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lunes, 24 junio, 2024
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Sin dudas, es Claudia

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Por: LUCÍA MEDINA SUÁREZ DEL REAL •

En una cultura política donde el que respira, aspira, Claudia Sheinbaum es una bocanada de aire fresco independientemente de, si como es mi caso, se va a por votar por ella o no. 

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Y no, no me refiero a su grado académico, o a su vocación científica, ni siquiera a su género; sino a la de ser una persona que concibió la política como el terreno para cambiar el mundo de acuerdo a los ideales, y no como un escalafón profesional para vivir de cargo en cargo.

Por supuesto, no es que Claudia se haya mantenida aséptica, quejándose desde la barrera de todo lo que está mal. No, ha gobernado y ha dado forma y acción a sus ideas. 

Las practica incluso desde el siglo pasado; inició cuando era niña y tomó conciencia de la represión y la injusticia al ver a sus padres visitar presos políticos en Lecumberri, cuando escuchaba las conversaciones de sus progenitores con Valentín Campa y cuando se formó con Raúl Álvarez Garín.

Todo ello fue el caldo de cultivo de una adolescente que se involucró con cuanta lucha social la vida la cruzó, lo mismo con el movimiento de la cooperativa Pascual, que con las protestas de las madres de desaparecidos junto a doña Rosario Ibarra. 

Su historia de vida, al menos la que nos comunican sus biógrafos (Arturo Cano en particular), no es la de una individualidad heroica que vence la adversidad que le construye hasta su propia familia. 

No, ciertamente Claudia tuvo oportunidades propias de su nivel clasemediero y ello no la cegó para entender que se trataba de privilegios que había que democratizar y por los que luchó como líder estudiantil en el movimiento del 86. 

Es la historia de su vida, encontró la manera de manifestarse en medio de sus actividades personales y profesionales. Así lo atestigua su fotografía con una pancarta rechazando la visita de Carlos Salinas de Gortari a su universidad (en Estados Unidos).

Eran los tiempos que en los que la política significaba calles, y no cargaos. No fue hasta el siglo XXI cuando la recomendación de quien antes había sido su maestro la llevó al gabinete de López Obrador en la Ciudad de México, el primero integrado 50% por mujeres.

Es pues su capacidad técnica lo que le ingresa al servicio público, y de ahí luego la política en todas sus vertientes, porque mismo le ha tocado resistir en las calles, que negociar en las mesas; ser opositora, que ser gobernante. Eso sí, siempre del mismo lado, se gane o se pierda. 

En la época de “vacas flacas” Claudia, a diferencia de muchos otros, no buscó otras opciones partidistas, ni siquiera buscó una curul que la mantuviera vigente en la operación “sálvese quien pueda”. Sin problema alguno permaneció en el movimiento haciendo lo que correspondía, pero buscó el sustento en su actividad académica y científica. 

No pareciera haber en ella la amargura que dejan las derrotas ni la arrogancia que traen las victorias de quienes no entienden que tanto unas como las otras, son resultado de lo colectivo, y que todos somos nosotros y nuestras circunstancias. 

Es congruente con eso cuando asume que la posibilidad de ser la primera mujer presidenta no es el quiebre del techo de cristal ni le da a ella la condición de vanguardia feminista. Por el contrario, habla de ello como el resultado de una lucha colectiva y en congruencia con ello enfatiza que no llega ella sola, sino que lo hace con “nuestras ancestras”. 

No se me ocurren mejores manos para hacerse cargo de la siguiente fase de la cuarta transformación, un proyecto que Claudia Sheinbaum construyó desde sus bases y con el que ha mostrado congruencia y compromiso. 

Es eso lo que simpatizantes y detractores puede esperar de ella. Y no hay nada más saludable que los electores sepan que pueden esperar de sus potenciales gobernantes. 

Llegó la hora. Nos vemos en las urnas.

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