12.8 C
Zacatecas
lunes, 4 marzo, 2024
spot_img

No aceptamos propaganda religiosa

Más Leídas

- Publicidad -

Por: DANIEL ESPARTACO SÁNCHEZ •

La Gualdra 600 / Literatura

- Publicidad -

 

 

—Hola, te traemos buenas noticias —así te lo decían, como si tuviéramos que ponernos a bailar ahí mismo, como David frente al Arca de la Alianza—, ¿sabías que Jesús, el hijo de Dios, murió por todos nosotros para salvarnos de la muerte?

Y si en ese momento resultaba que mi hermana Inessa y yo estábamos solos en casa, dos señoras mitad vendedoras de enciclopedia, mitad kamikazes, se acomodaban en el sillón para contarnos las buenas nuevas y empollar el huevo de nuestra salvación. Dos almas inocentes ganadas al Maligno para exasperación de mi padre, cuando llegaba del mandado, después de salir del trabajo, en su Renault 12, cargado con bolsas de papel. Las señoras le preguntaban a qué religión pertenecía nuestra familia y les respondía que nosotros éramos librepensadores. Porque no podía evitar enfrascarse en largas discusiones con ellas acerca de la existencia de Dios y la veracidad de la Biblia, puros cuentos chinos, decía. A mí me parecía comprensible que le irritasen tanto aquellas mujeres pulcras y amables, porque para entonces mi padre ya había perdido su puesto en la fábrica de pantalones de mezclilla, en el departamento de contabilidad, donde había trabajado durante diez años, de manera sobrecalificada, como él decía, pues, aunque no sabía programar la videocasetera y me pedía que lo hiciera por él, se había graduado con las mejores notas de la Facultad de Economía, en la Ciudad de México. Una carrera que no servía para nada, nos decía, y que era imposible ejercer en aquel pueblo perdido en el culo del mundo. Mi padre, que había soñado con estudiar en el extranjero, Moscú, Londres, ahora estaba ahí, alimentando a una familia, se quejaba todo el tiempo. Por suerte, o para su mala suerte, había estudiado contabilidad en una secundaria técnica y gracias a eso podía traer el pollo a casa. Así lo decía, aunque no siempre llegara con un pollo a la casa. Y vaya que se rompía el lomo, tenía además algunos clientes fuera de la fábrica, recuerdo a un dentista y a un abogado. Pasaba las noches frente a sus libros de contabilidad y se quejaba de los amigos que querían que les hiciera gratis la declaración de Hacienda. Se había quedado canoso de manera prematura, a los treinta y tantos años.

—¿Cuántas veces les he dicho que no le abran la puerta a esas fanáticas? —nos recriminaba, refiriéndose a las testigos de Jehová.

Y como ya estaba harto de enfrascarse en discusiones estériles con esas mujeres, mandó imprimir un engomado con la leyenda “Este hogar es librepensador, no aceptamos propaganda religiosa”. Estaba muy orgulloso de la idea, una parodia del “Este hogar es católico, no aceptamos propaganda protestante” que uno veía pegado en las ventanas de los vecinos. Abajo de esta frase, con letras más pequeñas y entre paréntesis, agregó: “La religión es el suspiro de la criatura oprimida”. Pero el engomado no cumplió con el objetivo. Por el contrario, las testigos de Jehová se lo tomaron de manera personal y comenzaron a llegar en oleadas salvajes, como en aquel documental que una vez pasaron en la televisión, en donde te explicaban por medio de un mapa cómo fue que cayó el imperio romano. Llegaban una y otra vez, pues mi hermana y yo éramos un trofeo difícil de ignorar para aquellas mujeres de faldas largas, bien aseadas, con folletos a color impresos en los Estados Unidos —La Atalaya y ¡Despertad!—, cuya tinta olía muy bien, y cuyos titulares eran preguntas no del todo impertinentes, o al menos así me lo parecía  —“¿Está el mundo fuera de control?”, “¿Qué encierra el futuro?”—, y que nos arrojaban por debajo de la puerta como si fueran granadas de mano.

