regularmente avisos de una llantera que poseía. Me dijo: cuando los demás empresarios de llanteras vean esto, pensarán, Slim lo hizo apoyándose en un buen estudio de mercadeo, y van a empezar a enviarte publicidad ellos también. Así fue, efectivamente. A partir de entonces, Slim nunca dejó de apoyar al periódico, pese a la presión del gobierno para no lo hiciera, y pese a que los contenidos del diario no eran propiamente afines con su ideología”.

Y, acto seguido, Payán recordó la impronta y esencial aportación en la historia del periódico de personajes como Eduardo Galeano, Gabriel García Márquez, José Saramago, Francisco Toledo y Rufino Tamayo, entre otros.

El director fundador de La Jornada también se refirió a la amenaza que supone para el periodismo en México la connivencia entre narcotraficantes y mafias con las instituciones públicas. Advirtió que 30 años después del asesinato de Manuel Buendía -acribillado antes de desvelar una lista de figuras públicas relacionadas con el narcotráfico- “el crimen organizado campea por casi todas las regiones del país, amparado con freuencia por las autoridades”.

Y ahí tuvo unas palabras de recuerdo y de denuncia sobre el caso de los 43 estudiantes normalistas de Ayotzinapa. Advirtió que “en este universo, en el que la democracia ha pasado a ser un espejismo, o un autoengaño, me atrevo a preguntar dónde existirá realmente esa libertad de expresión de la que hablamos. ¿Existe, o no pasa de ser un desideratum? O quizás un comodín. Porque cuando tratamos de defenderla, ¿qué estamos defendiendo?”

Payán añadió que tras su largo recorrido por la vida le quedan “intactas” sus “convicciones profundas” y las enumeró: Que los medios deben de tener un código de conducta periodística ceñido a una ética estricta; no se debe ejercer el derecho a la libertad de expresión para calumniar, mentir, injuriar o denigrar, pues con ello solo la dejamos caer en el vacío; la libertad de expresión sólo existe como parodia allí donde se violan los demás derechos humanos; no olvidar que un periódico es producto de un quehacer colectivo; y estar del lado de las víctimas, de los ofendidos y humillados, de los pobres de la tierra, de los indefensos.

Remató su reflexión con una deliberación sobre la verdad y la objetividad: “¡Cuidado con el uso de la palabra verdad! Pues la verdad es sospechosa. Quizá debiéramos mejor usar la palabra objetividad. Incluso a sabiendas de que ese también es un término resbaladizo y pretencioso. Debemos asumir que todo texto, todo titular, fotografía o caricatura, llevan un sesgo subjetivo. Pero aún así, debemos saber también que la subjetividad puede ser honesta. Una subjetividad honesta: esa es nuestra herramienta”.

Finalmente, Payán recordó que “dos son los hechos más importantes de mi vida: ingresar al Partido Comunista Mexicano e ingresar al periodismo, lugar este último en donde he pasado grandes momentos, aventuras intensas y por supuesto los días más felices y gratos de mi existencia. Al recibir este homenaje, quiero decir ante ustedes una cosa que tengo muy clara en medio de tantas dudas, y que para mí es una certeza moral: sé que la libertad de expresión vive en quien lucha por ella, palmo a palmo, poco a poco, o, a veces, a grades saltos, sin descanso, sin temor, tratando de evadir las  zonas de peligro. Sé que la libertad de expresión es de quien la trabaja, como la tierra que soñó Zapata”.

Después de las palabras del maestro Payán, Magú le entregó la litografía que realizó para el acto de entrega del galardón.

Antes, el periodista español Jordi Évole -que conduce y dirige el programa de televisión más crítico y con más éxito del país- elogió a Payán y a La Jornada, y reconoció que “estar aquí es una buena cura humildad, pues uno se siente muy pequeñito frente a un grande como es Carlos Payán”.

Mientras que Antoni Traveria, director de Casa América Catalunya, celebró que se reconozca la trayectoria de un periodista que es “referencia en México y en América Latina” y quien siempre ha estado al lago de los indefensos y de los que no tienen voz, como prueba de su infatigable afán de construir una sociedad más justa y más democrática.

Discurso íntegro de Carlos Payán

Sobre las dificultades del oficio

Durante los años que dediqué  al ejercicio del periodismo, los mejores de mi vida,  aprendí que había que destacar cuáles eran las presiones que había que enfrentar para llevar a cabo esta tarea, y tener desde el principio muy claro quién o quienes tratarían de obstaculizar su desempeño.

