Sor Juana: jocosa

Sor Juana: jocosa

El mesero del café me entrega el billete viejo de doscientos pesos y le estudio: sor Juana Inés me devuelve la mirada y entiende mi ansiedad: no sé qué escribir, las últimas notas se enlazaron a la literatura, de lo único bueno que puedo escribir, aunque la más reciente es sobre el potencial curativo de los libros, no todos sanamos con los mismos. “Escribe sobre mí”, la monja me dice —¡qué soberbia!—, “escribe sobre cuánto me amas, aunque te niegues a admitirlo: estoy en tus pensamientos, a pesar de que presumas tu lealtad a Orhan Pamuk”. Una muerta hablándole a los vivos. “¿Quieres que le hable sobre tus pliegues y las extensiones?”, “De lo que tú quieras, pero recuerda: no todos entienden tus conceptos, tan arbitrarios, tan ajenas incluso para ti”, supongo que sus años de estudio y su belleza la volvieron, cómo es que se dice, una boquifloja. Además, no sabría de qué escribir si todo se ha dicho sobre ella, incluso se le han inventado historias y cartas encerradas en alguna biblioteca, entre las páginas de libros mohosos.

Cuando niño, tomé un libro de poesía mexicana, una vieja antología que me parece era de mi abuelo, y leí sus primeros versos. Era su sátira filosófica, cuyo primer verso suele repetirse contra los varones, y no comprendí su mensaje. No recuerdo cuántas veces la leí y mi cerebro se inflaba por no poder con ella. Le pregunto sobre su mensaje, ahora que le tengo, y su respuesta no dejó de ser tan ella: “No es para necios”: no, es para necios; no es, para necios. Le doy la razón, aunque no haya justificado sus palabras, tal vez no estoy hecho para sus textos: nunca me había sentido tan ignorante. Me acerqué a mi abuelo y le pedí que me lo explicara y, a pesar de ser un hombre culto, no pudo hacerlo: ¿acaso éramos dos necios tratando de entender a una mujer?, ¿acaso nuestro sexo era una limitante?

En la biblioteca de la secundaria, bajo un tablero de ajedrez, me encontré unas hojas sueltas, de una antología sin nombre, y las leí: escuché el tamborileo de vocales y el acento africano. Tiré el tablero y vi que era Villancico VII. —Negrillo: no entendí más sí reí, y con el cogote lleno de piedritas salté por la ventana para bailar como un negrito. Aunque mis pasos carecían de todo carisma, conservaba la gracia de un nabo. Al releerlo, me sorprendí por la existencia de una joya, pues el plan de lecturas ofrecía textos clichés y pueriles: no eran tiempos de la masificación de Internet ni las redes sociales; tampoco, había un buen material bibliográfico en la institución.

“Te disfruté con ese villancico”, le digo, “y admito que mi sorpresa fue mayúscula: pensé que tu poesía era siempre solemne”, “en ella cabe todo, eso debes saberlo ya”. Sí, a esa edad más bien lo sospeché y por eso corrí a la librería más cercana y compré mi primer sor Juana, sin consultar a mi padre como solía hacerlo.

El primer soneto de ese libro se burla de una mujer infiel y de su marido. “Pobre Teresilla, fue tu víctima”: esperaba una llamada de atención, por ser religiosa, pero no de ese modo: ¡vaya contigo! Estirar el lenguaje, amoldar el sonido con palabras relacionadas con los animales y hablar así de la sexualidad, más siendo religiosa. Sin embargo, el humor, cualquiera que sea, es serio y difícil de llevar: me parece divertido cuando quieren reducirlo, incluso los propios cómicos que lo llevan siempre a las bromas sexuales. El hecho de que este poema sorprenda es, más que nada, por los aspectos técnicos, volver al lenguaje un instrumento musical y simbólico.

En la preparatoria, me alejé por completo de tu poesía, sor Juana, pero me acerqué a tu prosa. No sabía con exactitud si tus cartas eran ensayos, aunque francamente no me importó, pues he creído que se ensaya con la escritura, de distintos modos. Por ejemplo, la famosa carta es respuesta de una, en donde te llaman a abandonar los estudios, pues tu alma está en peligro, vaya bobada, y tu respuesta, asumiendo distintos personajes clásicos, incluidos Ícaro y Faetón, sustentabas sobre la importancia de estudiar, las ventajas espirituales y lo sano que ha sido. Ahora bien, ¿tus obras son curativas, por no decir higiénicas?: sí, en distintos modos, o más bien estimulante: en realidad, lo difícil es en la forma, en el lenguaje mismo. “Es correcto, aunque muchos se dejan vencer, como tú en algún momento”.

Le di el beneficio de la duda. Ser necio hasta lograr entender, si no todo, una parte. Por ejemplo, El sueño y El divino Narciso son joyas por sí mismas, pero no logro comprenderlas: cuando creo que lo hago, se me salen de las manos y me dejo caer en las rodillas, con los brazos extendidos, gritándole a los hados por no acabar la lección: no tengo cabello qué cortar.

“Al fin hablé de ti”, le digo.

El mesero me juzga de loco. ■

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