El Canto del Fénix

El Canto del Fénix

Mi maestro de Latín

 

Lo recuerdo como el único hombre por mí conocido a quien de veras puedo considerar Maestro. Lo recuerdo como el único en quien he visto combinar perfectamente la elegancia con la humildad. Lo recuerdo como servidor de todos pero sin aires de víctima, ejemplo de todos pero sin asomo de petulancia o fanfarronería. Es el jalisciense que más he admirado, seguido y amado. Su nombre es Carlos Torres Hernández, su lugar de nacimiento fue Las Bocas, colorida comunidad de Mezquitic; su presencia en mí es la de un beato.

Mi maestro de Latín me recibió con la misma apertura con que recibió a los otros quinceañeros tan ingenuos como yo. Jamás anunció él que su clase estaba por cambiar mi vida, aunque en efecto así ha sucedido. Jamás dijo él que había sido rector del Seminario Mexicano en Roma, maestro de purpurados como Juan Sandoval o Norberto Rivera. Jamás dijo él que como rector del Seminario de Zacatecas era más que un profesor normal, el que inicia su clase a las 8:15 en punto y, lo mejor, la terminaba a las 9:05 interrumpiendo cualquier narración que estuviera compartiéndonos.

Carlos Torres Hernández, el de trajes cerrados grises, azules o negros, el de boinas tan sobrias como él, tenía una voz pausada y firme. Es muy celebrado, entre curas y profesionistas que fuimos alumnos de él, su estribillo, constante y cariñoso reproche retórico: “¿Qué te pasa? Mira, mira”.

Arrastro a mi mente su inolvidable calificativo comunitario cuando ningún integrante de la clase encontraba una respuesta por él requerida. En ese instante, sin inmutarse ni hacer aspavientos, el sacerdote se mantenía en el centro de la parte delantera del aula, recorría las butacas con la vista, ponía la mano derecha a la altura de su pecho y el índice nos marcaba con lentitud. El ritmo era pausado, la voz se mantenía con tono y volumen neutral: “Piedras, piedras, piedras”.

Don Carlos me enseñó que en Latín no hay palabras agudas, pero también me enseñó que un verdadero hombre sabe ser paciente. Me enseñó que Roma tiene siete colinas, pero también a tolerar que no todo profesor sea Maestro. Me enseñó el Rosa, rosae y el Dominus, domini, pero también a controlar mi carácter y a hablar sólo cuando las palabras de veras aporten algo y no sean mero “ruido de perico”.

Carlos Torres, mi beato sin título de El Vaticano, murió hace algunos años y claro que su partida me hirió el alma. Sé que ahora él lee esto que ahora asiento, y acaba de ver cómo me levanté a poner más agua a hervir y cómo regresé al escritorio y cómo en el camino resbalé con un charco del hielo que mi esposa olvidó meter al congelador. Sé que Don Carlos asoma por encima de mi hombro derecho, mi lóbulo tiembla porque me parece oírle “No hace falta, muchacho: tú lo sabes y yo lo sé, para qué buscas más”. Pero sí que hace falta más. Lamento que ya no haya tantos hombres como mi maestro de Latín, quien me dio permiso para abandonar la formación eclesiástica y como despedida me pidió que nunca olvidara lo que había aprendido entre ellos. Adoro a Don Carlos también porque jamás quiso juzgarme, jamás me dijo “Estás mal”, jamás faltó al respeto que cada estudiante merecía.

Rindo un tributo al maestro de quien ya no pude despedirme en el plano terreno, pero que está aquí conmigo. Rindo un tributo al anciano que la vida colocó frente a mí en mi adolescencia y me enseñó valores y madurez, y me dedicó tardes con preceptivas y consejos especiales. Rindo un tributo al hombre de Las Bocas que sigue marcando mis pasos aunque pocos lo noten y aunque nadie lo note.

Gracias a mi maestro de Latín aprendí un idioma mucho más grande, fuerte y fabuloso: el del respeto y la educación como piedra de toque para cualquiera.

 

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