EN PRIMER LUGAR, LA PRESIÓN DEL PODER GUBERNAMENTAL

Uno de los enemigos principales de la libertad de expresión y de su correlativo,  la libertad de prensa,  es la  presión que ejerce  el poder gubernamental desde sus diversas instancias.

Un ejemplo de algo ocurrido a principios del siglo XX, en México, mi país.

Porfirio Díaz había gobernado la nación durante más de treinta años, cuando Francisco I Madero lo desbancó en unas elecciones. Tras tanto tiempo en el mando, Díaz se fue al extranjeroen un barco llamado Ipiranga.

A poco, el ejército porfirista, que había quedado intacto y del cual estaba al frente el comandante de las Fuerzas Armadas Victoriano Huerta, se levantó en armas, derrocó al Presidente Madero y lo llevó vivo, junto con el vicepresidente José María Pino Suárez, a la Prisión de Lecumberri, donde ambos fueron asesinados.

La viuda de Madero quiso ver el cadáver de su marido. Primero le negaron esa posibilidad, y luego le dijeron que si, que se hiciera presente al día siguiente, a la una de la tarde.

Por las calles de la ciudad de México, los voceadores de prensa ofrecieron un periódico que anunciaba que la viuda del Presidente Madero se había suicidado frente al cadáver de su marido.

Ella, entre tanto, preparaba en su casa la maleta para salir del país.

¿Qué había sucedido? Que sus amigos y familiares le habían aconsejado que no acudiera a la cita, porque la podían matar. Luego de muchos ruegos la convencieron, y ella no se presentó.

La versión del suicidio había sido anticipada por el gobierno golpista para encubrir el crimen que planeaba realizar. El periódico lo dio por hecho y difundió la noticia. Nunca la desmintió, como tampoco lo hicieron los demás diarios.

Poco tiempo después, el senador Belisario Domínguez denunció ante el Senado de la República la manipulación de la información con respecto a los crímenes cometidos por el gobierno usurpador, y el silencio cómplice de los medios. El general Victoriano Huerta, quien había dado el golpe, mandó apresar a Domínguez. Como castigo ejemplarizante, le cortaron la lengua y lo mataron. Acto seguido, Huerta disolvió el Senado y apresó a cuarenta legisladores.

La vida da vueltas. Décadas después, tuve oportunidad de conocer al arquitecto Oscar Urrutia, mexicano e hijo del médico a quien Huerta le encargó la tarea de cortarle la lengua a Domínguez. El arquitecto Urrutia siempre estuvo atormentado por esta acción de su padre, que lo perseguía como una sombra y no le permitía asumir su propio destino. Tratando deapagar la luz negra de ese crimen del pasado, se impuso el exilio y se vino a vivir a España.

Sigue rodando el planeta Tierra. Tiempo después, en 1954, el Partido Revolucionario Institucional –PRI- desde el gobierno de la República, establece  el otorgamiento, cada año,  de la Medalla Belisario Domínguez a quienes hayan hecho suya la lucha ejemplar por la democracia y la libertad de expresión. Vaya ironía. Nadie sabe para quien trabaja. Qué diría la lengua de Domínguez, si supiera que recurre a ella un nuevo poder, que hace de su acción diaria el encubrimiento de la verdad.

Para arriba o para abajo en la historia de mi País, se puede establecer esa constante perniciosa que por supuesto continúa hasta esta fecha.

Hace apenas unos meses, a la periodista mexicana Carmen Aristegui, quien cuenta con una enorme audiencia, la despidieron de la empresa televisiva en la que trabajaba con un pretexto burocrático. ¿La verdadera razón? Presión delGobierno sobre la empresa televisiva, por un reportaje de Carmen sobre la mansión espectacular que le habría regalado a Enrique Peña Nieto, Presidente de la República, una cierta empresa constructora, que había obtenido la licencia para una red de trenes de alta velocidad, entre otras concesiones del gobierno.

OTRA DIFICULTAD: LA PRESIÓN DE LA IGLESIA

Va una historia  enloquecida:

Hace un par de años, en dos estados de la República mexicana, los respectivos Congresos aprobaron sendas leyes sobre el aborto. Indignados, los Obispos de esas localidades montaron la de Dios es Cristo y advirtieron a su grey y a los legisladores que si no echaban para atrás esas leyes, serían excomulgados y se consumirían en el infierno.

