Manual para mujeres de la limpieza: Lucia Berlin

Manual para mujeres de la limpieza: Lucia Berlin

Hay autores que quién sabe de dónde les sale la maldita tristeza. Pero la grande, la suprema. No me refiero a la tristeza de quinta de baladitas de grupos de moda. Hay autores que tienen un tino para traerla consigo. Y supongo que tampoco es que se lo propongan. No me puedo imaginar a Duras despertando un día y pensando “hoy voy a escribir triste”.

Pensar la tristeza de una manera tan mecanizada le restaría intensidad a los mejores textos, por ejemplo, de la Yourcenar. Ella misma es el claro ejemplo de la tristeza con una intensidad devastadora. Hace años, cuando recién llegué a las primeras andanzas con la Yourcenar, aún recuerdo que me sentía avasallado por ese océano de tristeza que te cae encima como tsunami en muchos de sus mejores libros. Y es que hay libros de Yourcenar que quisieras subrayar todo. Y a mí me ocurría que si los leía en voz alta, los fragmentos que había subrayado, no podía terminar de leer porque me ponía a llorar. Por ejemplo, no me ocurría lo mismo con algunos pasajes de Rosario Castellanos, a quien, por el contrario, sí llegó a percibir con una tristeza un poco mecanizada, sobre todo en uno que otro cuento de “Álbum de familia”: una tristeza que desde el inicio es demasiado pretenciosa.

Pero con Lucia Berlin y su “Manual para mujeres de la limpieza” (Alfaguara 2016) me ocurre lo mismo que con Yourcenar. Y miren que no creo que sea asunto sencillo eso, lo de escribir desde la trinchera de la tristeza pero sin caer en una especie de tristeza, ¿cómo podríamos llamarla?, facilona, de esas que ni siquiera te alcanzan a tocar, terminas el párrafo, das vuelta a la página, quizás te saltas el desenlace, está bien, ya se veía venir un final de ese tipo, y ya, ahí queda todo.

No, la tristeza a la que me refiero te sacude, te mueve lo que sea que traigas ahí dentro, te hace detenerte por un momento, y en una de esas hasta vuelves a leer el párrafo (por ejemplo, leer a Yourcenar en voz alta es tristísimo), porque con tristezas de este tipo, llamémoslas supremas, ocurre lo mismo que con las grandes recetas de cocina, quieres por todos los medios entender cómo es que se mezclan los ingredientes, qué es lo que se agrega de cada uno y en qué cantidad para que al final dé como resultado eso que ya hemos probado, eso que ni siquiera deberíamos molestarnos en investigar qué es lo que lleva (lo probamos, nos gustó y es lo que importa), pero ya sabemos que la curiosidad mató al…

Quizás parte de la receta de Lucia Berlin está en el equilibrio que consigue con el lenguaje como una característica inherente de su prosa. Veamos esto con un poco más de calma. A diferencia de tantas escritoras, Lucia Berlin no apuesta por llenar sus textos de metáforas oscuras que a fin de cuentas solo entorpecen el ritmo de la narración y la vuelven tan lenta que uno va apenas en el segundo párrafo y ya se encuentra en medio de un bostezo, suplicando porque al fin la protagonista se case con quien apenas es su novio en la primaria.

Aquí está el equilibrio. Lucia Berlin sabe narrar y lo hace con maestría, y cuando tiene que valerse de algún recurso poético, como es el caso de las metáforas, las cuales emplea mucho, las descarga en la narración con una exactitud milimétrica, casi como de cirujano en plena operación de corazón abierto… abran ustedes el libro en cualquier parte y seguro que van a encontrar una.

Otra más: no se engolosina con las figuras poéticas incluso cuando, por lo que se lee, sabe manejarlas muy bien. El propósito de ella es narrar, contar una historia, valerse de narradoras en primera persona (¡y qué tipo de narradoras!) antes que hacer poesía a través de la prosa. Este punto puede parecer muy obvio, sin embargo, conviene aclararlo porque me he encontrado con muchas mujeres que hacen exactamente lo contrario y que ni escriben prosa a través de la poesía, ni escriben poesía a través de la prosa, y lo único que consiguen es aburrir y aburrirse ellas mismas cuando se dan cuenta que, a mi juicio, la prosa poética como tal es un género literario que ya pasó de moda desde hace muchos años.

“Manual para mujeres de la limpieza” es uno de los mejores libros de cuentos que he leído en muchos años. La maestría para el género de Lucia Berlin me parece indiscutible y no es ocioso decir que se le ha comparado con los grandes maestros del cuento como son Raymond Carver y Ernst Hemingway; no obstante, claro está, a Lucia Berlin le toca estar en un medio donde destacan los machitos bragados que se ponen celosos si una mujer escribe mejor que ellos, por lo que no me extraña que Lucia Berlin haya pasado desapercibida hasta ahora, cuando “Manual para señoras de la limpieza” ya lleva más de diez reediciones y cuando sabemos que el ejemplo de Lucia Berlin se suma al de tantos escritores que les llegó tarde la gloria literaria.

“La historia es lo que cuenta” es lo que dicen que Lucia Berlin les decía a sus hijos, y es que mucho se ha dicho acerca de si gran parte de los relatos de “Manual para señoras de la limpieza” son autobiográficos, si pertenecen a esa categoría que los franceses llaman “autoficción”, y es que en ellos encontramos a personajes devastados, alcohólicos y adictos, cuyas vidas, sin embargo, pasan de la victimización y de cualquier tipo de redención, y llegan a la belleza de los excesos, a la tristísima imagen de la decadencia; personajes cuya inmovilidad es la misma del mundo al que pertenecen, alcohólicos tan ordinarios que beben y beben sin que por ello pierdan contacto con la realidad, o más bien porque ya la única realidad que les queda es la que les deja el alcohol (y no es para nada una realidad oscura), y es aquí que se piensa que muchos de esos personajes no son sino el fiel reflejo de Lucia Berlin, quien vivió el infierno del alcohol, quien se buscó a través de sus historias para, quizás, encontrar lo que le hacía falta para estar en este mundo, o quizás ni siquiera era que le hiciera falta algo, porque ya tenía sus historias y se las contaba a sus hijos, y escribía de borrachos y drogadictos porque en realidad creía que ese mundo posible era mejor que el real, quién sabe, se lo llevó a la tumba, el secreto, lo mismo que su sonrisa tan bella y casi maldita. ■

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