Ya en ese tiempo, mi padre ya actuaba de una manera inusual. Comenzó a padecer de insomnio y a tomar pastillas para dormir. Por las mañanas, al despertar, le costaba trabajo incorporarse al mundo de los vivos. Se quedaba sentado en la cama, mirando hacia la pared, antes de prepararnos el desayuno, mientras mi madre se maquillaba para ir a trabajar. Los fines de semana nuestras salidas, aparte del cine y comer en un restaurante, consistían en recorrer en el Renault 12 los vecindarios en donde hasta entonces había vivido la gente rica, que ya comenzaba a mudarse a fraccionamientos más exclusivos a las afueras de la ciudad. Eran grandes casonas de estilo colonial California, nos explicaba mi padre, de fachadas blancas y jardines extensos, tejas rojas y grandes ventanales alrededor de la escalera. A mi hermana y a mí nos gustaba mirar las decoraciones de Halloween y Navidad, la manera en que sus habitantes parecían competir con los vecinos por los adornos más ostentosos. Nos gustaba en especial una casa en donde los dueños colocaban un nacimiento enorme, casi a escala humana, con la Sagrada Familia, los reyes magos, multitud de pastores y toda clase de animales inverosímiles para la Palestina del año cero, porque aparte del elefante de Melchor y el camello de Gaspar, había jirafas, hipopótamos, monos, tigres de bengala, etcétera. Ya habían pasado las festividades y un sábado por la tarde nos dimos cuenta de que en lugar del nacimiento había un letrero de venta fijado en la fachada.

Mi padre ya había detenido el Renault.

—¿Qué pasa? —le preguntó mi madre, pero su esposo ya estaba de pie ante la puerta, el dedo índice en el botón del timbre.

—¿No quieren conocer cómo es por dentro? —nos gritó.

—¡Sí! —dijo Inessa, mi hermana, la entusiasta, y mi madre y yo no tuvimos más remedio que bajarnos, algo que me resultó, no sé por qué, embarazoso, tal vez porque no teníamos dinero para pagar una casa de ese tamaño. Mi padre con frecuencia hacía referencia a los años que faltaban para terminar de pagar el lugar donde vivíamos, construido por el Estado, de ladrillos rojos, dos habitaciones, caliente como un horno en verano y frío como un congelador en invierno.

Nos abrió un hombre de aspecto pulcro y austero, moreno, de cabello gris, que vestía una camisa blanca impecable. Yo supuse que debía de ser el mayordomo, o algo así, porque los mayordomos sólo los había visto en las películas.

—Buenas tardes —se presentó mi padre—, nos interesa conocer la casa.

Daba pena verlo vestido con los jeans que se había comprado con descuento en la fábrica, y una camiseta de polo. No parecía la clase de persona que pudiera comprarse una casa de ese tamaño, pero el hombre de aspecto pulcro no pareció notarlo:

—Pasen —nos dijo con un ademán.

La casa era más bella y luminosa por dentro que por fuera, estaba vacía y nuestros pasos resonaban en el piso de madera encerado. Yo nunca había visto un piso de madera. Me maravillaron las molduras del techo del vestíbulo, de donde colgaba una araña de cristal. Una escalera helicoidal bajaba del segundo piso rodeada por los ventanales que podían verse desde afuera, aunque dentro la luz era filtrada por el verde de los árboles del jardín. Mi padre hablaba con el hombre que nos mostraba la casa y se daba aires de importancia, preguntando algunas cuestiones sobre el estado de los techos, la plomería y la instalación eléctrica.

—Mamá, ¿por qué en el baño hay dos excusados? —preguntó Inessa.

—Es un bidé —dijo mi madre, pero no quiso dar más detalles al respecto.

Y no sé cómo se volvió una costumbre, a partir de aquel sábado, entrar en aquellas casas cada vez que veíamos un letrero de venta. Nos dedicábamos a husmear cada rincón como expertos compradores e incluso a criticar abiertamente ciertos detalles.

—Creo que no está bien orientada —observaba mi madre.

—Me parece que la cocina es demasiado pequeña —decía mi hermana, aunque no fuera cierto.

—Gracias —se despedía mi padre, mientras apuntaba el teléfono que el empleado de la inmobiliaria o el mayordomo o el miembro de la familia propietaria le dictaba—, voy a consultarlo con mi esposa.

Como todo lo que hacía en la vida, apuntaba de manera metódica aquellos números de teléfono y las direcciones de las casas, como si fuera a usarlos en algún momento.

En cuanto al engomado en la ventana que decía “Este hogar es librepensador”, con el tiempo se volvió ilegible, carcomido por el sol. Y como sucede en aquel cuento de “El lobo y los siete cabritos” —donde los cabritos le piden al lobo les muestre la pata para ver si es blanca y no negra—, mi hermana y yo nos resignamos a mirar con sigilo, entre las cortinas, cada vez que llamaban a la puerta y estábamos solos, pero las testigos de Jehová tocaban el timbre una y otra vez. ¿Qué podíamos hacer? Decirles que éramos librepensadores —lo que fuera que esto signifique— sólo habría exacerbado más sus instintos misioneros. Fue Inessa, una tarde, quien encontró la solución que utilizaríamos desde ese momento para alejar a las testigos de Jehová. Cuando llamaban a la puerta y le preguntaban si había leído la Biblia, les respondía que sí, pero la Biblia judía:

—Porque en esta casa somos judíos —mentía— y leemos la Torá durante el shabat.

