La discriminación no tiene quien la admita

La discriminación no tiene quien la admita

En la mayoría de los casos se requiere distancia temporal y espacial suficiente para poder encontrar los vicios y defectos de la cultura en la que está uno inserto y que por defecto terminamos reproduciendo.

Hacen falta años y una mente abierta para notar la hipocresía moralina de nuestras telenovelas, el Clasismo velado en el discurso político, la misoginia de nuestras canciones, y la homofobia en nuestros chistes.

Seguros de encontrarnos siempre del lado de la “normalidad” pensamos que nosotros, nuestras expresiones, bromas y actitudes son perfectamente aceptables y totalmente inocuas.

Y es que, a primera vista, nadie puede acusarnos de discriminar porque al final del día sí aceptamos aquello que nos incomode siempre y cuando no se salga de los límites decentes y aceptables en los que tiene que existir o manifestarse.

Para nuestra cultura que las mujeres trabajen está bien, pero de 9 a 3 para que tenga tiempo de atender a los niños y hacer la comida; que trabaje además con otras mujeres para que se distraiga sin peligro de que alguien se quiera propasar.

Si se trata de participar en la vida pública que sea en el DIF, porque de historia, arte, ciencia o cualquier otra cosa no va a saber; que sea también en labores de bienestar social, promoción de los valores o cuidado de la familia, pero no en seguridad, deporte u obra Pública.

Así, también se piensa que los homosexuales están bien pero que no se les note; y que sean estilistas, que diseñen la moda y organicen eventos, pero que no sean militares, gerentes de banco o secretarios de Estado.

Que bailen sí, que liguen también y que se besen, pero en SUS bares, en SUS hoteles, en SUS playas, en sus casas, donde no los vean, donde no se sepa.

En el mismo tenor se habla de los indígenas como parte de nuestra sociedad… sí, pero se les retrata como escenografía, como nostalgia arqueológica, utilería de Xcaret, o para llenar los papeles de trabajadoras domésticas en películas y novelas.

Pero donde pretendan hacer carreras de actrices o modelos, hacer rituales en sitios arqueológicos, sentarse a comer en restaurantes, ir a las antros o estudiar en las universidades entonces se perderá la tersura.

En esta cultura se les acepta si y solo si “asumen su lugar”.

Nadie lo retrata mejor que Yuri, la cantante, que para demostrar que ella no haría eco del racismo contra Yalitza Aparicio manifestó que ella “quería una Yalitza en su casa”, y hasta exhortó a la gente de Oaxaca y Guerrero que quisieran trabajar con ella, a que la buscaran.

Esas excepciones nos libra de cualquier acusación discriminatoria porque ante todo es un sí… un “no soy machista, admiro a las mujeres, pero…”; “no soy racista, pero…” “no soy homófobo, pero…”

Es en esos “peros” que rompen nuestros paradigmas de lo que los demás deberían ser donde brota la discriminación; ahí donde el molde de lo que el indígena, la mujer, el homosexual o cualquier sujeto en cuestión se salga de lo que esperamos y asumimos como correcto para ellos donde consideramos entonces que ya no es suficiente, donde no está bien, donde lamentablemente dice nuestra cultura popular, “el indio se hace compadre”.

La construcción histórica de este país es (o así nos la han enseñado) en algunos sentidos menos diversa que las de otros países.

Los colores de nuestra piel por ejemplo, resulta menos contrastante que la que puede encontrarse entre los estadounidenses, por ejemplo.
Esa diferencia obliga a que nuestros prejuicios discriminatorios parta de sutilezas mayores que hace más borroso el terreno de lo Justo y lo prejuicioso.

¿Es racista burlarse de la forma de hablar de la gente del sur omitiendo la letra “s” en ocasiones? ¿Es clasista asumir que un actor o cantante de música vernácula no puede ser buen diputado? ¿Lo es que se critique a quien no tiene títulos universitarios y ocupa cargos en los que la ley no los exige?

Quizá pasaran décadas antes de que lo notemos.

Hoy mientras tanto la gente se fascina con Yalitza Aparicio porque rasga el esquema pero no lo rompe los suficiente como para representar una amenaza.

Su cuerpo, su cara, su color de piel son un aire fresco y exótico que renueva los paradigmas de belleza y las portadas de revistas de sociales porque la aparición de alguien como ella es excepcional y no normalizada. Es ella, y solo ella la que puede aparecer ahí.

Es ella y su historia el cruce exacto de la excepcionalidad, y la condescendencia que permiten lavar culpas, para que paradójicamente siga todo cómo está.

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