Perdido en ensoñaciones religiosas y temores sacros, el Estado laico se hizo cómplice de la coacción. Los legisladores convocaron nuevamente a sus Congresos y  ¡0h, Santo Cielo!, echaron abajo la aprobación del aborto, antes de que la lumbre del infierno pudiera calentarles así fuera solo los pies.

Otro caso:

El periódico La Jornada, y la propia periodista Carmen Aristegui empezaron a dar cuenta de las denuncias en contra del sacerdote Marcial Maciel, creador de Los Legionarios de Cristo, institución religiosa que en 1946 fuera bendecida por el Papa Pío XII, y que después recibió Decreto de Alabanza por parte de Pablo VI. Sobre Maciel pesaban acusaciones directas, en México y en España, de ejercer pederastia contra menores de edad que se educaban en sus instituciones, a los que engañaba con argumentos tan ruines como que necesitaba ayuda para obtener una muestra de semen para unos exámenes médicos. Ante la creciente presión en su contra, Maciel recurrió entonces a los fieles empresarios que protegían y financiaban sus proyectos millonarios, y les pidió que retiraran cualquier anuncio de sus productos que pudiera aparecer en La Jornada. Así lo hicieron en el acto.

Luego, ante una condena pública prácticamente unánime, el Vaticano retiró a Maciel de sus funciones como sacerdote, y lo recluyó en Roma.

LA PRESIÓN DE LOS EMPRESARIOS

Hay que saber que cuando los empresarios hablan de libertad de expresión, en realidad están hablando de libertad de empresa. Para ellos, sólo es libertad de expresión la que defiende sus intereses económicos y la ideología que lossustenta. No hay que olvidar que en la inmensa mayoría de los casos, los periódicos, y ni se diga ya la televisión, son propiedad de empresarios, y no de periodistas. Por tanto, de entrada los medios están copados, o coptados. Tienendueño, y ese dueño tiene intereses particulares, y utiliza el medio a su favor.

Es más, justamente para eso lo tiene.

Al respecto, paso a contar uno de los actos más aviesos que alcancé a conocer:

Otra vez en México. Un día de 1999, a las nueve horas, Paco Stanley, locutor de radio y televisión, muy conocido, del Canal 13, simpático él,  campechano, dicharachero, dado a recitarle a su querido público mañanero sus malísimos poemas con lágrimas en los ojos, fue acribillado a balazos por un sicario que le disparó desde lo alto del puente peatonal que cruza el Periférico a la altura del restaurante El Charco de las Ranas, donde el locutor salía de desayunar.

Se supo –y la investigación lo demostraría después- que ese asesinato había sido un ajuste de cuentas. Un narcotraficante y  distribuidor de droga había mandado matar a un consumidor que tenía una cuenta pendiente y no la pagaba. Ese consumidor moroso, era, precisamente, Stanley, nuestro locutor-poeta.

La empresa del Canal 13, sin embargo, lanzó enseguida su propia versión. No estaba frío el cadáver, cuando empezaron a acusar del crimen, a los cuatro vientos, al entonces Gobernador del Distrito Federal, Cuauhtemoc Cárdenas, un hombre de izquierdas al que venían atacando y a quien querían desacreditar y borrar de la arena política. ¿Qué mejor candidato a víctima del pérfido alcalde de izquierdas, que ese locutor popularísimo, inocente y perversamente asesinado?

Desde el momento del crimen, hasta altas horas de la noche, el dueño de Canal 13 salió personalmente ante las cámaras responsabilizando a Cárdenas del asesinato. El canal llegó a tener más de un 80 por ciento de rating durante esas horas, porcentaje que ninguna televisora del país había alcanzado nunca.

La campaña difamadora se abrió camino, arrasadora, y la televisora, que había invertido incontables millones en ella, no fue multada, ni llamada a cuentas.

Claro que no puedo referirme a los empresarios metiéndolos a todos en un mismo saco; no me lo perdonaría Carlos Slim, de quien se dice que es el más rico de todos, todos. Cuando lo conocí, hace ya un chingo de años, no era tan millonario como ahora, y llegamos a ser grandes amigos.