El truco consistía en alargar la “sh” para darle un tono aún más exótico.

—Shhhhhhhabaaat —decía ella.

Las testigos de Jehová se quedaban desconcertadas sin saber qué responder. Luego Inessa agregaba con su vocecita de niña en apariencia inocente, y con el tono pedagógico de la familia Sánchez:

—¿Sabía usted que la Torá está compuesta por los primeros cinco libros de la Biblia de ustedes los cristianos?

—…

Silencio, porque aquel “ustedes los cristianos” o “ustedes los gentiles” parecía tener un gran efecto sobre ellas.

—Lo que ustedes llaman el Antiguo Testamento.

—…

Pestañeo.

—También se le conoce como Pentateuco…

—…

Silencio. Pestañeo.

—Génesis, Éxodo, Levítico, Números…

Yo tenía que aguantarme las carcajadas detrás de la puerta. ¿De dónde habría sacado Inessa, con apenas siete años —yo tenía doce—, que la Biblia de los judíos se llamaba Torá o Pentateuco? Eso ya era gracioso de por sí, pero el rostro de las señoras en apariencia irreductibles, los folletos a manera de escudo, el cabello corto o bien agarrado en una coleta, que olían a toda clase de cremas, talco Johnson & Johnson y otros productos de limpieza, a pesar de los casi cuarenta grados y el sol del mediodía —siempre frescas por medio de la fe—, aquello sí que podía matarme de risa. Si Inessa les hubiera dicho que éramos seguidores de Baal o Moloch se lo habrían tomado con más tranquilidad.

—Ah, qué bueno —decía finalmente una de las mujeres.

¿Qué pasaría por sus cabezas? A lo mejor se imaginaban a Inessa con un tocado a lo Caifás en el Sanedrín, como en las películas en Semana Santa.

—¿Gustan pasar? —remataba Inessa.

Y les mostraba los sillones funcionales comprados con un crédito del Estado, cubiertos con un sarape de Saltillo, los guajes y los dibujos étnicos en hojas de papel amate clavados con tachuelas en la pared. No podía faltar la guitarra con la que mi madre amenizaba las reuniones con nuestros amigos librepensadores, ni su colección de máscaras chiapanecas —pues había nacido en ese estado—, obligatoria a la sazón en todo hogar que se preciara de ser librepensador.

—Que pases buenas tardes —sentenciaba una segunda mujer con una sonrisa forzada, porque ya Inessa había logrado extraerle una gota de sudor de la frente.

A lo mejor existía una especie de curso de capacitación para testigos de Jehová en donde estaban previstos aquellos escenarios posibles cada vez que llamaban a una puerta, como el McDonald’s donde años después yo tomaría un curso de capacitación. Ahí me enseñaron qué decir en caso de que un cliente se pusiera pesado, por ejemplo, pero yo creo que el curso de los testigos no decía nada sobre cómo tratar con una niña que hablaba de la Torá.

Cuando las mujeres se marchaban, Inessa cerraba la puerta para poder desternillarnos de risa. Y disfrutamos hacerlo por un tiempo hasta que nos aburrió. Volvimos al sigilo, a asomarnos por la ventana y a subirle el volumen al televisor. Ése fue el año que mi padre comenzó a firmar aquellos cheques en blanco. Dejamos de salir los fines de semana a inspeccionar las casas de la gente rica, prescindimos del cine y del restaurante. Luego unos hombres vestidos con trajes de poliéster vinieron a buscarlo por desfalco, pero él ya se había ido para siempre. No volvimos a saber de él en muchos años. Y así fue como el verdadero lobo del cuento nos mostró su garra blanqueada en harina e Inessa y yo no pudimos hacer nada para defendernos.

—Hola, ¡somos la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días!

Sí, poco después comenzaron a aparecer los misioneros de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Dos muchachos agradables con pantalones de pinzas, camisas blancas de manga corta, corbatas con broche y mochilas JanSport. Brother John y el hermano Juan. Un gringo rubio y un local moreno. Tenían su propia Biblia llamada el Libro del Mormón, pero nunca fueron tan divertidos como los testigos de Jehová.

 

 

https://issuu.com/lajornadazacatecas.com.mx/docs/lagualdra600

 

 

 

- Publicidad -

Noticias Recomendadas

Últimas Noticias

- Publicidad -spot_img
- Publicidad -spot_img