‘Inventar la palabra presencialidad’: Eduardo Casar

‘Inventar la palabra presencialidad’: Eduardo Casar
Eduardo Casar. Foto de Fernando Fernández.

La Gualdra 460 / Entrevistas / Literatura

 

 

Eduardo Casar nació el 6 de marzo de 1952 en la Ciudad de México; es doctor en letras y profesor de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Ha publicado varios libros de poesía, entre ellos: Noción de travesía, Son cerca de cien años, Caserías, Mar privado, Parva natura, Habitado por dioses personales; uno de cuentos para niños (Las aventuras de Buscoso Busquiento) y una novela (Amaneceres del Husar). Guionista de la película Gertrudis Bocanegra (1990, Dir. Ernesto Medina). Premio Nacional de Ensayo Literario José Revueltas 1976 por La producción literaria de Revueltas en su contexto histórico (en colaboración con Silvia Durán Payán, Carlos Muciño y Armando Pereira). Premio Internacional de Literatura Letras del Bicentenario “Sor Juana Inés de la Cruz” por su libro de poesía Grandes maniobras en miniatura. Premio Universidad Nacional 2015, en el campo de Creación artística y extensión de la cultura, otorgado por la UNAM. Ha sido conductor de programas culturales como “Voces interiores” (radio) y actualmente es co-conductor de “La dichosa palabra” (Canal 22).

 

Jánea Estrada Lazarín: Naciste casi al final del invierno, cuando la primavera estaba por empezar… cuéntanos cómo fue tu acercamiento primario a las letras, ¿cómo fue tu infancia? ¿Cuál es tu noción de travesía, a 68 años de haber iniciado este viaje?

Eduardo Casar: Lo que más me impresionó fue aprender a leer… eso de que los dibujitos que se llaman letras sonaran, hablaran: la realidad se me volvió audio además de visual, quiero decir la realidad de los letreros. Mi maestra que me enseñó a leer, Beatriz Bernal, todavía vive y platico con ella. Luego tuve un tío, el Ing. Alfredo González Echaragay, hermano de mi mamá, quien me prestaba libros y leí Dumas, Los Pardallain, tomos de un Sherlock Holmes apócrifo que nunca he vuelto a ver. Y como imitaba a los personajes que me caían bien fui desarrollando desplantes y actitudes y conductas de ese mundo leído. Nací en una familia con un muy fuerte sentido del humor, casi exagerado, a cargo de mi padre, médico veterinario, escéptico, ateo militante, crítico acérrimo de los lugares comunes. Y ese humor lo comparto con todos mis hermanos (2 ingenieros, 1 geólogo, 1 piloto de helicóptero) que lo poseen aunque no vivan en un mundo de letras. Luego comencé a recitar en público desde tercero de primaria y era intimidante pero muy emocionante: de ahí me viene lo escénico.

 

JEL: Tu labor en el ámbito de la poesía ha sido constante desde hace casi medio siglo; el poeta Alberto Blanco dijo hace un año en Zacatecas que cuando le preguntaban para qué servía la poesía él contestaba que “sirve para ser feliz”. Te pregunto ahora tu opinión, ¿para qué sirve la poesía, para qué la literatura, Eduardo?

EC: Coincido con Alberto en que hay un enorme placer en atinarle de vez en cuando escribes: realmente me resulta muy pero muy gozoso. Comencé a escribir poemas cuando entré a estudiar Letras para imitar a mis compañeros que me caían bien y escribían. Entré a Letras siguiendo a una amiga que fue la que en la prepa me introdujo a Cortázar y eso fue decisivo: ahí me di cuenta de que pensaba con palabras y que las palabras me hacían cosas: fue como descubrirme otro cuerpo en el cuerpo (cualquier adolescente sabrá lo que es eso). La poesía sirve para saber qué sientes y piensas y para establecer vasos comunicantes que afectan a otros y que los mueven y conmueven. La literatura te configura un mundo interior y un diálogo constante contigo mismo. La literatura es la gran cosa.