Desde el principio me pareció que el hombre poseía el más agudo sentido común que yo había visto. Un día cenando juntos me dijo, Oye, tocayo, tu periódico tiene muy poca publicidad. Es cierto, le dije, el gobierno y los empresarios nos bloquean.

Entonces me preguntó, ¿aceptarías que te enviara una? Le dije que sí, y empezó a enviarme regularmente avisos de una llantera que poseía. Me dijo: cuando los demás empresarios de llanteras vean esto, pensarán, Slim lo hizo apoyándose en un buen estudio de mercadeo, y van a empezar a enviarte publicidad ellos también. Así fue, efectivamente. A partir de entonces, Slim nunca dejó de apoyar al periódico, pese a la presión del gobierno para no lo hiciera, y pese a que los contenidos del diario no eran propiamente afines con su ideología.

Pero una cosa lleva a otra, endemoniadamente, y si he mencionado a Slim, cómo no recordar aquí a otros amigos, gentes extraordinarias con cuya ayuda y generosidad pudimos contar siempre, y sin los cuales La Jornada no hubiera podido ser.

Como nuestro querido Eduardo Galeano, recientemente fallecido, a quien desde aquí quiero hacerle un guiño, esté él ahora donde esté. Conversábamos él y yo, como tantas otras veces, en una pulquería cercana a La Jornada, llamada La Apestosa, y me preguntó si alguna vez me había tragado el gusano del mezcal. No, mano, le dije, me basta con tener que tragar sapos de vez en cuando.

También José Saramago fue amigo nuestro. Otro gran hombre que ya partió para la orilla de enfrente. A Saramago lo entrevisté en París, durante una cena con amigos, y al finalizar me dijo, gracias, Carlos, por no haberme preguntado lo que me preguntan siempre.

-Qué te preguntan siempre, José.

-Que cuál creo que es la palabra más bella.

-Y a propósito -le dije- cuál es la palabra más bella.

Y él, cruzando las piernas y echándose para atrás en su sillón, como dando por terminada la entrevista:

-Yo qué sé, Carlos, lo mismo da, pon que la más bella es la palabra pulga.

Y otro gran ausente, pero tan presente siempre en nuestros corazones y en sus prodigiosas novelas, Gabriel García Márquez. Nos estrenábamos con La Jornada montando los primeros números Cero, y García Márquez, amigo mio desde que estaba escribiendo Cien Años de Soledad, llega a visitarnos. Nos encuentra a Carmen Lira (quien ahora es directora del diario),y a mí, y nos dice:

-Ustedes están haciendo aquí un periódico como el que yo voy a hacer en Colombia.

-Para cuando, le pregunto, y él:

-Pronto, tan pronto termine de juntar el dinero. Ya junté cuatro millones de dólares pero me falta otro millón. Y ustedes, ¿cuanto tienen?

-Díselo –le pido a Carmen Lira, y ella le responde a Gabo:

-Tenemos lo suficiente para llegar a pasado mañana.

Aún así, nosotros sacamos adelante nuestro diario, y el de Gabo nunca vio la luz, pero él se mantuvo siempre cercano a nuestro proyecto.

Ya con La Jornada en plena circulación, Gabo me invita a comer a su casa. Tiene también invitada a Carmen Balcells, su agente literaria y figura legendaria. A los postres nos cuenta Gabo que acababa de regresar de Chile, donde ha podido entrevistar a Miguel Litín, que estaba clandestino en su país.

-Escribí un relato sobre eso y quiero que lo publique La Jornada –me dice Gabo.

Yo volteo a mirar a Carmen Balcells y luego a Gabriel, y les digo, pero si ustedes saben bien que nosotros no tenemos ni en que caernos muertos.

-No voy a cobrarte nada –me dice Gabo-, Carmen no tiene nada que ver en esto. Es un regalo para La Jornada.

Dos días después su reportaje salió impreso en nuestras páginas. Le llamé para agradecerle y para decirle que lo había vendido a diarios de los otros dos estados.

-Dónde te consigno los dineros de la venta –le pregunté.

-Que sean para el periódico –me dijo-. ¡O para la revolución!

También le debemos a dos pintores amigos una gran ayuda. A Rufino Tamayo, que nos regaló cien ejemplares de una litografía y Francisco Toledo que nos regaló 500 de una serigrafía. Con eso nos financiábamos cuando nos faltaba dinero. Ellos son también grandes benefactores de La Jornada.

