Tradición y cultura pedagógica de la instrucción en las primeras letras

Tradición y cultura pedagógica de la instrucción en las primeras letras

La primera enseñanza en el periodo novohispano tardío y buena parte del siglo XIX consistió en la instrucción de los niños que acudían a las escuelas de primeras letras. Nombre que equivale a los que hoy es el nivel de primaria. En estos establecimientos se enseñaba con el método tradicional o antiguo y ya en el periodo independiente con el sistema de enseñanza mutuo, conocido también como simultáneo o lancasteriano (Sobre los métodos de enseñanza véase la colaboración de este autor en La Jornada Zacatecas del 8 de Sept. de 2017). Estos métodos se aplicaban siguiendo un horario rutinario de lunes a viernes durante mañanas y tardes y los sábados sólo en las mañanas. En las escuelas particulares los padres de los escolapios pagaban honorarios con el nombre de semanarios. Estos iban desde el medio real para los de cartilla, es de decir los principiantes; los de Catón, libro y carta conocidos como “lectores”, pagaban un real y los escribientes que tenían un mayor dominio de la lectura y las escritura, pagaban dos reales. De estos pagos quedaban exentos “algunos que por su notoria insolvencia se enseñan de balde, administrándoles los utensilios necesarios para su uso y aprovechamiento”. 1

Concluida la primera sesión correspondiente a la escritura (cuyas primeras clases eran en cajas con arena para luego pasar al papel pautado), continuaba la de lectura. Los de cartilla hacían hasta “doce repasadas” y los más avanzados de Catón y libro realizaban “tres repasos”. Los lectores, no podían pasar a la siguiente lección hasta en tanto no se hubieran aprendido y les fuera tomada de memoria por el preceptor, la anterior. Por las tardes se repetía la misma rutina, con la variante de que se insertaban las sesiones de aritmética tanto teórica como práctica. Generalmente en el turno vespertino se buscaba repasar las lecciones y actividades que se habían visto por las mañanas.
De los expedientes revisados que hablan sobre el método “antiguo” que se aplicaba en las escuelas de primeras letras, el que nos da una idea de cómo se pudo haber trabajado en las mismas establecidas en la entonces Provincia o Intendencia, y posteriormente Estado de Zacatecas, es el relativo al informe del maestro Ignacio Barbier, encargado de la Escuela de la Compañía en Guadalajara. La comparación resulta válida en virtud de que en la ciudad Zacatecas funcionaron hasta después de la consumación de la independencia dos escuelas de primeras letras que se establecieron posterior a la expulsión de los jesuitas, cuando se dio la reapertura del Colegio Seminario San Luis Gonzaga que había sido fundado también por la Compañía de Jesús, y que al ocurrir su reapertura se siguió enseñando las primeras letras con la tradición y el mismo método antiguo.

El método empleado por Barbier, muy posiblemente heredado de la tradición jesuita, en sus propias palabras se reducía a las actividades que se mencionan (respetando la sintaxis de la época) en la siguiente cita: “Entran a las ocho de la mañana, les echo renglón a los que escriben. Entre tanto, por los más aprovechados se les da lección a los de leer. A las nueve y media les pongo cuentas. A las diez y media les corrijo las planas, reviso las cuentas y en mi vista se les toman las lecciones a los de leer, recibiéndoles yo al mismo tiempo a los de escribir las suyas en cartas. Concluido esto, en voz alta se les enseña diariamente la doctrina cristiana leyéndoseles en cuatro o cinco días el Catecismo para que los que no lo tengan puedan aprender la parte que se les señala para los días sábados, encargándoles se dediquen en sus casas a estudiarla. A las once salen de la escuela y están encargados cuatro niños para que celen de que no se diviertan, griten, ni vayan con indolencia, para sus casas…”