 

JEL: En las múltiples actividades que has realizado relacionadas con la literatura, has incursionado en la radio, televisión y en cine como guionista. México tiene niveles de lectura bajos en comparación con otros países, de acuerdo con tu experiencia ¿qué podemos hacer para promover que las personas lean más?

EC: Yo lo que hago es tratar de comunicar de la manera más sincera que me sale mi entusiasmo a ver si se contagia… y se contagia. Creo, por otra parte, que insistir tanto en lo chido que es leer hace que la gente se fastidie y, por el contrario, incremente más su atención a mundo audiovisual en el que vive y donde hay géneros nuevos según cada plataforma. Para ese contagio hay que salir sin cubrebocas, sin ocultar nada de lo que te parece a ti personalmente y a ver si se pega y se va creando poco a poco la necesidad de esa experiencia que es la literatura y la poesía.

 

JEL: Recuerdo ahora algunos de tus libros como Las aventuras de Buscoso Busquiento o Amaneceres del Husar, en los que se evidencia una búsqueda constante por encontrar en lo común de la condición humana, en lo más sencillo de las cosas, la esencia de la vida… ¿Consideras que, de cierta manera, vivir es como bailar?

EC: La pregunta me gusta porque siempre he parangonado la experiencia de escribir y aprender a escribir a la de aprender danza y a la del baile, en el sentido de que el aprendizaje, el ejercicio constante va creando una especie de segunda naturaleza bailadora. Los libros que citas son mis libros de prosa y ahí me pasa siempre que no puedo quedarme serio y se desenvuelven siempre con asociaciones de palabras y juegos de sentido y tratan, siempre aunque no deliberadamente, de poner en evidencia lo menso de los lugares comunes… las cosas se ven de otra manera cuando las relatas escribiéndolas… aunque a veces a los demás les resultan ininteligibles y no se sonrisan.

 

JEL: Además de todo lo que hemos mencionado, eres -de acuerdo con quienes han sido tus aumnos- un estupendo profesor, has impartido clases en la SOGEM y desde hace muchos años en la UNAM. Ante esta nueva realidad -más que nueva normalidad- ¿qué implicaciones tiene para ti, para los profesores de este país pasar de una pedagogía de “transmitir información y aprender repitiendo” a “aprender creando en la red”?

EC: Para mí el aula es un espacio de afectividad y no solamente de conocimiento intelectual: o dicho de otra manera: el conocimiento no solo es intelectual sino también emotivo, sensible… y eso se transmite escénicamente con el desenvolvimiento de todos los otros lenguajes que tiene nuestro cuerpo además de la voz. Al no haber esa interacción que se hace con los 5 sentidos esos lenguajes se aplanan o de plano se diluyen y eso es tristísimo, pero confío en que algún día pasará y volveremos a la mirada, el gesto, el desplazamiento, los tropiezos, la multilateralidad de la escena académica. Además de que volveremos enriquecidos por la nueva habilidad en otras herramientas de comunicación.

 

JEL: ¿Qué les respondes a tus alumnos cuando te dicen algo así como “Enséñeme a escribir, a hacer poesía”?

EC: Les digo que comiencen a hacerlo, a lo loco pero que comiencen, porque cuando escribes no estás solo: estás con el lenguaje: él es tu pareja en ese baile y que compartan lo que escriben con otros que les caigan bien y que también escriban: que no lo compartan con los que no les caigan bien. La literatura no es solamente escribirla ni solamente leerla sino también comentarla. Que se enamoren y le hagan poemas a su atrayente y si el poema no le causa nada que lo corrijan más y más… y si no, que se lo den a otra.

 

JEL: Son casi cien años del fallecimiento de Ramón López Velarde. Te hemos visto cantar, a ritmo de rap, “La suave patria”. Más allá de considerarlo como uno de los primeros poetas modernistas ¿cuál consideras que ha sido su influencia en la poesía contemporánea?

