La patria virtual

La patria virtual

¿Quién, hace veinte años, imaginó siquiera que podríamos comunicarnos sólo con el ápice de los dedos estando aún a cientos de kilómetros de distancia y sin pronunciar palabra alguna? Difícilmente encontraremos una narración que pronostique el presente que ahora vivimos; ni Phillip K. Dick, Isaac Asimov William Gibson, Bruce Sterling, Pat Cadigan, Rudy Rucker o John Shirley compusieron semejante ficción futurista.

Cierto es que también con la nueva tecnología comunicativa, pareciera que se pierde un grado de humanización, cuando por ejemplo, en los salones de clase, en el cine, en la mesa durante las comidas, todos mantienen la cabeza abajo revisando redes sociales o mensajeándose. Sumidos en una hipnosis instantánea, las personas dividimos nuestra vida en dos partes: la real y la virtual. Aunque la línea límite entre ambas cada vez es más delgada.

Jean Baudrillard, en Cultura y simulacro, logra exponer como las sociedades actuales se rigen por la simulación pues “ya no es más que algo operativo que ni siquiera es real puesto que nada imaginario lo envuelve”, a lo que él llama hiperrealismo, que es el estado en el que la realidad sólo es importante en el sentido de referencia.

 

El éxodo al país del simulacro

Dice Baudrillard que “disimular es fingir no tener lo que se tiene. Simular es fingir tener lo que no se tiene”. Sin embargo, la cuestión se problematiza cuando apunta que al fingir lo hacemos real, al menos para el espectador, quien al entenderlo así, tomará postura al respecto.

Ahora bien, en la vida virtual, el humano puede ser y tener todo cuanto desee. Observemos los perfiles de cualquier usuario de Facebook y encontraremos que, en ese, su propio universo, todo gira en torno a él, a sus opiniones, preferencias y demás egolatrías. Los demás sólo somos espectadores. En un fenómeno que la sociología ha llamado la “colonización del Yo”, nos desarrollamos en el ciberespacio con personalidades que muchas veces distan de lo que fuera de la red somos.

Es por esta y otras razones que en países como México, es comprensible que se prefiera la vida virtual a la real. La fuga al mundo de las apariencias es, por mucho, la mejor opción. En el país real no se tiene ni voz ni voto ni  la menor importancia; es un lugar devastador y desesperanzador, donde el ego de cada quien es valorado sólo por el nivel económico demostrable… Lo cual la gran mayoría no tiene.

 

El cambio del mundo

En el párrafo séptimo del artículo 197 de la iniciativa de leyes secundarias en telecomunicaciones se indica que los concesionarios deberán “bloquear, inhibir o anular de manera temporal las señales de telecomunicaciones en eventos y lugares críticos para la seguridad pública y nacional a solicitud de las autoridades competentes”, lo cual desencadenó un rechazo total por parte de una gran parte de la población mexicana y se manifestó en Internet.

Por otro lado también hay casos aislados que se mantienen si no a favor de la Ley Telecom, sí en contra de las manifestaciones. Se podían leer comentarios en las redes sociales como “imagina un país sin güeyes cambiando el mundo en tiempo real a través de las redes”, y aunque es obvio el tono sarcástico, tiene algo de poético.

Es verdad, ese espacio es ególatra, casi ilusorio pero a la vez infinito y el único en el que existe libertad de expresión sin exponerse a violencia física. Es natural defender esa otra patria intacta, en la que aún hay la posibilidad de un tipo de libertad, hedonista si se quiere, pero a fin de cuentas libertad. Si no hay un deseo de cambiar al mundo, aunque sea desde ahí ¿qué nos queda?

En los últimos años, el uso de las redes sociales ha favorecido a la difusión de procesos violentos, como por ejemplo, el caso de Egipto durante un enfrentamiento en la Plaza de la Libertad, en Cairo, que desencadenó versiones encontradas del ataque militar contra civiles; jóvenes subieron videos que demostraron, sin necesidad de entender aquel lejano lenguaje, la prepotencia.

El medio virtual en países en los que la violencia pasiva y activa es la lengua que más se habla, ha jugado un papel indispensable y se comprueba con los numerosos intentos que se tienen para controlarlo, y sin embargo, parece cobrar mayor fuerza; de alguna forma es una delicada unión entre las personas.

Baudrillard habla de que el simulacro ha suplantado a la realidad y que ya no es posible hacer un acto inverso, porque la realidad ya no existe, sin embargo, es necesario hacer conciencia de que ambas situaciones son importantes hoy en día, y seguramente, en algún punto se logra hacer que la simulación sea un acto real en el sentido de que tiene una función mucho más palpable de lo que se cree: Expresar, denunciar, demostrar.

“Cambiar al mundo” es una expresión que quizá, ya sea obsoleta, pues el mundo ha cambiado tanto que tiene ahora una versión digital, susceptible de ser actualizada cada segundo. Pero la frase cobra otro sentido cuando lo planteamos en “cambiar con el Mundo”, es decir, ser parte de esa revolución. ■

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