Tras regresar los niños a la escuela una vez que habían degustado sus sagrados alimentos, en la sesión vespertina las actividades en la escuela del maestro Barbier continuaban de la siguiente forma: “A las dos de la tarde entran, se les distribuyen sus lecciones a cada uno, hacen otra plana los de escribir y les doy lección en libros que procuro y cuido de que sean virtuosos. Les echo cuentas. A las tres y media se les explica la doctrina que por la mañana se les leyó. A las cuatro se les lee la tabla de contar, hasta la media para las cinco a cuya hora les escribo sus lecciones, corrijo las planas y reviso las cuentas. Después de esto, por mía (sic) lista en que desde el día en que están a mi cargo los asiento, se llaman por orden setenta y nueve niños que enseño a escribir y noventa y seis a leer, para saber los que han faltado a la escuela, informándome de sus casas si son justos los motivos de no haber asistido. Los días sábados por las mañanas hacen sus planas y después de que han dado sus lecciones desde la misma hora que en los demás días, se lee la doctrina. Este día se les toma la que se les señaló habían de aprender en la semana. En la tarde se explica un ejemplo. Les encargo encarecidamente mucha devoción a María Santísima, a cuya divina señora se alaba diariamente cada media hora. Se reza el rosario y a las cuatro de la tarde salen para sus casas. Ignacio Barbier”.2
Del reporte entregado por don Ignacio de Barbier podemos darnos cuenta que el método tradicional compartía algunos aspectos con el que le sucedió, el lancasteriano. Uno de ellos era el que los preceptores se auxiliaban de los alumnos más avanzados en la enseñanza de otros niños del grupo, por cierto, muy numerosos. Los más avanzados en la lectura auxiliaban al maestro enseñando a sus compañeros más atrasados. A estos alumnos, entre las escuelas de los jesuitas se les conocía con el nombre de “decuriones”.

En las clases de lectura, el viejo método rescató de la tradición pedagógica jesuita prácticas como el empleo de los “decuriones”, cuya función era la de auxiliar al preceptor tomado la lección a sus compañeros o revisándoles algunos ejercicios de lectura y cuentas. Esta práctica convertida en tradición, guarda mucho parecido con la forma adoptada por el método lancasteriano, también conocido como de “enseñanza mutua”, que comenzó a extenderse en nuestro país después del movimiento de independencia. Recurriendo a una dinámica diferente, gracias a la introducción del telégrafo y los carteles, los monitores del método lancasteriano sustituyeron a los decuriones del método antiguo.
El factor disciplina siempre ha estado presente en los diversos sistemas o métodos de enseñanza. Sin embargo, con el método “antiguo” pudiéramos pensar que su observancia era un tanto exagerada dentro y fuera de las escuelas, pues se les vigilaba y hasta se les reprimía su libertad de gritar y desahogar las tensiones que habían acumulado en las actividades cotidianas rutinarias.

La secularización de la enseñanza no significaba dejar de enseñar la doctrina cristiana, sino que su administración pasó a manos de las autoridades civiles. Si bien es cierto que las escuelas públicas habían salido de los recintos religiosos y eran ya administradas por los cabildos municipales y atendidas por seculares y en buena medida hasta por preceptores laicos. Debido al peso de la tradición y como parte del imaginario dominante, era tal la influencia de la religión que resultaba sumamente difícil desterrar su enseñanza de los establecimientos educativos. Dicha tradición se instituyó en una cultura pedagógica.
Referencias tomadas del Archivo Municipal de Guadalajara (AMG).

1 AMG, Ramo Instrucción Pública, “Relación que yo don Alejandro López Portillo, maestro de primeras letras en los bajos de Santo Domingo doy al señor comisionado regidor don Rafael Villaseñor del método que observo en la enseñanza de los niños […]”, 31 de diciembre de 1813.
2 AMG, Ramo educación, carpeta 3, fj.1 y 2, “Real escuela de la Compañía a cargo de Ignacio Barbier”, años de 1813-1814.

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