EC: López Velarde fue un poeta sin miedo, muy atrevido. Tiene enredadísimas metáforas de varias capas de significado. No le importaba si lo entendían del todo y eso impulsó sus capacidades de exploración y expresión. Por la vía de sus inusitadas ocurrencias y concurrencias de sentido abrió la puerta a la innovación del modernismo para que entrara la vanguardia, o algo así. Los primeros poemas de César Vallejo se parecen mucho a algunos de López Velarde. Lo genial es que la influencia de este todavía dura y está vigente. Vean si no la poesía de Fernando Fernández, por ejemplo. Porque cuando uno dice que le gusta un poeta se le tiene que notar, digo.

 

JEL: A propósito de “La suave patria”, ¿estás de acuerdo en que no se trata de un poema nacionalista?

EC: Según la lectura de cada quien. Habrá quien se quede solo con “tu superficie es el maíz” y otros con “sé fiel a tu espejo diario”. Y es que un poema no es de un solo modo. El poeta hace el poema (el polo artesanal, artístico) y el lector hace la poesía (el polo estético). Es un poema muy famoso por su difusión, pero muy intrincadito por sus metáforas. Yo invito a que lo lean preguntándose siempre por qué dice lo que dice.

 

JEL: Concidirás conmigo en que este año ha sido rudo, complicado, por decir lo menos; el confinamiento nos ha dado tiempo para reflexionar y replantear muchas situaciones ¿qué te han dicho tus Voces interiores durante la pandemia?

EC: Mis voces interiores era un programa que se dedicaba a difundir lo que se hace en los diferentes estados del país, pero esos programas de descentralización se apagaron. Habría que recuperar y comunicar la riqueza cultural no solamente antropológica de cada lugar, sus autores en cada disciplina, su importancia. La pandemia nos da facilidades de conexión que antes no había y que hay que aprovechar, pero lo que sucede en la red hay que cacarearlo en la televisión y en los periódicos para que tenga mayor resonancia.

 

JEL: Define “La dichosa palabra” que esperarías fuera la constante para el año 2021…

EC: Volver a los 17… modos de abrazar y de tocarse: volver a no bailar solo o solamente con la sombra, desaplanarse, desapantallarse. Inventar la palabra presencialidad.

 

BARCO, NAVEGACIÓN, FARO, MIRADA
Barco, navegación, faro, mirada,
arribo a tu mirada sin preguntas,
de dónde voy, de dónde este naufragio,
esta necesidad de oxígeno
que me vuelve arco el cuerpo,
mástil el cuello,
velamen tu cintura,
enorme mar el agua de tu cuerpo

…de dónde voy, de dónde este naufragio.

Toma en cuenta mi cuerpo entre tus labios.

Si tocaras el centro de la noche
cuánta noche podría volverse día.
De qué será el silencio si tu boca
basta para sellar mis labios.

De qué serán tus labios.
Tus labios, mi garganta, tu nombre, la marea.

Si la marea no fuera tu cintura.

Si dejaras por fin tu ropa,
si la hicieras caer
yo te acompañaría.
Como mis manos van mi boca y mi saliva,
como para nacer o entrar al mar.

Y si yo fuera el mar,
y si afuera del mar no hubiera más arena
que la extendida playa de tu cuerpo.

Nado, atravieso, surjo, me sumerjo
…de dónde voy, de dónde este naufragio.

Se trata de mi piel tratando de encontrarse.
Encontrar a la tuya. La roca que define
su peso entre la espuma.
Este peso, esta sangre, esta temperatura
se encarama a la tuya y le mira los ojos.

Si tu piel encadena su cimiento
adentro de mi piel y la traspasa.
Si tú lates de prisa y me apresuro
otra marea levanta las preguntas.
Si en la penumbra duro lo que duras
porque dices también te necesito.

…de dónde voy, de dónde este naufragio.

Si tú fueras mi punto de partida
aunque hubiera llegado partiría[1].

 

 

[1] Eduardo Casar, Ontología personal, CONACULTA / Dirección General de Publicaciones, México, 2008, pp- 22-23. En: https://www.cultura.gob.mx/multimedia/pdf/Ontologiapersonal.pdf

 

 

 

https://issuu.com/lajornadazacatecas.com.mx/docs/la_gualdra_460

 

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