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Y tras este saludo a amigos entrañables, y dejando de mencionar, por no alargarme, a tantos otros, volvamos al tema más arduo de las dificultades del oficio.

EL CRIMEN ORGANIZADO Y SU VÍNCULO ORGÁNICO CON EL PODER POLÍTICO, ES UNA DIFICULTAD MAYÚSCULA.

En un principio, en México las acciones de los narcotraficantes y las mafias se daban principalmente en los territorios que ocupaban en los Estados periféricos. Periodista que informaba al respecto, era periodista que amanecía muerto al otro día.

El el centro del país, la ciudad de México vino a vivirlo en carne propia cuando  en 1984 asesinaron en plena calle y de cinco tiros por la espalda al periodista Manuel Buendía. Posteriormente, su asesino aparecería a su vez asesinado, pero ya no de cinco tiros, sino de 120 puñaladas.

El día anterior, Buendía le había comentado a José Antonio Zorrilla, Jefe de la Policía Política, que estaba a punto de publicar una lista con los nombres de conocidas personalidades asociadas al narco. Zorrilla había sido el único queestaba al tanto.

Según la investigación posterior, el asesinato de Buendía fue producto de una operación conjunta de las autoridades policiacas  y el narcotráfico. Zorrilla fue a parar a la cárcel como autor intelectual.

Ahora, treinta años después, el crimen organizado campea por casi todas las regiones del país, amparado con frecuencia por las autoridades.

Todos los presentes conocemos bien el caso aterrador de los cuarenta y tres estudiantes desaparecidos recientemente en el Estado de Guerrero. Cuando fueron vistos por última vez, participaban en una protesta callejera de los normalistas, misma que el presidente municipal dio la orden de disolver, apresando a sus participantes.

Ese presidente municipal que dio la orden de arresto, emprendió la huida, posteriormente fue detenido, y hoy enfrenta acusaciones por vínculos directos con el narcotráfico.

A medida que las incontables cortinas de humo han podido ser descorridas, ha venido a saberse que los cuarenta y tres muchachos fueron detenidos y entregados por las autoridades al crimen organizado, quien los asesinó e hizo desaparecer sus cuerpos.

Sigue todavía una gran oscuridad y desinformación en torno a esas muertes, y la protesta ha sido universal. Este sea quizá el ejemplo más doloroso de lo que puede llegar a hacer el crimen organizado, cuando su socio y cómplice es la autoridad. Y sobra decir que viceversa.

Los casos se multiplican por todos lados. La periodista Lydia Cacho, mujer valiente, empezó a jalar un hilo que la condujo a destapar toda una red de gobernadores y otras autoridades del país que abusaban de niños con fines sexuales. Detrás de esas figuras públicas, operaba la mafia de la prostitución y la pornografía infantiles. A raíz de sus denuncias y señalamientos con nombre propio, Lydia Cacho fue amenazada, acorralada y detenida.

Existe una conversación grabada entre dos gobernadores que se refieren a ella, y en la cual uno le dice al otro: “Ahí deténmela. Dale una lección a esa cabrona”. Solo la protesta extendida por todo el país, y liderada por organizaciones de derechos humanos, logró sacarla de la cárcel y seguramente salvarla de la muerte.

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Todos los días, en su propio afán, cada periodista carga sobre sus espaldas los peligros que debe aprender a sortear, y los halagos y prebendas con los que no se dejará comprar. Puedo decirles a ustedes esta noche, que el periodismo, cuando es honesto y va en serio, es una profesión de alto riesgo. Como puede ser la de un minero que baja a las profundidades de un socavón.

No quiero dejar pasar la ocasión de mencionar a uno de los personajes que más admiro, el juez Giovanni Falcone, siciliano, el hombre que por primera vez logró desmantelar seriamente a la mafia italiana. En una ocasión fueentrevistado por una periodista francesa, quien le pidió explicaciones de una gran contradicción. Usted, le dijo, es un paladín contra la corrupción, y sin embargo, como juez, trabaja para el Estado italiano, uno de los más corruptos que existen. A lo cual Falcone le respondió, tras meditarlo un poco. Mire, le dijo, yo trabajo para el Estado, porque todos necesitamos una trinchera tras la cual apertrecharnos para emprender nuestra labor. Por lo pronto ando investigando y encarcelando a la mafia, pero ya voy llegando al punto en que la mafia se entrevera con el Estado. Cuando llegue a ese punto, el Estado para el cual trabajo me mandará matar.

