Subjetivaciones rockeras / De rock y solemnidades

Subjetivaciones rockeras / De rock y solemnidades

Mencioné en mi participación anterior que el rock es como un puente entre lo “culturoso” y lo Cultural, y que este último ámbito, aunque es elitista, no es hermético ni reservado única y exclusivamente a encumbrados o a mentes privilegiadas, nada más absurdo que eso; incluso creo que es más democrático que el primero, o sea, que el “culturoso”. Ahora, ofrezco de antemano una disculpa porque tal vez la precisión que voy a hacer está de más, pero no la quiero dejar de lado: Cultura no es sinónimo de arte. La primera pertenece a un ámbito más amplio, aunque suele referirse a formas, usos y costumbres de sectores sociales específicos, mientras que el arte es, junto a la ciencia y la reflexión, una de las expresiones más elevada de cualquier cultura.

Yo me atrevo a decir que el género musical que me ocupa en este espacio es cultural, porque la inmensa mayoría de sus creaciones se dan en un determinado contexto o responden a una situación o fenómeno específico; además, cuando el rock es genuino, procura alejarse de frivolidades y complacencias, y opta más bien por la honestidad, independientemente de lo rasposa que pueda llegar a ser; tampoco podemos negar que el rock es una manifestación artística, y que aunque en algunas ocasiones reproduce expresiones que, podríamos decir, están un tanto alejadas de las más refinadas y sofisticadas demostraciones del arte, también hay obras con la complejidad y elaboración al nivel de las más excelsas creaciones, con la capacidad de provocar las más fascinantes experiencias estéticas.

Es cierto también que, en la inmensa mayoría de los casos (porque siempre hay sus honrosas excepciones), quienes comienzan a escuchar rock no entran de inmediato a los estilos más sofisticados como el jazz rock o el progresivo, sino que uno se va acercando de manera paulatina; cuando la fascinación por el rock es plena y fenoménica, la curiosidad y el deseo de conocer su diverso mundo propician que un estilo nos vaya llevando a otro. Me atrevo a decir (por experiencia propia) que cuando por fin llegamos a disfrutar plenamente lo que la mayoría de los conocedores consideran como las cúspides del rock, nuestros oídos han logrado una educación y un nivel de exigencia tal que piden conocer otras formas de hacer música con esa misma complejidad y sofisticación. Es a partir de entonces que algunos comienzan a indagar por géneros como el jazz o la música de concierto. Es en este punto donde toca su otro extremo ese puente que (analógica, aunque no necesariamente) es el rock.

Hay que aceptar también que el camino mencionado que nos ofrece el rock es, por decirlo de alguna manera, menos complicado que el que ofrecen otros géneros musicales o expresiones artísticas, quizá porque el rock no tiene el menor empacho en expresar hasta los sentimientos y situaciones más cotidianos sin la más mínima complicación, y porque no exige nada más que un gusto sincero. En otros entornos artísticos, existen ciertas normas no escritas que se asumen con el hábito o con un conocimiento previo, por ejemplo, el hecho de no aplaudir entre los movimientos de una obra sinfónica o el no toser o hacer ruido a la mitad de algún movimiento. Protocolos que si bien, a muchos les parece de lo más normal, también pueden resultar incómodos o hasta chocantes a quienes no tienen mucha relación con ese tipo de actividades. El detalle es que estas muestras de respeto, estas formas de conducirse son también las que impiden que esas expresiones artísticas, que pueden resultar tan íntimamente gratificantes, lleguen a una mayor audiencia, especialmente a niños y jóvenes.

Por esa solemnidad anteriormente mencionada, fue que me llamó la atención el festival londinense Proms de Bristol, en el que se ofrece un programa conformado por grandes obras de concierto que van del Mesías, de Handel, al polémico 4’33, de John Cage, pero en un ambiente totalmente desenfadado. Allí podemos ver secuencias de luces láser, pantallas gigantes, el público puede acercarse al pie de la boca del escenario e interactuar con los músicos, bailar y aplaudir cuando lo desee, copiando el formato de un concierto de rock y sin dejar de lado su toque didáctico; todo eso, con el propósito de allegarse un público no sólo más joven, sino más jovial y menos convencional. En los conciertos y recitales también son invitados músicos rockeros y de estilos electrónicos, quienes hacen sus respectivos aportes.

Dicho festival va en su segunda edición, pero ha contado con muy buena aceptación y yo espero que se replique en otros puntos del orbe, incluido México. Lo único que espero con esta iniciativa y las similares que lleguen a realizarse es que no se banalice ni demerite el proyecto, sino que la programación siga manteniendo su gran calidad, únicamente exenta de las rígidas solemnidades que, en muchos de los casos, sólo sirven para que algunos disimulen su desconocimiento. Una sugerencia respetuosa, por si alguien tiene la intención de realizar algo similar: Mantengan el proyecto alejado del duopolio.

 

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