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viernes, 1 marzo, 2024
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Dos pensadores y un mundo abigarrado de símbolos [parte uno]

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Por: SIGIFREDO ESQUIVEL MARÍN •

La Gualdra 600 / Filosofía

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Cierta mirada en común

Guillermo de Conches nacido en Normandía cerca del año 1085, junto con Pedro Abelardo, fue uno de los más grandes pensadores y maestros del siglo XII; y fue uno de los más importantes representantes y animadores de la Escuela de Chartres, anticipación de la universidad moderna europea. Awy Warbourg, nacido en Hamburgo el 13 de junio del 1866, en el seno de una familia acaudalada, dejó el sitio que le correspondía en la empresa familiar a su hermano Max a cambio de una mensualidad para estudios, viajes, libros e investigaciones, iniciando así una de las colecciones más importantes de Occidente. Ambos pensadores eruditos tenían en común el amor por los libros, la colección de todo tipo de obras y la entrega al saber en todas sus manifestaciones, pero más allá de su amor infinito al saber, los une una búsqueda en común: buscar un equilibrio entre razón, pasión y fe y ver el mundo desde sus misterios arcanos, para ambos el mundo es sagrado en tanto manifestación de un ámbito trascendente. Por eso podemos equiparar al maestro de Walter Benjamin y Ernest Cassirer con ese viejo pensador medieval que escribiera Philosophia Mundi donde hace un apretado compendio del saber humanista medieval en diálogo con las sagradas escrituras, los clásicos griegos y latinos y la investigación de la naturaleza. Más allá de sus diferencias radicales, Atlas Mnemosyne de Warbourg y Philosophia Mundi de Conches buscan dar cuenta de un mundo abigarrado de símbolos y abierto al encuentro de la tradición. Ambos pensadores, sin ser equiparables, comparten cierta forma de ver el mundo como un ser animado simbólico y no como una cosa inerte.

 

Guillermo de Conches: Philosophia Mundi como espejo fiel de la creación

Hay que arrojar al cesto de basura y olvidar a todos esos manuales de filosofía que nos muestran la antigüedad como cosa superada y la Edad Media como oscurantismo y sinrazón. La historia de las ideas suele compartir una narrativa progresista que culmina en la modernidad, y en el mejor de los casos se ubica en el pasado algún antecedente de un pensador moderno. Impera una narrativa lineal heleno-germanocéntrica que culmina en el idealismo alemán y sus apostillas francesas. Empero, el pensamiento medieval no es una antigualla en desuso sino un poderoso arsenal para repensar otras formas de pensamiento que puedan equilibrar ser humano y mundo y divinidad desde perspectivas descentradas no racionalistas. Proporcionan elementos para elucidar un humanismo no antropocéntrico.

Cabe destacar la gran revolución cultural del siglo XII que genera una revitalización de la cultura, la vida cotidiana, los viajes, los encuentros entre las culturas árabes y bizantinas generando un crisol complejo de encuentros e intercambios, no exento de violencia y persecución; las cruzadas dan cuenta de esta complejidad de hibridaciones y mestizajes.

La filosofía medieval –según Calabrese y Junco, traductores de la obra magna de Conches– es el conocimiento de las cosas divinas y humanas, para los medievales el saber está orientado a saber vivir bien, esto es, una forma de sabiduría. El humanismo medieval se caracteriza por: 1) un nítido sentido de dignidad de la naturaleza humana y de la naturaleza misma, 2) el orden del mundo está abierto a la comprensión de la inteligencia del hombre.

La idea de imagen antropológica divina implica que el hombre no es Dios, pero participa de la divinidad en tanto semejante a Él. Hay autonomía de la razón humana e interdependencia respecto a Dios y el mundo; la infinitud de Dios confronta la finitud del hombre. Particularmente en autores como Pedro Abelardo y Guillermo de Conches, se destaca la comprensión simbólica de la naturaleza. La naturaleza –según la concepción medieval– resulta irreductible a toda consideración moderna de objeto o res extensa.

El pensamiento medieval tiene una concepción compleja y diversificada de la naturaleza. Dos conceptos articulan un monismo pluralista del mundo natural: Natura operans / natura optima parens: organicidad de una naturaleza autónoma e interdependiente de un orden trascendente. Dios está ahí como principio implícito cuya presencia se despliega como principio vivificante de la naturaleza. Mientras tanto la humanidad resulta ser una caja de resonancias que da continiuidad a los órdenes trascendentes e inmanentes.

En este orden de ideas cabe destacar la gran aportación de Guillermo de Conches que despliega en Philosophia Mundi una poderosa síntesis de las ideas medievales sobre casi todos los temas y problemas humanos de su tiempo. Entre ciencia, teología y filosofía, el autor desarrolla una cartografía del mundo que compendia todos los saberes existentes en una lectura unitaria, clara y concisa. El horizonte teológico funge como principio de correlación entre lo humano, el mundo y Dios. Empero razón humana y razón divina no se oponen sino que se interfecundan y espejean. La teología no es freno humano, al contrario funge como asidero antropológico en un horizonte trascendente. La visión del mundo se despliega como un hecho estético. Verdad y belleza se entrelazan en una urdimbre compacta de conocimiento: “La filosofía es la verdadera comprensión de las cosas que son y no se ven y de las que son y se ven” (Guillermo de Conches, Philosophia mundi, México, NUN, 2023, 51). Cosas corpóreas e incorpóreas, el creador y el alma del mundo, todo, absolutamente todo, cabe en Philosophia Mundi.

 

[Continúa en el siguiente número gualdreño la parte dos]

 

 

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