Sus palabras se cumplieron el 23 de mayo de 1992, fecha de su asesinato. Pero su vida será recordada como enseñanza de lo que debe ser el empeño de un hombre justo contra la trinca del crimen organizado y el crimen oficial.

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Sé, y ustedes lo saben también, que he contado apenas unos cuantos ejemplos de lo que ha pasado y pasa en mi país. Hace unos días, un gran amigo que hoy está aquí presente, Magú,  caricaturista de La Jornada y compañero fiel en esteempeño de toda una vida, me dice en un correo de México: Te escribo, querido Maestro, desde este país ensangrentado. Bien lo dices, Magú, el nuestro es un país ensangrentado; en eso lo ha convertido el mismo tipo de contubernio criminal que asesinó a Falcone.

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Me hago ahora, y les hago a Ustedes, una pregunta bien pertinente, creo, hoy y aquí, en este país que en días pasados ha dado tan vigorosa muestra de querer avanzar hacia una democracia que merezca llevar dicho nombre.

En este universo, en el que la democracia ha pasado a ser un espejismo, o un autoengaño, me atrevo a preguntar dónde existirá realmente esa libertad de expresión de la que hablamos. ¿Existe, o no pasa de ser un desideratum? O quizás un comodín. Porque cuando tratamos de defenderla, ¿qué estamos defendiendo?

No dejo de pensar cuál es su exacta dimensión, y  si en su búsqueda y defensa como derecho inalienable, no hemos terminado por trivializarla y vaciarla de contenido, como hace todo aquel que la esgrime para difamar, para ocultar, para enriquecerse, para justificar el abuso de la fuerza o del poder.

Y paro ahí para no mencionar grandes atropelladores de los derechos de las gentes, que recientemente han encabezado manifestaciones a favor de la libertad de expresión.

Confieso que  no tengo respuestas precisas para este atolladero. Es más, ya va quedando poco de mi memoria. Tengan en cuenta que me retiré del periodismo hace ya dieciocho largos años. Me quedan sí, intactas, las convicciones profundas. Las lecciones más hondas que aprendí durante el ejercicio del oficio. Me gustaría enunciarles las que a mi entender, son y seguirán siendo las básicas.

Creo que los medios deben de tener un código de conducta periodística ceñido a una ética estricta, que recorra de arriba abajo la tarea,  a manera de guía y coraza protectora, que sea ampliamente conocida y compartida tanto por losperiodistas como por los lectores. Sólo este código hará posible saber a ciencia cierta si se están cumpliendo, o no, las normas prefijadas.

No se debe ejercer el derecho a la libertad de expresión para calumniar, mentir, injuriar o denigrar, pues con ello solo la dejamos caer en el vacío.

La libertad de expresión sólo existe como parodia allí donde se violan los demás derechos humanos. No olvidar que un periódico es producto de un quehacer colectivo. Estar del lado de las víctimas, de los ofendidos y humillados, de los pobres de la tierra, de los indefensos.

Ahí donde hay violencia, ahí debe hacerse presente el periodista, sabiendo que con su información podrá hacer retroceder la barbarie.

El periodista no debe estar contra el Gobierno, pero sí ser siempre independiente de él, enfrentándolo, alzando una voz crítica.

Una premisa clave: ¡cuidado con el uso de la palabra verdad! Pues la verdad es sospechosa. Quizá debiéramos mejor usar la palabra objetividad. Incluso a sabiendas de que ese también es un término resbaladizo y pretencioso.

Debemos asumir que todo texto, todo titular, fotografía o caricatura, llevan un sesgo subjetivo. Pero aún así, debemos saber también que la subjetividad puede ser honesta. Una subjetividad honesta: esa es nuestra herramienta.

El periodista debe asumir que la profesión que ejerce, es de alto riesgo.

A estas alturas se preguntarán ustedes si yo personalmente fui víctima de la violencia contra la prensa, y aquí me refiero a violencia física. Pues sí, y no. Y aquí voy a hacer un paréntesis, tómenlo como anécdotas para alivianar esta charla, que ya empieza a ponerse pesada.

De cuando en cuando recibíamos en el diario avisos telefónicos de que nos habían puesto una bomba en la redacción. Entonces, había que desalojar el edificio y ejecutar todo el procedimiento de seguridad, pero nunca encontramos tal bomba. Con el tiempo ya ni le poníamos atención a ese tipo de amenazas, y seguíamos trabajando como si tal. Fui sujeto de cuatro atentados: Dos a la llegada a mi casa, a la media noche, con persecución de automóviles y toda la película. Otro, al medio día, durante la visita que le hacía a un amigo. El último por la carretera. De todos ellos salí bien librado, en buena medida gracias a mi guardaespaldas. Luego les hablaré de él.

Sobre estos asaltos, siempre consideré que habían sido intentados por el hampa urbana, sin conexión política. Policías seguramente, quizá trabajando horas extras en su día de descanso.

Un buen día, o no tan bueno, hacia las doce horas llegó  a mi oficina un esplendido ramo de flores. Me lo entregaron,  y en el pequeño sobre venía una tarjeta que decía: “Hoy te mueres.”

Las flores las mandé poner en un jarrón; al fin de cuentas las pobres no tenían la culpa. Y no hice más al respecto. Pero el asunto causó revuelo y trascendió fuera del periódico, así que a poco me llamó por teléfono el entonces Presidente de la República, Carlos Salinas de Gortari, a quien La Jornada venía criticando sistemáticamente. Quería preguntarme qué había pasado y qué pensaba hacer.

Le dije que no había pasado nada y que no iba a hacer nada.

-Por qué no? -quiso saber Salinas.

-Porque no es contra mí.

-¿Entonces contra quién?

Y le dije, yo creo que es contra Usted, Presidente. Alguien quiere que el periódico diga a ocho columnas que su director ha sido amenazado de muerte, y se pueda inferir que el gobierno es el autor.

-Es probable, pero no vaya a ser la de malas y esté usted equivocado, me dijo él, y mandó  ponerme unos guardaespaldas.

Uno de ellos, llamado Rubio, se quedó trabajando permanentemente conmigo, y fue mi salvador en los atentados que siguieron. Eran tan asombrosos los capítulos de su vida que me contaba durante los largos recorridos en coche, que lo animé a dejarlos por escrito. Hoy día se ha convertido en novelista, y ha publicado una excelente y espeluznante novela,que se llama Pasito Tun Tún.

Cierro paréntesis y vámonos al remate.

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Quiero darle un abrazo a Magú, por la extraordinaria caricatura en la que me ha mostrado sorteando obstáculos, clavos, objetos cortopunzantes, dientes afilados. Bien sabe él que mucho de eso hubo en el camino de nuestra tarea conjunta.

Quiero agradecerle la presencia a Jordi Évole, encarnación de lo que el periodismo debe tener de vigoroso, de audaz, de contestatario. No puedo dejar de mencionar aquí a Laura, porque ella ha sido, y es, mi mejor realidad, mi mejor sueño.

Y quiero decirle a Usted, estimado Antoni Travería, Director General  de la Casa de América de Catalunya, que estoy profundamente agradecido por la distinción de la que hoy soy objeto por parte de esta Casa, que es nuestra casa, el lugar de encuentro de latinoamericanos, españoles, catalanes. Se lo agradezco sobre todo porque yo soy un caso extraño, que llegó al periodismo tardíamente.

Yo venía del comunismo, al que me había incorporado en 1958, cuando la huelga ferrocarrilera en mi país.

De esa organización, el comunismo, aprendí a manejar mi vida en una ética que siempre, hasta la fecha, he venido profesando. Ahora ya a pocos les late el corazón con la idea del comunismo, pero a mediados del siglo pasado, un historiador escribió que en esa época solo NO eran comunistas los que no tenían corazón.

Íbamos a cambiar el mundo. Ahora sé que estábamos equivocados… pero también sé que teníamos la razón.

Dos son los hechos más importantes de mi vida: ingresar al Partido Comunista Mexicano e ingresar al periodismo, lugar este último en donde he pasado grandes momentos, aventuras intensas y por supuesto los días más felices y gratos de mi existencia.

Al recibir este homenaje, quiero decir ante ustedes una cosa que tengo muy clara en medio de tantas dudas, y que para mí es una certeza moral: sé que la libertad de expresión vive en quien lucha por ella, palmo a palmo, poco a poco, o, a veces, a grades saltos, sin descanso, sin temor, tratando de evadir las  zonas de peligro.

Sé que la libertad de expresión es de quien la trabaja, como la tierra que soñó Zapata.

Muchas, muchas gracias

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